Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

Un soldado les salió al paso, Quiazz lo embistió y ambos rodaron por el suelo.

La chica le dio una patada en la cabeza con tanta fuerza que el hombre se quedó paralizado, con las manos protegiéndose la nuca.

Luego, ayudó a Quiazz a ponerse en pie. El sol los cegaba con la última luz que daba paso al anochecer.

Oyeron otro silbido y la chica se detuvo para señalar hacia el cañaveral del Hicama.

Quiazz comprendió al instante sus intenciones, de modo que, tras cerrar los ojos un momento, la agarró de nuevo y echaron a correr.

Saltaron y se sumergieron en el agua. Tras salir a la superficie, cogieron aire y nadaron hasta un terreno blanduzco rodeado por cañas, donde se agacharon y trataron de recuperar el aliento.

A Quiazz le sorprendió haber sido capaz de seguir el ritmo de ella.

—Estás loco —le susurró Oxa.

Sí, desde luego, debía estarlo, no lo iba a negar.

Estaba empapado y lleno de barro. Los soldados daban vueltas alrededor de las casas, entraban en ellas a la fuerza, empujaban a la gente y rompían las puertas que encontraban cerradas.

A Quiazz no le pareció normal que aquellos hombres actuaran con semejante fuerza bruta.

No tardaron en marcharse, tras comprobar que la chica no estaba allí.

—Son unos mal nacidos, todos ellos. Ojalá que se cubran de garrapatas y se mueran de fiebre. —Ella se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a escurrirse el cabello corto—. Esperaremos hasta que sea de noche, por si acaso.

—Supongo que no tengo opción —se resignó Quiazz.

—¿Se puede saber por qué has huido conmigo? —Ella lo miró fijamente con el ceño fruncido—. Espero que no te hayas enamorado de mí.

—No digas estupideces —contestó sin poder evitar que se le escapara una sonrisa—. ¿Qué has hecho para que te busquen con tanta insistencia?

—¿Y a ti qué cojones te importa? Esos tragarratas… —masculló entre dientes. Luego, miró la mano de Quiazz y lanzó un largo suspiro—. Timé a su capitán en un juego de cartas, y el muy cretino se dio cuenta. A mí madre se le daba mucho mejor eso de engañar a los soldados.

Quiazz aprovechó el momento para observarla. Espesas pestañas rodeaban sus ojos grandes y verdes. Unas pocas pecas se repartían por la fina nariz.

—Mi padre tenía tu nombre y el lugar donde vives anotados en un papel —dijo él a modo de explicación—. Vine a buscarte porque sentí mucha curiosidad. Supongo que nunca lo conociste; él ya está muerto pero…

—Las chozas están llenas de bastardos —soltó ella como única verdad.

Oyeron un chapoteo y las cañas comenzaron a moverse, emitiendo un sonido hueco cuando chocaban las unas con las otras. La cara de un niño pequeño asomó entre ellas. Oxa se apresuró a abrazarlo y ambos sonrieron. Debía tener ocho o nueve ágaras, y no se parecía a la chica en nada.

—Es mi hermano pequeño. —Negó con la cabeza mientras lo inspeccionaba—. Estás empapado, deberías haberte quedado escondido. —El niño abrió la palma de la mano, dibujó un círculo en ella con la otra y luego la cerró en un puño—. Dice que ya no hay soldados. Podemos salir.

Quiazz se sintió aliviado al dejar atrás el cañaveral. Sus ropas apestaban a tripas de pescado y estaban cubiertas de cieno. Oxa cogió al niño de la mano y se volvió hacia él con desconfianza.

—Hace dos ágaras alguien que se parecía mucho a ti vino a mi casa. Yo me quedé escondida por orden de mi madre, y pude oír que el hombre quería saber quién era mi padre —relató la chica—. Mi madre no se lo dijo. Ni a él ni a mí. ¿Tú también quieres saberlo?

—Me basta con mirarte para saber que estamos emparentados —admitió él.

—Pues me importa una mierda. Si temes que un día te busque para pedirte dinero, quédate tranquilo, porque no tengo ninguna intención de hacerlo.

No quiero nada de gentuza que va dejando bastardos repartidos por el mundo.

—Había mucho resentimiento en su voz—. Así que ya puedes volver a tu casa a darte un baño de espuma.

Se marchó y dejó a Quiazz sin palabras; ni siquiera le dio la oportunidad de explicarse y quizá fuera mejor así: en realidad, el joven tampoco tenía claro qué quería de ella.

Se preguntaba el motivo por el que Zaraen la había buscado.

Su padre fue muchas cosas, pero jamás habría abandonado a un hijo.

Solo cabía esperar que quisiera proteger a aquellos niños ilegítimos de los Nel.

Que tantos hubieran muerto o desaparecido no podía ser simple casualidad.

Llegar hasta su casa le supuso un gran esfuerzo; la carrera junto a Oxa lo había dejado agotado. Tuvo tiempo para pensar en lo ocurrido, en la gente que vivía en las chozas, en todos aquellos niños descalzos. Se preguntó si cenarían esa noche, si tendrían dónde dormir. Se estremeció.

Entró en su hogar con las ropas mojadas y el ánimo apagado.

El mayordomo acudió a su encuentro. Parecía nervioso.

Fue en busca de una toalla y volvió con la misma inquietud en sus ojos cansados.

La bandeja con una cena ya fría seguía sobre la mesa.

Quiazz fue hacia allí mientras se secaba con la toalla mullida.

Miró al mayordomo y lo animó a hablar con una leve inclinación de cabeza.

—Esta tarde han encontrado al juez Asla ahorcado en su casa. —La noticia obligó a Quiazz a sentarse—. Fue su mujer quien lo descubrió y alertó a los soldados.

—¿Y el testamento de mi padre? —preguntó con un hilo de voz.

—Ha desaparecido.

Quiazz se pasó las manos por el rostro. El juez Asla custodiaba el testamento de Zaraen. ¿Estaban los Nel detrás de su muerte? Dudaba que hubiera sido un suicidio. La familia de Zaraen era terrible.

—Hay algo que no te dije, joven Quiazz. Tu padre me pidió mantenerlo en secreto hasta el último momento.

—El anciano se acercó un poco a él—. Cuando los Nel intenten reclamar la herencia de Zaraen se llevarán una gran desilusión: no encontrarán nada.

El testamento solo era una treta para engañarlos.

Tu padre no tenía ninguna posesión el día que se marchó contigo de la ciudad. Pasó semanas preparándolo todo.

—¿De qué hablas? ¿Y esta casa entonces? —Quiazz se mostró incrédulo.

—Es tuya. Zaraen puso todo lo que tenía a tu nombre. Cuando os marchasteis él ya no poseía nada y, en cambio, tú acababas de obtener un gran legado.

El joven negó con la cabeza varias veces, incapaz de creerlo. Se sintió furioso de pronto. Eso era lo último que necesitaba. Ahora tendría que lidiar con los Nel, porque no iban a conformarse con la situación. De eso no tenía dudas.