Capítulo 39
Los cinco minutos más largos de mi vida terminan con el eco lejano de las sirenas acercándose a la calle de la redacción.
Ay, Isaac, ¿por qué tardas tanto? La puerta de la oficina se abre de golpe y entran dos sanitarios cargando con el equipo médico y una camilla plegable.
Justo detrás, con cara de asustado y respirando por la boca, aparece Isaac.
Me mira de reojo con angustia pero no dice nada, se queda en la puerta del despacho mientras los médicos se arrodillan junto al cuerpo de la jefa.
—Mujer, sesenta y pocos años, traumatismo craneoencefálico con pérdida de conciencia —dice el médico mientras le toma el pulso e ilumina sus ojos con una linterna—. Está en parada, no ventila. ¡Desfibrilador ya! Prepárame una de adrenalina.
El enfermero le coloca la máscara de ventilación manual a contrarreloj y empieza a bombear oxígeno a presión, mientras el médico le rasga la camisa a Valentina de un tirón, dejando al descubierto el pecho para pegarle los parches.
Yo no puedo apartar los ojos de la escena.
La he matado. La he matado de un maldito empujón.
—¡Cargando a doscientos! —grita el médico, agarrando las palas—. ¡Fuera todos!
Isaac da un paso atrás en el pasillo con la cara desencajada. El médico aplica la descarga y el cuerpo de Valentina se eleva del suelo con un espasmo violento, para volver a caer a plomo sobre la moqueta. El monitor sigue emitiendo un pitido continuo, plano. Una línea recta.
—Nada. Sigue en asistolia. Iniciando RCP —dice el médico sin temblarle la voz. Se arrodilla a horcajadas sobre ella y empieza a hundirle el esternón con las manos entrelazadas, rítmicamente. Un, dos, tres, cuatro...
Pasan dos minutos y el enfermero le inyecta medicación directamente en la vía que le ha cogido en el brazo, mientras el médico sigue bombeando su pecho sin detenerse, sudando por el esfuerzo.
—Cargando de nuevo. ¡Fuera! —vuelve a ordenar.
Segunda descarga. El cuerpo de Valentina vuelve a sacudirse. Al instante, el monitor interrumpe el pitido plano y empieza a registrar una onda irregular, seguida de un pitido rítmico, débil pero constante.
—Ha salido. Volvemos a tener ritmo sinusal —anuncia el enfermero, limpiándose la frente con el dorso de la mano—. Ventilación asistida mantenida. Vamos a estabilizarla antes de moverla.
Respira, ¡respira! Me quedo pegada contra la pared, con los puños metidos en los bolsillos del abrigo para que no vean el temblor de mis manos. Valentina sigue viva.
—¿Qué ha pasado exactamente? —me pregunta el enfermero sin levantar la vista, mientras asegura la mascarilla de oxígeno.
—Me estaba echando la bronca —miento—. Se ha puesto muy nerviosa, ha empezado a gritar y de repente se ha desplomado de la silla y se ha dado contra el archivador al caer.
El médico se detiene un segundo. Gira la cabeza de Valentina con cuidado y examina la posición del cuerpo. Luego mira la silla giratoria, que está demasiado lejos, y el desorden de los papeles de la mesa. Después me mira a mí. Sabe que miento. Una caída común no acabaría así.
—Llama al 112 —le dice el médico a su compañero con tono seco—. Que manden una patrulla de la policía para aquí de inmediato. Ahora mismo.
El estómago se me encoge de golpe.
—¿Para qué tiene que venir la policía? —interviene Isaac desde la puerta—. Pero si ha sido un accidente, se ha caído...
—Tenemos que activar el protocolo de sospecha de violencia —insiste el médico—.
Mientras la atendemos no mováis esa silla ni toquéis nada del mueble.
Y usted —me dice mirándome fijo—, no se mueva de ahí.
Quédese en la oficina hasta que llegue la policía.
Es la testigo principal de lo que haya pasado aquí dentro.
Asiento como una idiota, me falta el aire.
El médico saca una tablet y veo que empieza a escribir lo que parece un parte de lesiones judicial, dejando constancia de que el golpe tiene indicios incompatibles con una simple caída.
La policía se va a presentar en la oficina ahora y yo no tengo forma de justificar el empujón sin que me caiga encima una denuncia por agresión. Por lo menos sigue viva.
Entre los dos sanitarios logran levantar a Valentina, la aseguran en la camilla y se la llevan hacia la salida rápido.
Intento caminar detrás de ellos con las piernas de gelatina, pero aparece un agente y me frena en seco en mitad del pasillo.
—Usted no va a ninguna parte —me ordena con tono seco—. Quédese quieta y ponga las manos donde pueda verlas.
La camilla se frena un segundo justo en el umbral para hacer el giro hacia el rellano.
En ese instante, Valentina suelta un quejido y abre los ojos.
Está desorientada y mira mal, pero en cuanto me ve a mí, retenida por el agente, la cara se le llena de rabia.
Se quita la máscara de oxígeno de un manotazo antes de que el médico pueda ponérsela de nuevo.
—Tú... —consigue decir, señalándome con un dedo tembloroso—. Te vas a enterar, niñata... En cuanto me dejen te voy a poner una denuncia por agresión que se te va a caer el pelo. ¡Detenedla! ¡Me ha empujado!
Le cuesta hablar por el esfuerzo, pero saca aire para soltarme el último hachazo antes de que la saquen al ascensor:
—Y ni se te ocurra... ni se te ocurra volver a pisar esta redacción en tu puta vida.
El policía hace que me gire de cara a la pared, me sujeta las muñecas a la espalda y escucho el clic del metal de las esposas. Mientras, Isaac se queda de piedra en mitad del pasillo.
El agente me lleva del brazo escaleras abajo.
Al cruzar el portal de la redacción, me espera un corrillo de gente que mira cotilleando qué pasa.
Entre ellos, distingo a Luna y a los otros compañeros del periódico con los tercios de cerveza todavía en la mano.
Se quedan mudos al verme salir esposada.
Antes de que me metan en el asiento trasero del coche de policía, veo a Isaac salir corriendo por el portal. Le grito con todas mis fuerzas por encima del ruido de las sirenas, llamando la atención de todo el mundo:
—¡Isaac, vete a casa de mi tía! ¡Dile lo que ha pasado y que lleve el diario a comisaría! ¡Es importante!
El agente me empuja sin miramientos hacia el interior del vehículo y cierra la puerta de un portazo. Me quedo pegada al cristal, viendo a Isaac asentir antes de que el coche arranque. Todo ha estallado por los aires, pero no de la manera que yo pensaba.