Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

—¿En serio las esposas son necesarias? Yo no soy ninguna delincuente.

Los agentes no me contestan y se pasan el trayecto a comisaría en silencio. Al llegar me quitan los grilletes y me meten directa en una sala de interrogatorios pequeña que huele a humanidad.

Paso allí encerrada casi una hora, sola, mirando una mesa de metal gris y repasando mentalmente todo lo que ha ocurrido estos días. Tengo el cuerpo helado y los nervios destrozados, pero mi estallido de rabia ha dejado paso a una especie de calma vacía. Ya está, ya no tengo nada que perder.

La puerta se abre y entra el mismo inspector que me tomó declaración cuando puse la denuncia por los mensajes de acoso con una carpeta bajo el brazo. Se sienta enfrente, enciende una grabadora digital y me mira fijamente durante unos segundos antes de hablar.

—Otra vez tú por aquí. Tu jefa está en observación en el hospital.

Tiene una brecha en la nuca y una pequeña conmoción cerebral, pero los médicos acaban de confirmar que está estable y fuera de peligro.

Casi muere. El parte médico y la escena de los hechos reflejan indicios de agresión.

Ella te acusa directamente. Además, tienes otra denuncia cruzada por agresiones en la terraza de un bar de hace unas semanas.

Cuéntame todo lo que ha pasado en ese despacho si no quieres pasar la noche en el calabozo.

Apoyo las manos en la mesa. Me tiemblan, pero le sostengo la mirada.

—Sí, no voy a negar que la he empujado —le digo—, pero no quería hacerle daño, ha sido un acto reflejo porque me estaba gritando como siempre.

Trata fatal a todo el mundo. Estábamos discutiendo porque he descubierto que El Faro lleva casi treinta años cobrando mucho dinero en publicidad del internado.

Estoy segura de que es para comprar su silencio sobre el incendio del internado del 98.

Tengo pruebas de que ese incendio fue provocado y que posiblemente hay adopciones ilegales de por medio.

El inspector detiene el bolígrafo en el aire y tuerce el gesto.

—Estamos aquí por una denuncia de lesiones, no te vayas por las ramas.

—No me voy por las ramas, pero es que está todo conectado —le corto, decidida a soltarlo todo de una vez—.

Ese incendio no fue un accidente. Hablamos con Juan, el perito, y sabemos que el incendio lo provocaron y que le pagaron para taparlo.

Además, la niña estaba encerrada bajo llave y también se ocultó.

Luego, resulta que poco después Juan aparece ahogado…

El inspector se reclina en la silla, mirándome con cara de circunstancia, pero no me interrumpe.

—Tengo pruebas, no me estoy inventando nada —continúo, tragando saliva—.

Encontré el diario de Clara Miranda, la niña que murió en el incendio.

En esas páginas se ven las mentiras de sor Marisa.

Ella la castigó en la sacristía de la capilla bajo llave y mintió a la policía diciendo que estaba allí rezando de manera voluntaria.

Mi madre estaba interna y la tenían encerrada porque se había quedado embarazada siendo menor.

Su bebé supuestamente nació muerto la tarde del incendio y el cura dice que aprovechó la desgracia para meter el cadáver dentro del ataúd de Clara durante el entierro y así ocultar el escándalo.

Hay indicios de que ese bebé fue robado y entregado en adopción.

Tenéis que investigar esto porque quizás no fue un caso aislado.

Hago una pausa para recuperar el aire. Me pueden tomar por loca por haber contado mis sospechas con el robo del recién nacido, pero quiero que confirmen que no hay ningún bebé enterrado para que se investigue la procedencia del Joyita.

—Si queréis saber si todo esto es verdad, lo tenéis muy fácil: abrid esa tumba y confirmad si el antiguo cura miente y hay restos de un bebé enterrados dentro.

Si dais el diario como prueba válida, mi padre podrá ordenar la exhumación del cadáver de Clara para recuperar los restos de su hijo fallecido.

El inspector me mira fijamente, procesando la información, y toma un par de notas rápidas en su bloc. Luego, apaga la grabadora.

—Muy bien, Mónica. Gracias por tu colaboración.

Ahora vas a firmar tu declaración y vas a quedar en libertad con cargos.

Te vas a ir a casa con una denuncia por un delito leve de lesiones o agresión, eso ya lo determinará el juez de guardia según evolucione tu jefa.

Has tenido mucha suerte de que lo de Valentina haya quedado en eso y no en homicidio involuntario, porque, si la cosa hubiera sido peor, de aquí te ibas derecha a prisión provisional.

Se levanta, recoge la carpeta y camina hacia la puerta. Antes de salir se gira mirándome de reojo.

—Y una última cosa antes de que te vayas: no creas que estamos parados.

La policía lleva meses con una investigación abierta sobre los movimientos irregulares del internado y los patrocinios del periódico.

También estamos indagando la muerte del perito, porque ya no nos creemos que fuera un suicidio.

Con todo lo que nos acabas de contar, tenemos hilos de sobra para tirar.

Vamos a interrogar a fondo a tu tía, a tu padre, al cura, a sor Marisa, a Rober y a Valentina.

Vamos a verificar cada palabra de tu declaración.

—¿Estamos a tiempo de que se haga justicia? —pregunto, con el corazón en un puño.

El inspector se detiene un segundo, tamborileando los dedos sobre la carpeta de plástico, y entorna los ojos mientras hace un cálculo mental rápido.

—Mira, un homicidio común prescribe a los veinte años, y de aquel incendio ya han pasado veintiocho.

Si nos limitáramos a eso, estaríamos atados de manos.

Pero aquí hay una clave determinante: el encierro.

Provocar un incendio a sabiendas en un lugar lleno de menores es grave, pero que sor Marisa dejara a esa niña encerrada bajo llave, eliminando cualquier posibilidad de que se salvara, convierte su acción en un delito de riesgo extremo y detención ilegal con resultado de muerte.

—¿Eso cambia los plazos? —pregunto, agarrándome a sus palabras.

—Por completo. Ese encierro deliberado, sumado a que alguien provocara el fuego, eleva la pena máxima al rango de los delitos más severos de nuestro Código Penal.

Al ser un crimen de esta magnitud, con el agravante de la indefensión de la víctima menor de edad, el plazo de prescripción no son veinte años, sino treinta.

—Al caso le quedan apenas dos años de margen antes de quedar impune para siempre... ¿Hay tiempo para lograrlo? —digo manteniendo la esperanza.

—Estamos dentro por los pelos. Si lo que dices es cierto, el juez deberá aprobar la exhumación.

Si encontramos los restos del bebé en el ataúd de Clara, según lo que te ha dicho el cura, tendríamos una prueba más, que sumada al diario, donde se documenta el encierro bajo llave, nos permitiría reabrir la causa penal por el incendio y la muerte de la niña.

Es un camino complicado, pero no es imposible.

Ahora, firma la declaración y lárgate a casa a descansar.