Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

Lo siguiente fue ya el remate total y mi victoria personal al completo.

Una chica adoptada contrató a la agencia para que le ayudáramos a encontrar a su familia biológica.

Me pasé semanas dando palos de ciego entre papeles de registros civiles y burocracia sin sentido, hasta que una pista me llevó a los archivos de acogida de un internado religioso en el sur del país.

Fue allí donde encontré el rastro de su madre.

Durante ese proceso, tirando de un hilo que al final no tenía nada que ver con esa historia, tropecé con un informe disciplinario de la dirección que me dejó completamente descolocada.

El documento detallaba la expulsión fulminante de una alumna tras liarla con el fuego: había provocado intencionadamente un incendio en la biblioteca que a punto estuvo de convertirse en una desgracia.

Al pie de la orden de traslado forzoso, para quitarse a la interna de encima, constaba el nombre de la menor: María García de Luna.

El informe añadía que, debido al poder e influencia de la familia García en el sector inmobiliario, la chica iba a ser reubicada discretamente en un centro apartado, en una isla. Isla Ballena concretamente.

Como una maldición, las pistas me arrastraron de vuelta a los registros del internado de las Esclavas del Sagrado Corazón. Me obligué a mantener la mente fría, dejando de lado mi fracaso del año anterior.

Empecé a pasar las páginas digitalizadas del anuario del año 98 para ver si daba con ella.

Entonces, un rostro en una de las fotografías de las alumnas hizo que frenara en seco.

Hice zoom en la imagen en blanco y negro.

En ese momento se me cortó la respiración: era Luna, su cara me lo confirmó.

El nombre que aparecía debajo era María García de Luna.

Tres filas más abajo estaba la foto de mi tía, en la esquina inferior derecha; a su lado, la de Clara Miranda.

Luna había sido alumna interna en las Esclavas y había ido a clase con mi tía y con Clara. Una pirómana rebotada de otro centro compartiendo pasillos con ellas, y ni Isaac ni yo nos habíamos dado cuenta.

Rebuscando todavía un poco más, encontré que no era el único centro del que le habían echado por lo mismo.

Así que no pude evitar pensar si pudo ser ella la que había provocado el incendio del 98.

Al principio intenté restarle importancia.

¿Estaba cayendo otra vez en el error de novata al conectar las piezas a la fuerza?

Ni se me pasaba por la cabeza sacarme otra vez de la manga una sarta de acusaciones infundadas, pero, a ver, es que todo cuadraba. Si Luna estudió allí y cargaba con más incendios a sus espaldas, ¿de verdad no significaba nada?

Cogí el teléfono móvil. Dudé un par de minutos, pero al final marqué el número de mi tía. Tras los saludos de rigor y asegurarle que todo iba bien en la ciudad, le lancé la pregunta:

—Tía, estoy revisando unos archivos antiguos del internado por un caso de la agencia...

¿Tú te acuerdas de una alumna de tu curso que se llamaba María García de Luna?

Es que resulta que trabajamos juntas en la redacción de El Faro y no sabía que habíais ido a la misma clase.

De hecho, no sabía ni que ella había ido al internado, nunca se habló de esto.

Se hizo un silencio largo al otro lado del teléfono.

—María... —murmura mi tía al fin. Noto que su tono de voz se vuelve huraño—. Sí, claro que me acuerdo de ella. Había muchas Marías, pero como para no acordarme de ella. Era la preferida de sor Marisa. Clara y yo teníamos un mote para ella.

—¿Cómo la llamabais? —pregunté.

—La Prota. Es la que mencionaba Clara en su diario.

Era la típica consentida que iba de guay y se creía la dueña del patio.

Además, era la protegida de sor Marisa, porque su familia tenía mucha pasta.

Una niñata bastante cruel. Clara y yo la sufrimos bastante, nos hacía la vida imposible. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, no me voy a andar con rodeos. Pero, antes de que me digas que no la líe como el año pasado, te puedo asegurar que dispongo de información clave para asegurar lo que te voy a decir.

—Miedo me das… Prudencia con tus investigaciones, por favor. No queremos otro drama.

—El caso es que he visto su foto entre las chicas de tu clase, solo que yo la conocía como Luna, no como María. Creo que puede tener algo que ver con el incendio del internado.

—En serio, cariño, asegúrate de lo que dices… Por muy cabrona que fuese, no se me pasa por la cabeza que una niña de doce años tuviera algo que ver con la muerte de Clara. Es muy grave esa acusación. Por mucho que nos lleváramos mal, no la veo capaz de matar a nadie.

Siempre he pensado que la maldad no tiene edad.

Cualquiera puede ser un psicópata. La Prota era la acosadora del diario de Clara, la niña que decía que le quemó el pelo a mi tía, la que delató los viajes a escondidas al baño para investigar al chico misterioso.

Y ahora sabía que venía expulsada por provocar otro incendio.

Tras la advertencia de mi tía, mi cabeza hizo un clic.

Volví a revivir la tremenda discusión que había tenido con Valentina en su despacho antes del empujón.

Me acordé perfectamente de sus palabras cuando se reía en mi cara defendiendo a su familia: «Mi tía sor Marisa me contó que en aquella época tenía una alumna conflictiva, una lianta de cuidado que tenía todas las papeletas para haber ocasionado el fuego.

No quiso darme el nombre por discreción».

Y luego la jefa, cargada de odio, me había soltado el hachazo: «¿Tu madre no tenía problemas mentales?

No me sorprendería que tuviera algo que ver».

Valentina creía que la lianta de la que hablaba sor Marisa era mi madre, pero en realidad seguramente nunca le había dado el nombre de verdad de la niña problemática para no manchar el apellido de su familia, que ponía dinero en el internado.

Ahora está claro que sor Marisa se refería a Luna, su protegida.

Mi intuición empezó a gritarme: ¿y si de verdad ella había tenido algo que ver con lo que pasó aquella noche del incendio? ¿Y si en realidad el motivo del incendio era mucho más sencillo y se cocía dentro de las aulas?