Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan
8%

Ehogan

E l camino hacia Sílfhades era más amable, ya que no tendrían que bordear montañas ni cañones profundos como ocurriría tomando un atajo a Marial-Pat.

Y, lo que era más importante: evitarían la zona más conflictiva del Bontar.

Kishur no deseaba volver a cruzar esos caminos, pues temía que regresaran los recuerdos de aquellos ominosos días en los que había padecido la sangre maldita; tampoco deseaba volver a revivir la muerte de Alfar.

Era consciente de que el mal seguía en su interior y parecía haberse implantado en su lanfe.

Lo atormentaban las pérdidas de aquellos a los que había amado, tanto en su vida actual como en las pasadas.

Demasiados rostros que no volvería a ver.

La idea de recaer en la enfermedad de la sangre maldita lo instaba a ser cauteloso. Evitaba ahondar en el pasado y tomarían el camino más largo a Sílfhades. Era lo mejor.

El otoño había comenzado con un clima húmedo y brumoso.

Se preguntó cuánto tiempo tardarían en percibir las consecuencias de lo que ocurría en el Vacío.

Que hubiera seres alimentándose de la energía de Muriath provocaría efectos visibles en el mundo, tal y como había sucedido en el pasado con Falar-Shan, cuya tierra había quedado yerma.

No lograba dejar de pensar en que el Orfebre era uno de los devoradores.

Desde que lo había descubierto, la duda corroía sus entrañas; la culpa por ocultarle su hallazgo al Dragón lo perseguía.

Echó una mirada atrás y comprobó que Osharan se mantenía a la zaga.

Sus ojos lo encontraron enseguida, como si hubiera notado el escrutinio.

Hasta el momento no había pronunciado ni una sola palabra, y tampoco se había comunicado con él mediante visiones.

Durante el día cabalgaba a cierta distancia de ellos, y por la noche desaparecía sin dejar rastro.

Era entonces cuando el bosque emitía un canto siniestro: el viento azotaba las ramas con violencia, los animales proferían gruñidos atormentados, los troncos de los árboles se quebraban y algunos caían vencidos en alguna parte de la arboleda.

Ante aquello, a todos les costaba conciliar el sueño, especialmente a Alhanna.

La joven siempre evitaba mirar a Osharan. Su silencio y apatía preocupaban a Kishur, desde luego, pero los demás no mostraban mejor actitud. La presencia del Dragón los perturbaba e inquietaba de formas inimaginables.

El lejano rumor del río los acompañaba. Pronto lo alcanzarían y seguirían su curso.

El terreno frente a ellos se extendía entre colinas bajas.

Kishur comenzó a sentir una desazón distinta, una inquietud que le indicaba que algo acechaba.

La silueta de Trivaz apareció a través del follaje.

Kishur alzó el brazo para que todos se detuvieran y bajó del animal.

Abandonó el camino y acudió al encuentro del demonio.

Trivaz tenía las manos convertidas en garras y el rostro ensombrecido.

Sus ropas estaban cubiertas de sangre, y el cabello se le enredaba sucio y pringoso alrededor del cuello.

—Varios generales del mundo inmortal han enviado huestes a buscarte. Y son unos rastreadores formidables —explicó el demonio—. Quieren cobrarse la vida del nuevo Guerrero, el que derrotó a Jael. Ya he combatido con dos grupos de soldados, pero vendrán más. Debes partir de inmediato.

—No voy a huir —le aseguró el dárico.

—¿No tienes suficiente sangre y muerte en tus manos? —preguntó con mesura el demonio—. Deja que yo me ocupe y sigue tu camino. Además, debemos evitar que vean al Dragón, pocos conocen su aspecto dárico y es mejor que siga siendo así para que pase desapercibido. Si luchas, él también lo hará.

—Dijiste que él nunca interviene —dijo Kishur contrariado.

—Te recuerdo que mató a Jael, su principal general, para salvarte.

Kishur no supo cómo interpretar aquello.

Creyó que era lógico, si lo quería como su Guerrero, dejarlo morir a manos de Jael nunca había sido una opción.

Pero entonces, ¿por qué pedirle que esgrimiera la espada en su nombre?

Carecía del poder necesario para combatir a ciertos seres inmortales…

Lo que tenía claro era que ese no era el momento de comenzar a cuestionarse su cometido; los enemigos se acercaban.

Trivaz corrió hacia la espesura sin despedirse y Kishur oyó enseguida el familiar choque del acero.

Regresó a su vargum y ordenó partir a galope.

Volvió la vista para comprobar que Osharan también los acompañaba. Se preguntó qué pensamientos poblarían su mente en ese momento.

Encontraron una aldea tranquila y pequeña junto al río, donde los vecinos les dejaron una casa deshabitada para que pudieran alojarse, pues carecían de posada.

La gente era muy amable; nadie mostró signos de reconocer a Kishur ni a Alhanna.

Los emisarios del general Gastor no habían llegado hasta allí con su maldita carta y el dibujo con el rostro de la joven.

¿Cuántos humanos conocerían a esas alturas que él era el rey de Alviat?

