Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 41
86%

Capítulo 41

Seis semanas después

Hoy es el día de la exhumación de Clara Miranda. He tenido que esperar seis semanas para ver cómo se abría por fin esta tumba. Seis semanas de interrogatorios, llamadas del juzgado y filtraciones a la prensa nacional, que se ha tirado de cabeza a cubrir la noticia.

El caso ha estado hasta en la sopa. Ha salido en todos los telediarios, portadas y tertulias de sucesos del país, convirtiendo la isla en un circo mediático para tratar de presionar en el proceso. Eso sí, no ha habido artículo de aniversario del incendio ni leches, eso se ha quedado en el olvido.

En cuanto salí de comisaría aquella noche con mi libertad con cargos, las cosas se aceleraron.

Mi tía se presentó ante el inspector para declarar voluntariamente.

Lo contó todo y entregó el diario original de Clara como prueba de que la niña estaba encerrada en la sacristía bajo llave y del embarazo secreto de mi madre.

Ese cuaderno, el que había custodiado durante casi treinta años, se convirtió en el detonante de todo esto.

Al principio me daba miedo de que la fiscalía pudiera imputarla por encubrimiento, pero, al haber ocultado la prueba cuando era apenas una niña de doce años, por la coacción directa de sor Marisa y el miedo a un entorno que la tenía anulada, la ley la reconocía como una víctima silenciada y no como una cómplice.

Que entregara voluntariamente el diario y su testimonio, lejos de incriminarla, fueron las piezas fundamentales para desmantelar toda la red de mentiras.

Durante este tiempo no me he quedado de brazos cruzados. He terminado mi trabajo de fin de máster y, aunque no pude terminar las prácticas en El Faro , Isaac me ha ayudado a conseguir un puesto en remoto en un diario nacional. Ahora me queda poco para terminar y sacarme el título.

Ahora mismo voy sentada de copiloto en el coche de Isaac, que conduce hacia el internado, con mi tía y mi padre, en silencio, en los asientos traseros.

Iba a ser imposible llegar en tres coches separados con la de gente que habrá allí, así que mi tía ha aceptado ir en el mismo coche que mi padre, a pesar de su mala relación.

—Si el féretro está vacío o encuentran restos que no corresponden con un bebé, el juez tendrá el camino libre para pedir el ADN del Joyita —dice Isaac, mirándome de reojo.

—Ya no se podrá negar —añado—. Lo de no querer saber quiénes son sus padres biológicos ya no le valdrá como excusa. ¿Sabes algo de la investigación sobre el incendio?

—Sé por mis contactos en la policía que durante las últimas semanas la maquinaria judicial se ha puesto en marcha y han interrogado a Rober; a Ángel, el cura-carpintero; a Valentina, y por supuesto, a sor Marisa. Además de los aquí presentes, claro.

—Yo les dije todo lo que sé. Espero que se haga justicia, no hay derecho a que enterraran a mi hijo en secreto y que no haya podido jamás despedirme de él. Nunca me perdonaré no haber hecho más en aquel momento.

—Yo estoy segura de que no murió, papá. Mi tía también está más convencida.

Veo a mi tía que me mira por el retrovisor seria.

—Sí, en el ayuntamiento algo se comenta —añade ella con voz firme—.

Me han llegado filtraciones de los funcionarios del juzgado.

Lo del robo de bebés no es algo nuevo en este país y la hipótesis de que pueden ir por ahí los tiros está cogiendo fuerza.

El problema es que el Joyita se ha negado a hacerse una prueba de ADN y que sor Marisa ha dicho que fue una adopción legal pero acelerada en beneficio de su sobrina Valentina.

El problema es que el sumario está blindado a la espera de ver qué pasa hoy con el féretro.

—No, si ya te digo yo que esto es muy gordo, que nadie me cree. Pero estoy segura de que el Joyita es mi hermano y os lo robaron —digo mientras asomo la cabeza hacia atrás y miro a mi padre.

—También os digo que no son optimistas con qué cargos van a presentar por el caso del incendio, pero sí con los de sor Marisa —interviene Isaac—.

Me han confirmado que la acusan de un delito con resultado de muerte.

