Marial-Pat
El otoño avanzaba con calma. Quiazz se había puesto una camisa de manga larga, suave y cálida, que ocultaba las cicatrices de su cuerpo. No era capaz de reconocerse en el reflejo que le devolvía el espejo cada mañana, pero se acostumbraría a él.
Tomó la taza de té que su mayordomo le había dejado en una bandeja y bebió un sorbo.
Como si fuera un extraño, revisó su habitación y sintió que aquel lugar no le pertenecía a pesar de llevar su nombre.
La cama estaba intacta porque había dormido encogido bajo el limonero del patio.
De pronto, la ciudad y toda la gente que en ella habitaba lo atosigaban, se sentía como un preso.
Incluso aquel silencio que arraigaba en su habitación entrada la noche le parecía extraño.
A veces, la siniestra canción de la niña retumbaba en su cabeza.
Hablaba de un señor de la muerte. Estaba convencido de que era una llamada, pero también que estaría loco si fuera a la torre por su propio pie.
Trivaz le había preguntado si oía una voz en su mente o si tenía visiones.
En aquel momento no supo de qué le hablaba.
Todo eso lo conducía a la endómica, a quien no podía olvidar.
La reconoció nada más verla en la posada de Cimeag.
Se frotó la nuca con cansancio, deseaba apartar todo aquello de sus pensamientos.
Fue hacia la mesa, sobre la que se amontonaban varias carpetas de piel con papeles.
Acarició una de las cubiertas, no podía creer que su padre le hubiera legado todas sus posesiones.
A los pocos días de su regreso, un juez, antiguo miembro del consejo de ancianos, dio a conocer el testamento de Zaraen: se lo dejaba todo a Quiazz.
Su familia paterna intentó impugnarlo de inmediato, alegando que ellos eran los legítimos herederos.
Después de todo, Quiazz continuaba siendo un bastardo.
Se había desentendido del asunto, si tenía que abandonar esa casa lo haría.
El viejo mayordomo entró en la habitación sin llamar, con una bandeja pequeña y una hoja de papel sobre ella. Quiazz lo observó extrañado.
—Me sorprende que sigas aquí —le confió el joven mientras tomaba asiento, aún con la taza en la mano—. Cualquier otro se habría marchado.
—Tu padre pagó por mis servicios hasta el día de mi muerte.
Es suficiente para que incluso mis nietos puedan vivir de forma holgada.
—Sus palabras estaban cargadas de desazón, Quiazz sabía que la conversación le incomodaba—.
Siempre le fui leal a Zaraen, y ahora lo seré hacia ti.
Y no te llamaré señor, tal como me has pedido.
Quiazz no soportaría que lo tratara con tanta formalidad.
Reparó de nuevo en el papel que le había traído y que estaba muy arrugado.
Era una lista de nombres, de los cuales quince estaban tachados.
Cada uno tenía anotaciones especificando edad y si esa persona había desaparecido o muerto.
Quiazz sintió escalofríos al comprobar que la mayoría eran niños de no más de diez ágaras.
El nombre que quedaba llamó su atención: —Oxa —leyó en voz baja, y se le antojó un nombre extraño.
—Encontré esta hoja entre las pertenencias de tu padre. —El mayordomo recogió la bandeja vacía y enderezó la espalda—. Pensé que debía guardarla. Detrás verás la razón.
Quiazz le dio la vuelta al papel. Leyó las líneas escritas con el inconfundible trazo de su padre.
Se puso en pie de inmediato. Era una breve descripción, supuso que de la tal Oxa: ojos verdes, cabello negro y ondulado.
Indicaba que era una posible bastarda Nel.
A continuación, se detallaba lo siguiente: las chozas del río, una casa de ladrillos rojos.
El corazón de Quiazz comenzó a latir a un ritmo frenético. ¿Su padre había estado buscando a hijos bastardos de su familia? Y en tal caso, ¿sería Oxa hija de Zaraen?
Decidió no demorar la búsqueda. Agradecía cualquier distracción que lo alejara de aquella casa silenciosa y que mantuviese sus pensamientos a raya.
Salió de la ciudad al caer la tarde. Nunca había estado en las chozas que se levantaban a escasos metros de la ribera del Hicama.
Era un barrizal que reunía a todos aquellos que no tenían cabida dentro de las murallas.
Siempre había contemplado aquel sitio desde la distancia.
Las casas, entre las cuales no reinaba ninguna armonía que respondiera a un orden estético como en la ciudad, se repartían en callejuelas estrechas y laberínticas.
Caminó cerca del río sin importarle que se le llenaran las botas de barro.
Algunas barcazas se mecían con la corriente del Hicama, entre juncos y maleza que debía esconder más de una alimaña.
