Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan #2
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Ehogan #2

¿Existiría algún ser dispuesto a rebelarse contra el Dragón? El rostro delicado de Alhanna acudió a su mente, y el dárico esbozó una sonrisa. La compañía de Osharan se le hizo más extraña aún ahora que los dos guardaban silencio.

—Me marcho ya, si no os importa —decidió Kishur antes de alejarse.

El pueblo quedaba más lejos de lo que esperaba, ¿tanto había caminado? Antes de alcanzar las primeras casas, Trivaz salió a su encuentro. Su aspecto mostraba señales de una lucha reciente: estaba lleno de magulladuras y tenía la cara cubierta de sangre.

—Aguardaba el momento de vernos a solas —dijo el dárico gris—.

La noche antes de partir de Lortigan tuve un sueño con el Orfebre, o mejor dicho, soñé que me arrastraba hasta su hogar.

Y de alguna forma, lo sentí como algo real.

—Trivaz asintió sin poner sus palabras en duda, así que continuó—: Se ha unido a los devoradores del mundo venidero, y por sus palabras sospecho que estos son en realidad sus hermanos: los seres Olvidados.

Creyó que Trivaz reaccionaría con espanto, que se horrorizaría ante la revelación; sin embargo, no mostró reacción alguna.

—Ya lo sabías… —dedujo el dárico.

—Al principio solo tuve constancia de uno de ellos, y luego fui reparando en los demás.

Yo mismo le pedí ayuda al Orfebre mientras tú te recuperabas en su cabaña.

No me esperaba que se uniera a los otros.

—Apretó los puños con fuerza—. Y no todos los Olvidados están involucrados: uno de ellos continúa en la morada del Dragón.

Su nombre es Záfira, aunque los humanos le dieron otro apodo.

—Entonces me mentiste al asegurar que el Dragón es incapaz de percibirlos y que nosotros debíamos averiguar quiénes son. —Lo miró con inquina.

—No todo fue mentira. Desconocer las identidades de los devoradores es lo que despertó la curiosidad del Dragón.

Por eso viaja contigo, para saciarla —le recordó el demonio—.

Necesitamos que tome partido, y solo lo hará si mantenemos despierto su interés en ellos, y en ti.

Por eso te lo oculté. Y no puedes revelarlo —le pidió Trivaz.

¿Y si a pesar de todo eso a Osharan no le importaba esa guerra? Quizá sí conocía la verdad y solo jugaba con ellos.

—Entonces, nuestros enemigos son cuatro —afirmó Kishur al cabo de un rato.

—Cinco. Un eldo está con ellos, su nombre es Eleagor. —Saber que un ser de una raza supuestamente extinta estaba involucrado dejó perplejo al dárico—. Sobrevivió gracias a los conocimientos que Khaleria le otorgó. Y me temo que vuestros caminos ya se habían cruzado antes.

Recordó entonces al ser que se alimentaba de los cadáveres, aquel al que tanto temía Shudei, el mismo que casi acaba con la vida de Eltsay en el aparadero; el de los dedos descarnados y la piel pegada a los huesos.

Alfar había asegurado que la descripción de su aspecto era idéntica a la de los eldos.

Kishur se pasó la mano por el cabello y suspiró.

Él no estaba a la altura de aquellos seres.

Alhanna observaba el altar. Era el mismo que había visto en las ruinas de la morada del Dragón, pero ahora lo contemplaba en todo su esplendor, rodeado por columnas de mármol.

Un pequeño bulto se agitaba sobre la fría roca, envuelto en una manta oscura.

Tenía miedo de acercarse y comprobar de qué se trataba.

Le perturbaba un sueño tan real. Miró hacia la imponente montaña que se erigía allá donde debía estar el lago.

Una bruma densa y negra cubría la cima como si tratara de ocultarla.

Decidida al fin, caminó hacia el altar. El llanto de un niño le contrajo el estómago, y sintió una férrea necesidad de atender aquel sonido lastimero.

Apartó la tela y se encontró ante el rostro de un bebé.

Sus pupilas eran tan grises como las de ella.

Percibió entonces, en lo más profundo de su ser, que la criatura le pertenecía.

Sabía que no tenía ningún sentido, que era un pensamiento absurdo.

Y, sin embargo, no pudo ignorarlo. Alhanna se acercó con intención de tocarlo, y el pequeño atrapó uno de sus dedos.

Ella rio, emocionada ante la ternura que el pequeño rebosaba.

«Eres lo más hermoso que he visto nunca», pensó mientras lo acariciaba.

De pronto, comenzó a emerger del suelo una niebla igual a la que cubría la montaña, y que alcanzó las piernas de la joven.

Oyó a lo lejos el ensordecedor rugido de una bestia y solo pudo pensar en Osharan.

Tomó al niño entre sus brazos, que lloraba asustado, y lo acunó en su pecho.

