Capítulo 42
Aparcamos como podemos entre los coches de prensa y caminamos hacia la entrada del cementerio privado del internado de las Esclavas del Sagrado Corazón.
El viento del norte sopla frío en lo alto del acantilado, arrastrando el olor a salitre típico de Isla Ballena.
Me subo la cremallera del chubasquero hasta la barbilla y me guardo las manos en los bolsillos, contemplando las luces de los focos que los operarios han instalado.
Un cordón policial delimita la zona de la tumba de Clara Miranda.
El juez no deja que nadie se acerque al féretro, así que me he quedado fuera del cementerio privado de las monjas, mimetizada tras el cordón exterior, junto a un montón de vecinos, curiosos y furgonetas de los telediarios nacionales.
A mi lado, resguardados bajo sus paraguas, están mi tía y mi padre.
Legalmente, al ser el único progenitor vivo del supuesto bebé difunto, él ha podido firmar la personación en la causa y autorizar la apertura del nicho.
Si están los restos del bebé dentro, tiene todo el derecho legal de reclamarlos para darles, por fin, una sepultura digna con su apellido y el de mi madre.
Tiene permiso para acercarse mientras sacan el ataúd, pero ha preferido quedarse conmigo.
Desde mi posición, entre los paraguas y el murmullo de la gente, solo alcanzo a ver el brillo de los focos de los operarios y el trasiego de monos blancos de la científica.
No veo absolutamente nada de lo que pasa con la tumba de Clara Miranda.
Pero Isaac está un poco más cerca con su cámara telescópica, documentando todo.
Ángel, el excura, juró que él mismo había metido el cadáver de mi hermano dentro de este ataúd antes del entierro para ocultar el escándalo.
Yo confío en que miente. Estoy segura de que esa tumba no contiene el cuerpo del bebé y que Valentina se quedó con el hijo de mi madre.
El Joyita es mi hermano de sangre y hoy se va a demostrar.
A Valentina se le va a desmontar la gran mentira de su vida.
—Ya están sacando el féretro —murmura la voz de Isaac a través del auricular del móvil, sacándome de mis pensamientos.
Al cabo de media hora, el movimiento bajo la lona cesa y los cámaras de televisión empiezan a recoger los trípodes. Isaac me avisa por teléfono para que lo sigamos hacia una zona apartada junto a su coche y así contarnos en persona a los tres lo que ha visto.
—Lo siento mucho, chicos —nos dice Isaac.
Con manos torpes por el frío, enciende la cámara réflex que lleva colgada al cuello y busca la última ráfaga. Se acerca a nosotros y el zoom óptico de la pantalla muestra la escena con una nitidez que asusta.
En la imagen se ve el interior del ataúd de madera carcomida. Me quedo de piedra. Mientras, el mundo se me detiene de golpe.