Eso le hizo sonreír con amargura; ya no era más que un traidor para su gente.

Pudieron cenar, reponer provisiones y asearse. Kishur salió a pasear porque conciliar el sueño le resultaba imposible. Tenía curiosidad por saber si Trivaz habría aniquilado a todos sus enemigos; descubrir la cantidad de seres que estaban muriendo por su causa le inquietaba.

Oyó el suave relincho de un vargum y se encaminó hacia el sonido, lo que lo llevó a un claro que se recortaba contra la orilla del río.

Egoresa y Erotesa brillaban en su cenit, reflejando parte de su luz en el agua.

Le sorprendió encontrar a Osharan allí. Estaba de espaldas a él, con la vista fija en el cielo nocturno y el rostro dirigido hacia las lunas.

Con la mano derecha acariciaba la crin de su montura.

Al cabo de un rato, Osharan pareció percatarse de su presencia.

Alejó la mano del animal y ladeó un poco la cabeza.

Una visión irrumpió en la mente de Kishur: se vio a sí mismo junto al Dragón.

Aceptó la invitación y caminó hacia él. Osharan guardó silencio y el dárico contempló el firmamento.

Siempre le habían inquietado las leyendas que hablaban de la luna maldita: Egoresa, la mayor de los devoradores.

Inevitablemente, eso le hizo recordar que Alhanna también podía alimentarse de energía.

—Nunca antes había existido un ser capaz de usar la endomia y devorar el lanfe al mismo tiempo.

Alhanna rebasa toda frontera de cuanto nos es conocido —Kishur rompió el silencio mientras bajaba la mirada hacia el río—.

Me preocupa que nunca llegue a controlar su don y acabe alimentándose de la energía de otros seres.

Desearía que perdiera sus poderes, o que aprendiera a manejarlos al menos.

El Dragón le contestó con otra visión. Kishur sintió un poco de vértigo ante el significado que encerraba.

Le mostró a Alhanna cubierta de sombras, gritando mientras su cuerpo se descomponía y comenzaba a desaparecer.

Kishur notó todo el vello de su cuerpo erizarse, y un dolor extraño se le instaló en el pecho.

«El cuerpo de Alhanna es pura energía», recordó el dárico. ¿Podría consumirse tal como acababa de ver? Tomó aire muy despacio y miró al Dragón. Le resultaba extraño estar en su presencia.

—He comenzado a recordar retazos de mis otras vidas.

Y sigo sin comprender por qué me elegisteis como rey en Fraem-Lab.

Las leyendas de mi pueblo cuentan que fui coronado por arriesgar mi vida y defender nuestro honor.

Pero no creo que fuera la única razón. —Kishur percibió un brillo rojizo en las pupilas de Osharan e intentó anticiparse a sus intenciones—: Prefiero que no me contestéis mediante otra escena en mi mente.

Si de verdad queréis ver el mundo a través de mí y aparentar ser un dárico, usar vuestra voz debería ser el primer paso.

Osharan no se inmutó. Su rostro se mantuvo pétreo, y Kishur no intentó usar la visión para descifrarlo, ya había comprobado que con él era inútil.

—Te convertí en el mortal más poderoso —dijo entonces Osharan con una voz atronadora.

—Pero ¿cuál es la razón? —La respuesta no lo satisfacía en absoluto—. ¿Por qué me elegisteis de entre todos los dáricos?

—Porque eres hijo de la Oscuridad y me perteneces —sentenció el Dragón.

Kishur seguía sin comprenderlo, y no lograba discernir si sus confusas respuestas lo eran así a propósito.

—Ya teníais un Guerrero, que al mismo tiempo era el Juez de Muriath, y le habéis arrebatado uno de sus títulos para dármelo a mí. —Kishur recordaba la conversación con el Orfebre, en la cual este vaticinaba la posible vuelta de Hagnak— ¿Os lo perdonará?

—No, jamás lo hará —admitió Osharan.

Le intrigaba saber quién había sido Hagnak para el Dragón, más allá de su labor como Juez y Guerrero. Se preguntó dónde estaría realmente y sintió un repentino pesar al reparar en su propio destino. Cuando todo terminara, ¿qué lugar le esperaba a él?

—Después de dos mil ágaras reencarnándome, Alhanna llegó a nuestro mundo y la he protegido como queríais. Y lo seguiré haciendo mientras viva, pero necesito saber que al morir podré descansar en el mundo venidero. Ya no habrá motivos para retenerme.

—Jamás te dejaré marchar —declaró Osharan con una rabia que cogió a Kishur desprevenido.

Algo se retorció en su interior y cerró los ojos un instante para aplacar la ira que lo atenazaba en ese momento.

¿Es que él no tenía derecho al descanso eterno?

No soportaba la idea de volver a la vida una vez más, ya había sacrificado suficiente.

Sin embargo, por mucho que trató de reunir el valor para oponerse al Dragón, supo que era incapaz de contradecirlo; se sentía invadido por una lealtad y una sumisión que jamás había sentido hasta entonces.