Lo aferraba con tanta fuerza que temió hacerle daño.

No entendía de dónde procedía aquel sentimiento de protección hacia la pequeña criatura.

Sentía un miedo aterrador a que el infante desapareciera en la niebla que los rodeaba.

—¡No me lo quitaréis! —Las palabras salieron de su boca, pero no fue ella quien las pronunció. Eran de esa otra Alhanna que dormitaba en su mente, la que despertaba cuando debía usar la endomia o transformar su mano en garra.

—Lándarhos nunca te pertenecerá. —Era la inconfundible voz del Dragón.

Alhanna gritó de pura impotencia y creyó que la rabia abrasaba todo su ser.

Despertó de golpe con el corazón desbocado y casi sin aliento.

Percibió un tremendo vacío entre sus brazos y se llevó las manos temblorosas a la cara para limpiarse las lágrimas.

Mayara acababa de encender la lámpara de gas y la observaba desde la cama.

La joven tardó un poco en recomponerse antes de sentarse en el colchón.

—¿Qué ha sido esta vez? —preguntó la dárica con todo el tacto que pudo.

—Era un niño. —Se frotó las sienes, estaba mareada—. Oí la voz de Osharan… No quiero hablar de ello.

No deseaba mencionar el color de sus ojos ni el nombre que Osharan había pronunciado.

Se llevó la mano al vientre y se preguntó qué clase de sueño había sido aquel.

El vacío en su interior se intensificó. Observó sus manos y recordó el tacto del pequeño.

La tristeza no la abandonaba. Volvió a tumbarse, resuelta a dormir y a olvidarlo todo.

Entonces llamaron a la puerta con suavidad.

Mayara bufó, pues sospechaba de quién se trataba. Al abrir, se encontró con Ádria.

—¿Puedes acompañarme? Quiero hablar —susurró el hajaek.

—No. Y deja ya de insistir —contestó tajante, volviendo a cerrar la puerta.

—Espera, Mayara… —El portazo interrumpió lo que Ádria estuviera por decir.

La dárica volvió a su cama y se quedó observando la puerta hasta que los pasos de él se hubieron alejado por el pasillo de la casa. Alhanna guardó silencio, esperando paciente a que Mayara dijera algo, pero la dárica era demasiado terca y la joven demasiado curiosa.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó finalmente Alhanna—. Evitas acercarte a él y siempre pareces estar de mal humor a su lado. ¿Habéis discutido? —Mayara le lanzó una mirada de advertencia que ella ignoró—. ¿O es que aún no te decides a declararle tu amor?

—Nunca debí contártelo... —Se apartó los rizos de la cara y cerró un momento los ojos—.

Está esperando una respuesta. Me dijo que me amaba la noche en que huimos de Alviat, y aguarda a que yo le corresponda.

Quise hacerlo cuando creí que iba a morir, pero perdí la oportunidad, y ahora es complicado retomarlo en ese punto.

—Apoyó la espalda en la pared—. Nuestra relación nos distraería. Somos hajaeks, Alhanna.

—No, ya no. Ahora sois soldados al servicio del Guerrero, de Kishur. Y vais a luchar junto a él en nombre del Dragón. —Ladeó un poco la cabeza al percibir la sorpresa en el rostro de Mayara—. Osharan os salvó la vida ese día, haz que merezca la pena.

Alhanna giró sobre sí misma y se cubrió por completo con la manta.

Mayara no le respondió y pudo imaginarla sentada al otro lado de la habitación, pensando en sus palabras.

Quería que Ádria y ella fueran felices. Sonrió al imaginar al hajaek abatido por el rechazo de la dárica, y no pudo evitar que la situación le resultara cómica.

—Lo pensaré —se resignó Mayara al cabo de un rato.

El aire agitó las contraventanas y Alhanna se arrebujó en la manta aún con aquella tristeza, la que había surgido tras el sueño, pegada a sus tripas.

Oyó el crujido de los árboles y un trueno lejano.

La luz del relámpago iluminó la estancia por un breve momento.

Sintió un manto gélido sobre la piel y se le erizó todo el vello del cuerpo.

Iba a incorporarse cuando la estancia quedó inundada de penumbra, como si un velo tenebroso hubiera cubierto la ventana.

La alcanzó una respiración profunda, animal.

Mantuvo los ojos cerrados con fuerza, no quería abrirlos.

«No vuelvas a pronunciar mi nombre», dijo el Dragón dentro de su mente.

Alhanna tiró la manta a un lado y se incorporó para enfrentarse a él.

Temblaba sin poder evitarlo. Allí no había nadie, solo Mayara, que la observaba con el ceño fruncido.

Pero la joven sabía que Osharan había estado allí, que de alguna forma había penetrado en la habitación.

¿Conocería el Dragón el rostro del niño de ojos grises?