Capítulo 43
Un año después
Ángel no mentía. Tras la exhumación, los análisis forenses y genéticos confirmaron que el ADN del bebé hallado junto a los restos de Clara Miranda coincidía con el mío y con el de mi padre.
Fue la bofetada de realidad que me despertó de la película que me había montado yo sola.
Mi instinto de investigadora, ese del que tanto presumía, había fallado por completo.
Me hundí pensando que no valía para aquello.
Me machaqué durante meses pensando que me había empeñado en culpar a Valentina de algo tan grave como el tráfico de niños solo porque las piezas encajaban en mi cabeza; o mejor dicho, porque quería que encajaran y la acusé sin pruebas.
Menudo error de novata… Un fallo estúpido que casi me cuesta la libertad por meterle un empujón a mi jefa basándome en suposiciones sin confirmar.
Por eso necesité marcharme de allí. Tenía que alejarme de Isla Ballena y, sobre todo, de las miradas del pueblo, que me señalaban por la calle como a una loca incompetente que había montado un circo de acusaciones falsas y que casi mata a una persona.
El tiempo, la distancia y mucha terapia, gracias a la insistencia de mi tía, me han servido para poner las cosas en su sitio y reconciliarme conmigo misma, también con mi padre.
Después de procesar toda la mierda del internado, conseguí entender por qué mi padre había actuado como lo hizo y por qué había cargado con esas deudas y silencios durante media vida.
Eso sí, entenderlo no significa que lo justifique, ni que milagrosamente tengamos ahora una relación padre-hija perfecta.
La sentencia de la Audiencia Provincial obligó al internado de las Esclavas del Sagrado Corazón, como responsable civil, a pagarle una cuantiosa indemnización a mi padre por los daños morales derivados de haber enterrado a su bebé como si nunca hubiera existido, quitándole la oportunidad en aquel momento de darle un entierro justo.
Con ese dinero pudo saldar de golpe las deudas que arrastraba de préstamos por sus mierdas con el juego, limpiando su expediente de acreedores de una vez por todas.
Después ingresó por voluntad propia en una clínica médica especializada en el tratamiento de adicciones sin sustancia.
Es su última oportunidad para desintoxicarse de la ludopatía y empezar de cero, lejos de las apuestas que habían destrozado a nuestra familia.
Además, me dio una parte de la indemnización, un colchón económico con el que por fin pude mudarme a un piso de alquiler compartido en la ciudad para buscarme la vida.
Por otro lado, la policía al fin localizó a los responsables que me acosaban con mensajes sobre mi padre y que habían encargado la paliza.
Eran los cobradores habituales de mi padre, los típicos matones de barrio.
La policía los detuvo tras triangular los datos del móvil de prepago y confirmar, mediante las fotos de control de acceso a los ferris, que habían estado vigilando nuestros movimientos en la isla para intimidarnos.
Fue un alivio comprobar que el coche que Isaac vio frente a la cafetería no era nadie enviado por el patronato del internado para vigilarnos. Por fin aquel frente se cerró.
Laboralmente, he tenido que reinventarme.
No me atrevía a volver al periodismo de investigación de sucesos tras el desastre de la isla.
El miedo a meter la pata de nuevo y arruinarle la vida a alguien me paralizaba.
Sin embargo, el gusanillo de la investigación no se me había quitado del todo, así que al final acabé de genealogista en una agencia.
Me gano la vida buscando personas entre archivos civiles, registros eclesiásticos y bases de datos para ayudar a la gente a encontrar a familiares desaparecidos o reconstruir árboles familiares rotos.
Es un trabajo que no tiene la gran repercusión con la que soñaba cuando estudié el máster, pero aquí las piezas sí encajan con datos contrastados, no con elucubraciones.
Para mi sorpresa, todo este cambio de enfoque me ayudó a destapar toda la verdad sobre el internado y su vinculación con El Faro .