Prefacio
E l cielo estaba cubierto por oscuras nubes que los relámpagos atravesaban formando telarañas brillantes.
El desgarrador aullido de los truenos reverberaba en el valle desolado.
Ya no quedaba vegetación y ninguna forma de vida podía sobrevivir a tanta podredumbre.
La torre se alzaba en la tierra yerma; Zahel parecía burlarse de todos ellos.
Raehlan empuñaba su espada. Oía las respiraciones entrecortadas de los soldados dáricos y zarefíes junto a los que luchaba, y sentía a su alrededor la presencia de su mayor aliado, Edgar.
No necesitaba buscarlo con la mirada para saber el lugar exacto en el que el rey de los zarefíes se encontraba.
Los kalastys lanzaron un nuevo grito de guerra.
Raehlan miró a su descendiente, Carlan, quien se mantenía estoico a pesar del agotamiento.
No era capaz de recordar cuánto llevaban combatiendo, ya que la torre parecía engullirlos con un hambre voraz que les hacía perder la noción del tiempo.
Raehlan no fue consciente del momento en que lo acorralaron contra el muro de la torre, que nunca antes había tenido tan cerca.
Se estremeció al percibir la maldad que desprendía aquel lugar, la ruina que sus entrañas ocultaban.
Los dos kalastys que luchaban contra él se apartaron de súbito, gritando con desesperación, y tapando sus oídos con las manos.
Zahel siempre hablaba a los soldados incautos, los manipulaba y contaminaba sus mentes.
Eran ya muchos los que se habían dejado arrastrar por la locura.
Entonces, una puerta apareció frente a sus ojos y Raehlan estuvo a punto de soltar la espada, impresionado.
La lucha se detuvo al instante y el dárico acaparó todas las miradas.
¿Habían caído los sellos de la torre? Una voz cantarina lo invitó a pasar y, sin meditar lo que hacía, Raehlan atravesó el umbral.
La puerta se cerró tras él y el dárico giró sobre sus pies, contemplando así el interior de Zahel.
Las escaleras ascendían para dar acceso a media docena de plantas, y las paredes de piedra estaban cubiertas de moho y manchas ennegrecidas que el tiempo había dejado impresas.
Sangre. Sus botas hicieron eco al caminar.
En un rincón descansaban casi un centenar de calaveras sobre un montón de huesos destrozados.
En el pasado, Khaleria había acabado con la vida de los habitantes de Zahel y había descuartizado sus cuerpos.
Raehlan dirigió la mirada hacia la escalera con intención de subir y fue cuando vio a una niña que lo observaba con una cálida sonrisa.
Le sorprendió su carita redonda y tierna, la dulzura que reflejaban sus ojos de color violeta.
Su largo cabello era oscuro como la noche, y llevaba un vestido gris.
—Te reconozco. Eres el elegido del Dragón Negro. —Su voz sonó risueña—. Te veo siempre a través de las ventanas. ¿Por qué luchas tanto?
—Llevo muchas ágaras protegiendo este lugar de aquellos que quieren profanarlo para obtener el poder que oculta.
Fue el Dios Dragón quien lo encerró aquí, y no permitiré que se apoderen de él mientras este duerme.
—Raehlan decidió envainar su espada al no sentir a la niña como una amenaza—.
Siempre había creído que la torre estaba deshabitada.
Deduzco que no eres mortal, ¿vigilas este sitio?
—No. Estoy encerrada. —Sonrió sin despegar los labios.
A Raehlan se le puso la piel de gallina al oírlo. ¿Encerrada?
—Hasta hoy, nunca habíamos vislumbrado la puerta. ¿Significa eso que la torre va a quedar abierta a partir de ahora? —Quería saber cómo había aparecido la entrada.
—La torre solo se abrirá cuando los sellos que inundan el valle caigan.
Y solo lo harán cuando la llave derrame su sangre.
Tú has podido entrar porque eres el elegido del Dragón, pero nadie más lo logrará.
—La niña se acarició el cabello con sus finos dedos—.
La guerra que has librado me agrada, la sangre es bonita. Pero es inútil.
