Capítulo 38
Siento que me va a dar un ataque de ansiedad en cualquier momento, pero la rabia que llevo dentro es mucho más fuerte que el miedo a la verdad.
En cuanto el ferri atraca en Isla Ballena, ni se me pasa por la cabeza ir al bar El Puerto, donde sé que estarán Isaac, Luna y los otros compañeros tomando unas cervezas.
Subo directa a la redacción para obligar a Valentina a que dé la cara y me diga la verdad.
Ya me da igual el máster, las prácticas y las consecuencias.
Quiero que salte todo por los aires de una vez y que la policía haga su puto trabajo.
Llego a la oficina pasadas las diez de la noche. El edificio está completamente a oscuras, excepto por la luz que se filtra bajo la puerta del despacho de la jefa. Lo que yo decía, sigue allí metida como una rata.
Empujo la puerta de su despacho sin llamar. Valentina levanta la vista, sorprendida, con un cigarrillo en la boca.
—¡Mónica! ¿Qué haces aquí a estas horas? Pensaba que estabas en la ciudad.
—Vengo de allí —le digo, cerrando la puerta de un golpe.
Me planto frente a su mesa, apoyando las manos en la madera—.
Quiero que me digas la verdad. El internado os ha estado pagando una pasta todos estos años para comprar tu silencio por el incendio del 98, ¿no es así?
Sé que no fue un accidente y que os están investigando por blanqueo de capitales. ¿Vas a decir la verdad de una vez?
Valentina se queda petrificada un segundo. Luego, suelta una carcajada y expulsa el humo del cigarrillo hacia mí.
—¿Pero de qué coño estás hablando, niñata?
¿Es que has perdido la cabeza? Mi marido es el mejor comercial que ha tenido este periódico.
Lo del blanqueo es un malentendido y quedará todo demostrado.
El internado paga lo que paga porque valora nuestro trabajo y porque necesitaban limpiar su imagen tras la desgracia de esa niña.
No me vengas con historias para no dormir.
¡Esto es un disparate! ¡Fuera de mi despacho ahora mismo! Y mañana no vengas.
—¡No te hagas la tonta! —le grito, perdiendo los papeles por completo. La rabia acumulada por todo lo que me ha contado mi padre y por su soberbia me nubla el juicio—. ¿Sor Marisa os vendió el bebé que tuvo mi madre la tarde del incendio?
—¡Pero qué me estás contando! —grita Valentina.
Se levanta de la silla de golpe, fuera de sí, mientras me señala con el dedo con la vena del cuello hinchada—.
¿Cómo voy a estar involucrada en una monstruosidad así?
Sor Marisa es mi tía, de mi propia sangre.
No te permito que nos acuses de nada parecido.
Adoptamos a mi hijo de forma legal. ¡Lávate la boca antes de hablar de mi empresa y de mi familia!
—Ah, que encima eres su sobrina… Pues más a mi favor.
Qué casualidad que, justo la noche que mi madre dio a luz, le dijeron que había nacido el bebé muerto y poco después adoptas a un niño por mediación del internado…
¡Estoy segura de que tu tía y el incendio tiene relación con todo esto!
¡No sé cómo, pero lo demostraré! —le grito, plantándole cara, pegando un puñetazo en la mesa.
—Mira, te voy a decir una cosa, malnacida: te has confundido de carrera.
Viendo estos delirios, no tienes ningún talento para la investigación.
¿Quién te ha metido todas esas milongas en la cabeza?
¿Tu padre? —Valentina suelta una carcajada llena de desprecio—.
Mi tía siempre me contó que en esa época tenía una alumna conflictiva, una lianta de cuidado que tenía todas las papeletas para haber ocasionado el fuego.
Fíjate que no me di cuenta de quién eras hija cuando entraste aquí, pero en esta isla todo se sabe.
¿Tu madre no tenía problemas mentales? ¡Qué desperdicio de chica!
Menuda decepción. Lo que prometía cuando la conocí en la gaceta del internado y cómo acabó…
—¡Ni se te ocurra mencionar a mi madre! No eches balones fuera atacando a mi familia —le espeto, con los dientes apretados.
—Ya que estamos haciendo elucubraciones, no me sorprendería nada que ella tuviera algo que ver con todo aquello.
Quizás terminó quitándose la vida porque no podía con su propia culpa.
¿O por qué te crees que se suicidó? Así que no me vengas a dar lecciones a mí cuando tienes la mierda en tu propia casa.
—No sé cómo puedes tener los santos ovarios de decir algo así de mi madre. ¿Qué te crees, que te vas a salir con la tuya? Tu hijo el Joyita es mi hermano y lo voy a demostrar.
Valentina se queda petrificada un segundo. La colilla del cigarrillo casi se le cae de los labios antes de soltar una carcajada que retumba por toda la oficina.
—¿Pero qué me estás contando? ¿No tendrás alguna tara mental tú también como tu madre? Estás completamente loca.
—¡Tú no me llamas loca!
El volcán entra en erupción. Ya no pienso, no mido las fuerzas. Mis manos se mueven solas y le meto un empujón tremendo en el pecho.
Valentina tropieza hacia atrás con la silla giratoria y pierde el equilibrio por completo. Se desploma hacia el suelo y se golpea la cabeza contra el borde del mueble archivador de metal. Su cuerpo cae de lado con un impacto seco y se queda inmóvil sobre la moqueta.
El silencio se instala en el despacho.
—¿Valentina? —murmuro, dando un paso atrás.
No se mueve. No respira. ¡Que no respira!
Siento que se me va a salir el corazón por la boca. Me arrodillo a su lado de golpe, con las manos empapadas en sudor, e intento apretarle el pecho para reanimarla, pero no tengo ni idea de primeros auxilios.
Tengo que llamar a una ambulancia. Saco el móvil con dedos temblorosos, pero el pánico me frena en seco antes de marcar el 112.
Si llamo a emergencias, va a venir la policía de inmediato.
Saben que tengo problemas de autocontrol después del altercado con la choni de la terraza y que, además, mi padre está metido en líos de drogas.
Van a pensar que me ha dado otro ataque de ira y que he querido hacerle daño a propósito.
Ha sido sin querer, no sabía que se daría en la cabeza, pero es que todo juega en mi contra y me van a meter en el calabozo directamente.
Necesito ayuda urgente, alguien que me crea.
Pienso en mi tía, pero la descarto enseguida, porque me conoce bien y va a pensar lo peor.
Isaac. Tengo que llamar a Isaac. El móvil se me resbala por el sudor. Lo recojo rápido, me seco las manos en los vaqueros y pulso el botón de llamada. Da un tono. Dos. Al tercero, descuelga.
—¡Isaac! Tienes que venir a la redacción ahora. Que no respira. ¡No respira!
Se hace un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
—A ver. Pero ¿qué me estás contando? —Su voz cambia de golpe—. ¿Quién no respira?
—¿Quién va a ser? La Loca. Valentina.
—Joder, no me lo puedo creer... ¿Has llamado ya a emergencias?
—No, es que pensaba que podía resolverlo yo sola y me he puesto nerviosa.
—¿Pero qué coño ha pasado? Mónica…, ¿le has hecho tú algo?
—¡No! ¿Qué dices? Te juro que yo no he hecho nada —le grito al teléfono, aunque sé perfectamente que parezco culpable—. Me ha puesto de los nervios, le he dicho cuatro cosas y le ha pegado un parraque o algo. ¡Yo qué sé! Se ha desplomado de la silla sin más.
—¡Llama ya a emergencias, joder! Y no toques nada, ¿me oyes? Espero que sea solo un susto. Estoy allí dentro de menos de cinco minutos.