Las cenizas del mundo (El despertar de Osharan 4) Ehogan
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Ehogan

E l agua del río estaba helada. Kishur se mojó el rostro y el cabello, y una reconfortante sensación de limpieza lo invadió.

Había despertado con la frente perlada en sudor; los sueños lo habían atormentado toda la noche.

O mejor dicho, los recuerdos. El dolor por la muerte de Carlan persistía en su memoria y se mezclaba con el que sentía por la pérdida de Alfar.

Sabía que ellos no eran los únicos que le habían sido arrebatados, pues en cada una de sus vidas había cometido el error de tener descendencia.

Esperaba que esta fuera su última reencarnación y que el Dragón le permitiera ir al mundo venidero. Deseaba reunirse con todos aquellos a los que había amado.

Llevaban un par de semanas avanzando a pie, aprovechando al máximo las horas de luz.

Ya habían dejado atrás los territorios de Alviat.

Al principio pensó que enviarían soldados tras ellos para arrestarlos, pero supuso que los cuerpos de los demonios y de todos los dáricos mantendrían ocupados a Borat y al consejo de ancianos.

También a su padre, pues ahora volvía a gobernar.

La noticia de que Sorastalez portaba de nuevo la corona le preocupaba, pero debía recordarse que ese asunto ya no le concernía.

Ghiro tenía razón: Osharan había reclamado su vida y todo lo demás dejaba de importar.

Lo que más le pesaba en el corazón era que habían prometido a Litzzia con su padre, y se culpaba por ello, por haberla abandonado.

«Intentó matar a Alhanna», se recordó con amargura.

De pronto añoró tener la pequeña caja de plata entre las manos, aunque ahora poseyera la de bronce gracias a Alhanna.

Ni siquiera se había atrevido a abrirla para comprobar si el colgante seguía allí.

Guardaba la necia esperanza de que Litzzia lo conservara.

Le preocupaba Alhanna, quien pasaba los días taciturna.

A pesar de haber aceptado su muerte en Asthaluss, seguía conmocionada por el descubrimiento.

Kishur había intentado hablar con ella, pero la joven se negaba a mencionar el tema.

En ocasiones, el dárico gris se sorprendía a sí mismo observando a Alhanna con miedo de verla desaparecer frente a sus ojos.

«A veces me siento como si fuera un espejismo. Me atemoriza no ser real», le había confesado la joven tiempo atrás.

Se pasó la mano por el pelo húmedo y alzó la mirada al cielo. ¿Qué otros secretos les quedaban por desentrañar?

No tenía noticias del Dragón, y se preguntaba si de verdad lo acompañaría en su viaje hacia las Avíseas.

Quería que luchara en su nombre y el dárico no sabía si estaría a la altura.

Enfrentarse a inmortales con la única ayuda de su espada le parecía algo imposible.

Había tenido tiempo para pensar en las palabras emitidas por Jeaglar en aquel sueño compartido.

Estaba convencido de que ninguna había sido pronunciada al azar.

Gracias a eso, Kishur sospechaba quiénes eran los devoradores del mundo venidero a los que su antiguo maestro había decidido unirse: los seres Olvidados.

Sus hermanos, aquellos a los que el Dragón había abandonado.

Era lógico que Osharan fuera incapaz de percibirlos.

De momento, guardaría el secreto hasta estar seguro de ello.

Desvió la mirada hacia el campamento. Ghiro lo observaba con atención desde la arboleda.

Aquel mismo día, mientras Trivaz le comunicaba la petición de Osharan, el anciano había aprovechado su ausencia para revelar a los hajaeks que era la reencarnación de Raehlan-Tae.

Recordó la forma en que Ádria y Mayara se arrodillaron a sus pies cuando regresó, sin importarles haber estado a punto de morir momentos antes.

Ádria apareció por el flanco izquierdo y caminó hacia él. Kishur se alegraba de verlo recuperado, había necesitado un poco más de tiempo que Mayara.

—Mi señor. —Ádria inclinó la cabeza levemente—. ¿Queríais hablarme a solas?

El hajaek llevaba el cabello negro recogido en una cola. Su prominente nariz resaltaba en el afilado rostro. Había perdido peso durante sus días de cautiverio.

—Hay algo de lo que deseo hablarte. No pretendía ataros a mí cuando le pedí al Dragón que os salvara la vida —comenzó a decir Kishur—.

Al final, solo os concedió tiempo. Ya sé que no temes a la muerte y que serías capaz de seguirme hasta el fin del mundo, pero me preocupa que hayas perdido lo más importante para ti.

—No os entiendo. —El rostro de Ádria reflejaba una gran confusión.