—¿De qué llave hablas? Nosotros luchábamos para que no lograran derribar los sellos, para mantener Zahel cerrada. —Raehlan notaba el sudor descender por su nuca.
—Un ser nacerá por medio del dolor, la sangre y la muerte. Portará en su interior la marca de Zahel. Será la llave y podrá abrir esta torre para liberar su poder.
Raehlan tuvo que plantar los pies con fuerza, y sintió que el suelo temblaba.
Pensó en todos aquellos endómicos que habían perecido intentando derribar los monolitos, en la devastación de Falar-Shan, ahora un lugar inhóspito, en las ágaras de combate interminable, en los muertos.
Un profundo dolor atravesó su pecho. ¿Todo había sido en vano?
Mientras no naciera esa llave, ¿nada abriría Zahel?
—Entonces, nos engañaron para librar esta guerra, para devastar la tierra en la que se alza Zahel.
Nos hicieron creer que los sellos podían derribarse.
Y supongo que tú debes saber cómo se inició todo —Raehlan habló con pesar—.
Yo lo ignoro, acudí a la llamada de auxilio de los zarefíes cuando los kalastys comenzaron a arrasar Falar-Shan.
—A veces puedo cantar en las mentes de otros y revelarles secretos.
Fui yo quien lo inició, quien hizo creer a kalastys y zarefíes que la torre podía abrirse.
Que serían capaces de controlar el mundo con el antiguo poder.
—La niña soltó otra risita entusiasta al ver el rostro conmocionado del dárico—.
Me sentía sola. Y sabía que tarde o temprano acudirías.
Quería verte, pero has tardado mucho en acercarte a mí.
—Entonces se puso muy seria—. Deseo conocer el sabor de tu carne, dárico gris.
Raehlan dio un paso atrás. La carita de porcelana de la niña perdió la dulzura y su boca se ensanchó en una siniestra sonrisa.
Poseía dos hileras de afilados colmillos.
La criatura se lanzó hacia el cuello del dárico con un ágil salto.
El monarca se protegió con el antebrazo y los colmillos de la niña arañaron el metal de la armadura que lo cubría.
Se movió con tal rapidez que le impidió desenvainar la espada a tiempo.
Mordió a Raehlan en el muslo derecho. Este logró apartarla de una patada y la niña se agazapó igual que un felino y se lamió la sangre que le caía por la boca con una lengua larga y afilada.
—Es deliciosa —murmuró—. Devoraré hasta tus huesos, engulliré tu lanfe.
Raehlan comenzó a retroceder mientras aquella cosa se le acercaba, moviéndose de forma antinatural.
Extrajo el arma y la empuñó con vehemencia.
Llegó hasta la pared y percibió cómo la roca se deshacía a su espalda para convertirse de nuevo en una puerta.
La atravesó mientras la niña gritaba con todas sus fuerzas, rabiosa y hambrienta.
Durante un instante, se sintió perdido y fue incapaz de comprender lo que sucedía a su alrededor.
La lucha allí fuera parecía haberse detenido; sus hajaeks habían arrojado las armas al suelo y los zarefíes los rodeaban, amenazantes.
Sus aliados acababan de traicionarlo. Edgar tenía a Carlan arrodillado frente a él y presionaba un cuchillo contra su cuello.
Raehlan dejó de respirar y la mano que aferraba la espada tembló.
No comprendía las intenciones de Edgar: el dárico había luchado junto al zarefí largo tiempo, lo consideraba un hermano.
—¿Por qué haces esto? ¿Dónde ha quedado tu honor? —preguntó.
—El honor ha destruido cientos de familias.
Si he de seguir luchando deseo que sea por la obtención de un poder que lo recompense.
Si no somos nosotros, otros se acabarán haciendo con lo que Zahel oculta.
Solo es cuestión de tiempo. —Las palabras de Edgar no parecían suyas—. ¿Cómo has entrado en la torre?
—Zahel te ha corrompido, igual que a muchos otros —se lamentó el dárico.
—¡Habla! Podemos conseguir el poder, Raehlan, ¿no lo ves?
