El Vacío
A llí dentro no existía lugar para la Oscuridad.
El blanco más impoluto bañaba el recinto de altas paredes de piedra clara.
El suelo era casi imperceptible, pues una bruma incolora lo cubría y se expandía hacia los muros.
En un extremo podía apreciarse el pedestal de forma pentagonal cuya base quedaba libre de niebla para revelar un tallado conformado por astros de distintos tamaños: un reflejo del cielo nocturno.
Al mirar arriba la luz deslumbraba e impedía distinguir el techo abovedado que fluctuaba sobre ellos.
Era el centro de la Jistar. Aquel era el lugar en el que se dividían los mundos, un punto de la barrera que no pertenecía ni al lado mortal ni al inmortal.
—Por fin te unes a nosotros —señaló el Niño con voz risueña.
El Jakar sonrió para darle la bienvenida.
A simple vista, parecía un joven humano cualquiera, aunque su cara cambiaba constantemente para tomar facciones femeninas o masculinas, sin llegar a decidir su identidad.
El cabello rojo como el fuego se le rizaba alrededor del delicado rostro plagado de pecas.
Un silbido aflautado atrajo la atención del Orfebre; su otro hermano, el Titiritero, lo saludaba también. Se comunicaba a través de los orificios que tenía en la zona donde debería haber una boca. El Orfebre caminó hacia ellos.
—Tras la muerte del vigía de la Jistar, Trivaz, nos hicimos con el control de estas puertas, pero carecemos del poder necesario para mantenerlas cerradas, solo tú puedes sellarlas, ¿lo harás?
—preguntó el Jakar con voz femenina—. Ni siquiera el Dragón Negro podrá abrirlas hasta que no se lo permitamos.
—Ahora tienes un nombre —recordó el Niño—. Estarás orgulloso.
—¿Dónde está Eleagor? —quiso saber Jaeglar, ignorando aquellas palabras.
—Fuera. Necesita alimentarse de carne, así que sale de vez en cuando. Pero volverá muy pronto. —El pequeño sonrió con picardía.
Jaeglar paseó entre las raíces con las manos a la espalda.
Sobresalían de la tierra como grandes tentáculos dispuestos a atacar.
Algunas le llegaban a la altura de la cintura, y percibió la energía que circulaba por ellas.
Sus hermanos lo observaron en silencio. Al final había decidido unirse a ellos para liderarlos. Se detuvo a pocos metros del Niño.
—A partir de ahora obraréis como yo considere, es mi condición para quedarme.
—Aguardó una respuesta, pero ninguno se opuso.
Miró al Titiritero y al Niño con severidad y notó cómo ambos se encogían ligeramente—.
Hace unos meses, el dárico gris y sus acompañantes se encontraron con una caravana de comerciantes.
Su hermano fue asesinado de forma atroz mientras él buscaba a un grupo de dáricos conducido por las mentiras de un niño.
Quizás os suene el suceso, pues sospecho que tomasteis partido.
—Puede que nos estés dando un crédito que no merecemos —El Niño sonrió.
—¡No te atrevas a mentirme! —La mirada de Jaeglar se oscureció por la ira—. Hicisteis enfermar a mi discípulo al acabar con la vida del joven Alfar. ¿Creísteis que eso bastaría para evitar que el Dragón lo convirtiera en su Guerrero?
—Era una posibilidad, pero tú te entrometiste y lo salvaste —lo acusó el pequeño.
—Debíamos deshacernos de él antes de que se convirtiera en nuestro enemigo —añadió el Jakar, esta vez bajo su forma masculina—. Ahora es tan solo un mortal, pero no sabemos en qué lo habrá convertido el Dragón para cuando llegue aquí.
—Si querías salvarlo, deberías haberlo controlado, encerrado incluso —dijo el Niño.
—Lo que yo haga con mi discípulo solo es asunto mío —comentó el Orfebre.
Clavó en ellos sus doradas pupilas; era el único que tenía los ojos del mismo color que los demonios.
El Titiritero silbó con una melodía rota para mostrar su desconformidad.
Jaeglar sonrió al darse cuenta del miedo que le tenían al dárico.
Acarició la gruesa madera de una raíz y su piel se cubrió de sombras.
Sintió la energía de Muriath en cada parte de su ser.
Las flores lanzaron un zumbido ensordecedor y él levantó el brazo para alejarlas con su poder.
Todas acabaron arrastradas hacia las ramas del Qad’has.
Alzó la cabeza para contemplar el techo de Vacío.
Se alimentarían con la energía de Muriath y obtendrían el poder necesario para ser capaces de absorber la Jistar, aunque quizá necesitaran también a la chica endómica para lograrlo.
Jaeglar pensaría en ello. Consumir la barrera era el modo de atraer a Osharan hasta allí.
—Encadenaremos al Dragón entre estas raíces —dijo Jaeglar con satisfacción.
Iban a condenar Muriath al devorar el mundo venidero, pero una vez lograran su objetivo usarían la energía del propio Dragón para recomponerlo. Lo atarían al Vacío para siempre y lo castigarían por una eternidad de desprecio.
Por una eternidad de olvido.