—Dejaste que los escáreas os apresaran para salvar a ese chico llamado Quiazz, y ahora deberías tener la oportunidad de ir en su busca. Sin embargo, al hacerlo tu servicio conmigo acabaría. —Dejó la vista perdida en las aguas cristalinas del río—. Me temo que no podrás emprender tu propio camino.

—De cualquier forma, eso ya no era una opción. Iba a morir —le recordó Ádria.

El gesto desconcertado del hajaek le resultó divertido. Kishur pensó si haber estado tan cerca de la muerte lo habría cambiado de algún modo. Miró hacia los demás, que estaban listos para partir.

—Ghiro ya ha escogido la ruta hacia las Avíseas. La mejor opción es tomar un barco en Sílfhades —mencionó Kishur. Ádria lo observó con curiosidad, expectante—. Pasaremos por Marial-Pat, donde tendremos que detenernos para pagar el pase. Podrías aprovechar ese momento para buscar al joven.

—Lo pensaré. —La idea pareció agradarle, al menos, durante un breve instante—. Aunque puede que no lograra alcanzar la ciudad y continúe perdido por ahí.

Kishur percibió la preocupación del hajaek, pero no dijo nada más.

También tenían que conseguir ropas nuevas y algunas armas, aunque las armaduras que habían perdido fueran irremplazables.

Deberían encontrar protecciones que les sirvieran como reemplazo.

Su misión era luchar contra seres inmortales y no podían hacerlo tal y como estaban.

Sin el apoyo de Alviat no tendría con qué pagar, pero aún conservaban el pase de la familia Hal, puesto que Shudei no lo aceptó cuando intentó devolvérselo.

Les habría venido bien su espada en ese viaje, Shudei había sido un gran guerrero.

También habrían agradecido la ayuda de Tottem y su maestría con el arco, y de Alfar, que siempre los cubría en la lucha.

Kishur se preguntó a cuántos más perdería antes de llegar a las Avíseas.

¿Y una vez allí? El rostro de Carlan mientras el rey de los zarefíes le cortaba la garganta acudió de golpe a su mente.

Cerró los ojos y tomó aire muy despacio.

Comenzaba a aceptar todo lo que había perdido o le habían arrebatado. Pero eso no aliviaba su dolor.

Debían partir para no perder más horas de luz.

Oyeron entonces el sonido de los cascos de varios animales y sus vigorosos relinchos.

¿Sería una patrulla? Alcanzaron a verlos antes de que abandonaran la espesura.

Kishur no daba crédito: eran los vargums que habían dejado en Górgora tanto tiempo atrás.

Estaban solos, preparados con las sillas de montar.

Los hajaeks y Ghiro fueron hacia ellos sin poder contener su alegría.

Alhanna miró a Kishur con una amplia sonrisa.

Entonces, el dárico fijó sus ojos en la que había sido la montura de Alfar.

Se llamaba Cantarín; nunca entendió por qué razón el joven le había dado semejante nombre, pero le gustaba.

Sin darse cuenta, aferró la esfera de cristal que llevaba al cuello, hecha con las cenizas de su hermano.

Kishur le había entregado a Cantarín como regalo unos días antes de partir en su misión.

Fue hacia el animal y le acarició el lomo de pelaje espeso y castaño. El vargum relinchó y dio varios pasos atrás. Kishur se le acercó de nuevo, muy despacio.

—Lo sé, querías encontrarte con Alfar —murmuró rozando la cabeza del animal con las yemas de los dedos—. Me temo que ya no está. Pero yo sigo aquí.

Logró poner la mano en la cabeza de Cantarín y comenzó a acariciarlo. Recordó de pronto a Alfar, cepillándolo mientras le hablaba en voz baja. Kishur cogió las riendas, puso un pie en el estribo y montó.

Le sorprendió ver a Alhanna sobre la montura de Tottem; parecía contenta.

Él lo estaba, desde luego, al igual que los demás: recuperar a compañeros perdidos siempre era motivo de regocijo.

Lamentaba no tener a Ceara a su lado, pero se conformaba con la certeza de que estaba en el mundo venidero. Quizás Alfar fuera ahora su jinete.

Pensar en el mundo venidero le hizo recordar a los devoradores que se alimentaban de él, encerrados en el Vacío con la intención de consumirlo junto con la Jistar. Su mirada se ensombreció. Debía detenerlos como fuera, su crimen contra Muriath era abominable y no podía quedar sin castigo.

—¡Han regresado! ¿Cómo es esto posible? —preguntó Ghiro, trotando hasta él.

—Le comenté a Trivaz que necesitaríamos vargums y el Dragón me mostró a los que habíamos dejado en Górgora como respuesta. —La explicación dejó perplejo al anciano—. Algunas veces se comunica con ideas que traslada mediante visiones.

Ghiro lo observó emocionado. Tras aceptar la verdadera identidad de Kishur, todos se comportaban ahora con una relativa normalidad hacia él, aunque en ocasiones podía ver devoción en sus ojos.