Raehlan supo con certeza que Edgar no atendería a razones, que no creería lo que acababa de descubrir sobre la llave de Zahel.
La mirada del zarefí estaba empañada por la maldad de la torre.
Este presionó el cuchillo contra el cuello de Carlan y un hilillo de sangre descendió por su piel.
Carlan no mostraba temor alguno, estaba resuelto a morir si era necesario.
—Si no me das lo que quiero, te quitaré lo que más amas —lo amenazó Edgar.
—Toma mi vida, si eso te complace. Pero alejémonos de la torre, te lo explicaré todo cuando Zahel deje de envenenar tu mente. —Raehlan tiró la espada al suelo y levantó un poco los brazos—. Confía en mí, amigo mío.
—Eres un necio.
Edgar trazó un profundo tajo en el cuello de Carlan y la sangre salió a borbotones.
Lo mantuvo sujeto del pelo el tiempo suficiente para que Raehlan contemplara a su descendiente mientras moría.
Luego lo soltó, y el joven se desplomó sin vida.
El dárico bajó los brazos despacio, sin apartar la vista de Carlan mientras el aire se convertía en hielo dentro de sus pulmones.
Sintió que algo le oprimía el corazón al mismo tiempo que las lágrimas, cálidas, comenzaban a correr libres.
Con mano temblorosa aferró de nuevo la empuñadura de su espada.
Bramó furioso y el eco de su grito recorrió el valle.
Apenas un instante después, el clamor de los quinientos hajaeks que aguardaban ocultos entre los riscos, y que acudían ahora en su ayuda, asustó a los zarefíes.
Raehlan oyó la risa de la niña, que se burlaba de su dolor.
La rabia y el rencor oscurecieron su corazón, resuelto a tomar venganza.
Alzó su arma: no despediría a Carlan hasta haberle arrebatado la vida al rey de los zarefíes.
Edgar se dispuso para la lucha y ambos monarcas se abalanzaron el uno contra el otro.
La batalla entre las dos razas aliadas comenzó cuando las espadas se encontraron, y fue más cruel y violenta que aquella que habían librado contra los kalastys.
Raehlan relegó a un rincón de su mente toda compasión hacia su amigo.
El dárico era más veloz y diestro que el zarefí y la visión le ayudaba a prever los movimientos de Edgar.
Raehlan derribó a su oponente y le hizo perder la espada.
Este rodó por el suelo y, antes de incorporarse, logró recuperar el arma y huir de allí dando empellones a sus propios soldados.
Raehlan fue tras él; no lo dejaría escapar.
Ambos se alejaron de la contienda, de las voces entrecortadas, de los alaridos de dolor, del chocar de metales y del olor a sangre y vísceras.
Edgar se detuvo nada más alcanzar los primeros monolitos que formaban el sello y se volvió hacia Raehlan lentamente.
Se acariciaba las sienes y su rostro mostraba un tormento inimaginable.
—¿Qué he hecho? —dejó caer la espada y levantó la mirada ensombrecida hacia el dárico. Fue como si acabara de quitarse una venda de los ojos y comprendiera de golpe la realidad de sus actos— ¿En qué momento caí preso de la locura de Zahel? He asesinado a tu descendiente...
—Y vas a morir por ello —sentenció Raehlan, acortando la distancia—. La torre ha influido en ti, pero solo para avivar la llama de la traición que ya existía en tu mente.
Edgar negó con la cabeza y se dejó caer de rodillas.
—Lo lamento, Raehlan. Pero recuerda que he sido yo quien te ha arrebatado a Carlan. Mis soldados merecen tu perdón. —Edgar le sostuvo la mirada.
—No habrá perdón para ningún zarefí —sentenció el monarca con rabia.
Raelhan alzó la espada a la altura del cuello de Edgar y con un veloz movimiento le cercenó la cabeza.
Mantuvo el mango aferrado con fuerza mientras la sangre emanaba del cuerpo del zarefí.
Desvió la mirada hacia la torre de Zahel y maldijo aquel horrible lugar que acababa de arrebatarle tanto a su descendiente como a su amigo.
Zahel volvía a alimentarse de sangre y de muerte una vez más.