Al haber dejado a Clara encerrada bajo llave, eliminó la posibilidad de que se salvara.

—¿Y sabes algo nuevo del blanqueo de dinero de Rober y Valentina? —pregunto a Isaac.

—Rober está en la mierda —responde Isaac—. El juez le mantiene en prisión preventiva como el principal responsable, mientras la causa por blanqueo avanza.

—¿Pero se sabe de qué va todo eso? ¿De quién era el dinero o qué hacían con él? —pregunta mi padre.

—Actualmente hay una causa abierta que se está investigando después de una auditoría fiscal —respondo—. Se ha destapado un flujo de pasta sospechoso entre el internado y el periódico.

—El juez había imputado inicialmente a Valentina como cooperadora, al ser la administradora única de la empresa —añade Isaac—; sin embargo, parece que ha conseguido demostrar que ella está al frente de la línea editorial, y que es Rober quien gestiona en exclusiva los contratos comerciales.

—Vamos, que se está marcando el papel de esposa engañada ante el tribunal a la perfección —le interrumpo—.

Tiene pinta de que se va a ir de rositas.

La tía va a quedar libre de cargos penales porque no se puede probar que tuviera conocimiento de que se estuviera haciendo fraude.

Pues bien que se iba de comidas con su marido y gente importante de la isla.

Y bien que me pedía inflar los resultados de las estadísticas.

—El problema es que todavía no se sabe qué es lo que hay exactamente detrás de esa alianza oculta entre el internado y esos flujos de pasta —dice Isaac.

—Os puedo decir que he intentado enterarme yo también, y no ha habido manera —dice mi tía—. Toda la trama financiera se encuentra bajo estricto secreto de sumario. Es pronto para conocer el resultado de las pesquisas.

—Ya te digo yo lo que es ese dinero: comisiones por adopciones ilegales. Es que blanco y en botella —insisto—. Esto ya se hacía en los noventa, y no me extrañaría que siguiese ocurriendo si nunca les han pillado.

—No hay quien te baje del burro, ¿eh? —me dice Isaac—. Pues toda esta movida les ha dejado sin nada. Les han embargado todos sus bienes. Y Valentina se va a salvar de la cárcel porque parece que ha logrado demostrar que era una esposa engañada y ajena a los contratos comerciales de su marido.

—Pero ha perdido el periódico, su prestigio y su matrimonio —intervengo con chulería—. Aun así, eso no es suficiente, deberían estar todos entre rejas de por vida.

—Yo sigo pensando que lo peor de todo esto es la impunidad por el incendio —murmura mi tía, apretando los puños—.

Veintiocho años después y sin testigos directos, es imposible demostrar técnicamente quién prendió fuego a la capilla aquella noche.

Y eso que ya se ha demostrado por fin gracias a Isaac que fue un incendio provocado y encubierto.

—Yo tengo ahí una espina clavada, porque la policía no ha encontrado nada que vincule al entorno del internado con la muerte de Juan, el perito —dice Isaac—.

En el informe forense había niveles elevados de sedantes en sangre; eso, junto con el ahogamiento, dicen que son señales compatibles con un suicidio.

—Y ya lo de que se quemara su piso poco después está en el aire —digo—. Es que lo tienen todo delante de sus narices y no lo quieren ver. ¡Que a Juan se lo cargaron, hombre! Es que parece que en esta isla solo hay incompetentes.

—O gente silenciada —murmura mi padre.

—Por eso estamos hoy aquí —sentencio yo, viendo ya las verjas del internado asomar entre la niebla—.

Si en esa tumba no hay un bebé, sor Marisa no podrá seguir escondiéndose detrás de sus mentiras de mierda.

Si el ataúd está vacío, demostraremos que el Joyita es mi hermano, y que Valentina y su familia no solo compraron un bebé, sino que fueron cómplices de un sistema que quemaba pruebas y sobornaba a gente para seguir funcionando sin que nadie se enterara.

Mi padre no dice nada, pero sus manos temblorosas sobre las rodillas ya dicen mucho. Estamos a punto de exhumar casi treinta años de mentiras.

Hoy se va a hacer justicia.