Los niños correteaban por las calles desparejas, la mayoría sin zapatos.
Allí el terreno se asentaba, aunque supuso que en épocas de lluvia el agua correría formando pequeños afluentes hacia el río.
Según avanzaba, su inquietud crecía. No sabía por qué su padre tenía aquella lista de nombres, ni si los tachados, habían muerto o desaparecido por azar o por la mano de alguien.
La familia Nel era despiadada, no le sorprendería averiguar que se había dedicado a acabar con sus hijos ilegítimos.
¿Quizá su padre los estuvo buscando para protegerlos? Tenía que averiguarlo.
Se dio la vuelta para contemplar Marial-Pat desde allí.
Las puertas que concedían el paso a los barcos estaban cerradas, de modo que muchos navíos habían quedado anclados en el Hicama a la espera del nuevo día.
La ciudad parecía hecha de oro bajo la luz del atardecer, y las dos torres y el puente se alzaban majestuosas sobre el intrincado recorrido en varios niveles de la ciudad.
Le pareció mucho más impresionante que la primera vez que la contempló. De eso hacía ya mucho tiempo.
Encontró a un grupo de hombres que seguían pescando, algunos metidos en el agua hasta la cintura.
Les preguntó si conocían a una chica llamada Oxa y les dio la breve descripción de la casa.
Todos negaron rápidamente, y Quiazz siguió adelante.
En algunas zonas olía muy mal, a pescado podrido.
Pasó cerca de un grupo de ancianos que reían mientras jugaban a las cartas.
Estaban delgados y la mayoría tenía tan pocos dientes que no podrían morder ni un trozo de pan.
Por un momento recordó a los comerciantes que lo habían acompañado durante parte de su camino. Ellos lo miraron de vuelta.
—¿Te has perdido, chico? Tu ropa parece demasiado cara para pertenecer a este sitio —dijo uno de ellos, y arrancó las risas de los demás.
—Busco a una chica que podría ser familiar mío. Se llama Oxa y, si estoy en lo cierto, debe parecerse un poco a mí —explicó Quiazz mientras ojeaba las cartas—. Tenéis una buena partida.
Todos asintieron y lo animaron a acercarse. Siguieron jugando, ignorando su presencia. Quiazz se fijó en el movimiento de cartas y sonrió al recordar de nuevo a los comerciantes. Los extrañaba, en especial a la familia Bac.
—Oxa tiene un genio de mil demonios, y además su madre murió hace un par de semanas. Desconozco tus intenciones, pero ándate con ojo. Supongo que debe seguir en la casa, con su hermano —le informó el mismo anciano—. Dos calles a la izquierda.
Quiazz le dio las gracias y se marchó de inmediato.
No tardó en localizar el lugar, había un grupo de soldados reunidos en la puerta.
Oyó a lo lejos el inconfundible silbato de los guardias de la ciudad, y aquellos que custodiaban la casa salieron corriendo.
Tuvo un terrible presentimiento. Decidió seguir él también el ruido de los silbidos, pero enseguida se perdió entre las calles.
Aquel lugar era un laberinto. Entonces vio una sombra moverse rápida y, al alzar la vista, encontró a un chico cubierto por una capa raída.
Saltó de un tejado a otro y luego se lanzó al suelo.
Rodó un instante al aterrizar y se puso en pie con agilidad, a pocos metros de Quiazz.
Sin pensarlo siquiera, este lo agarró del brazo con firmeza cuando pasó por su lado, y en ese momento la capucha le cayó hacia atrás para revelar unas facciones que no pertenecían para nada a las de un chico.
Quiazz se quedó perplejo al ver su rostro, tan similar al suyo.
El parecido físico entre ellos era innegable.
No tuvo dudas: la chica que tenía ante él solo podía ser Oxa.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Ella le dio un manotazo—. ¡Suéltame, tarugo!
Los soldados se aproximaban a ellos y Quiazz sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo. Obedeció a su instinto, con la chica agarrada del brazo.
—¿Eres sordo? ¡Suéltame! —Ella intentó zafarse con un tirón.
—¡Cállate y corre! —ordenó él.
Quiazz la arrastró en su carrera por las callejuelas estrechas y caóticas del suburbio. Se sorprendió al ver que algunos vecinos arrojaban objetos por las ventanas después de que ellos pasaran para que los soldados tropezasen. Finalmente, llegaron a un estrechamiento imposible de cruzar.
—¡Por aquí! —La chica señaló hacia una casa.
La puerta estaba abierta, de modo que entraron sin llamar; cruzaron la única estancia que conformaba la vivienda y salieron por la puerta trasera. Ella lo condujo en dirección al río.