Esperaba que no se les ocurriera llamarlo Raehlan.

Pensar en ese nombre se le antojaba extraño.

En realidad, oírlo en boca de otros siempre le había provocado una sensación de añoranza. Al menos, ahora conocía la razón.

Ordenó que soltaran a los dos caballos; cargarían lo poco que llevaban en el de Eltsay.

Ghiro se hizo cargo de las riendas del animal.

Kishur iba a dar la orden de partir cuando un escalofrío recorrió su columna vertebral.

Su pulso se aceleró sin que pudiera controlarlo y su visión lo alertó de una ominosa presencia a su alrededor.

Los otros también lo percibieron, incluidos Alhanna y Ghiro.

Una sombra se alargó en su dirección y después se contrajo de repente, sin darles tiempo a reconocer la silueta.

Apenas un instante después, un nuevo vargum abandonó el paraje espeso del bosque.

Tenía el pelaje oscuro. Sobre su grupa, sin ensillar, cabalgaba Osharan.

Kishur se sorprendió ante esa imagen: parecía un simple dárico.

Iba vestido como él, pero no llevaba capa ni armas.

Pocos habrían adivinado que se trataba del Dios Dragón.

Pero el tenue brillo rojizo en sus ojos y el aura salvaje que lo envolvía eran imposibles de ocultar.

Sus rasgos no mostraban signos de vejez, aunque al contemplarlo detenidamente Kishur apreciaba en él una madurez reposada, una sabiduría infinita oculta en sus ojos.

Con la llegada de Osharan, los hajaeks parecían haberse convertido en estatuas, incapaces de apartar la mirada de él.

Ghiro había palidecido notablemente y sus ojos brillaban con la emoción contenida de quien ve infinitas leyendas cobrar vida.

Kishur reparó entonces en la mirada fugaz del Dragón sobre Alhanna, y en como ella giraba la cabeza para esquivarla, furiosa.

Era lógico que la joven estuviera enfadada, al fin y al cabo, Osharan había tratado de separarlos para luego encerrarla en el lado inmortal durante semanas.

La última conversación con ella tras convertirse en el nuevo Guerrero preocupaba al dárico, pues temía que Alhanna acabara abandonándolo.

Osharan no pronunció palabra y se limitó a observar al dárico con atención.

Kishur intentó comportarse con normalidad, aunque no podía negar que le resultaba difícil.

Trató de imaginar al Dragón como alguien corriente, como cualquier otro compañero que se les acabara de unir, como en su momento habían sido los hermanos Hal.

Pero engañarse era inútil: no iba a resultar nada sencillo.

Alhanna decidió no mostrar su disconformidad por la presencia de Osharan, pues ya sabía que nada de lo que dijera persuadiría al dárico de rechazar su misión.

Y ella tenía sus propios conflictos. No era capaz de superar los últimos acontecimientos.

Cada vez que Kishur reparaba en ella trataba de sonreír para no preocuparlo, pero lo cierto era que la joven se debatía en un mar de dudas desde que había descubierto su propia muerte en Asthaluss.

Si solo era un ser hecho de lanfe, ¿cuánto tiempo lograría mantener esa forma?

¿El sello impreso en su piel perduraría para siempre o podía desaparecer?

Pensar en ello la atormentaba. Desde su llegada a Muriath siempre había sentido que algo no encajaba en ella, no del todo. Pero jamás imaginó algo semejante.

Se sentía furiosa. Y lo peor de todo era que no tenía a quién culpar de sus desgracias, a quién atacar de forma directa para tomar venganza.

¿Asthaluss? ¿Osharan? Deseaba arrancarle los ojos a ese maldito ser que ahora viajaba con ellos.

No solo por su destino, si no por haber condenado la existencia de Kishur.

Volvió la vista hacia el Dragón y dio un respingo cuando sus miradas coincidieron. Sintió una tormenta en su interior.

—Alhanna —la llamó el dárico para captar su atención— ¿Qué sucede?

—¿Por qué yo de entre todos los humanos? ¿Por qué fui elegida para buscar al Juez de Asthaluss y Muriath? —La joven no pudo ocultar su rabia frente a Kishur— ¿Y por qué debo tomar el antiguo poder? Yo, de entre millones de personas…

El dárico no tenía la respuesta y ella lo sabía, pero necesitaba conocer la verdad.

No creía que fuera una coincidencia que le hubieran designado ambos papeles, debían estar conectados de alguna forma.

Quizá no fuera tan terrible que Osharan estuviera con ellos, pues él podía ofrecerle la verdad.

Pero para ello, debería continuar junto al dárico un poco más, aunque le doliera profundamente verlo luchar en nombre del Dragón.

Maldijo a Osharan con todas sus fuerzas por manejar de ese modo sus vidas.