Capítulo 37
El trayecto en el ferri se me hace eterno repasando mentalmente la conversación que pienso tener con mi padre.
En cuanto llego a la ciudad, le llamo y quedamos en encontrarnos en una cafetería que hay cerca del embarcadero.
Mi padre no quería quedar conmigo en casa, por precaución necesitamos un lugar público y también intimidad para hablar sin que nadie se entere de nuestra conversación.
La terraza suele ser bastante tranquila y tiene las mesas bastante separadas, así que nos vale.
Cuando ya estoy acabando el café que he pedido, aparece mi padre con la escayola del brazo y mala cara.
Sigue recuperándose de la paliza y de la operación de bazo de hace un par de semanas, pero ahora mismo me da igual cómo se encuentre.
Necesito que empiece a hablar. Estoy harta de que me cuente verdades a medias.
Me quedo sentada con los brazos cruzados, esperando a que se siente y diga algo. Toma asiento, me mira con cara de perro apaleado y me agarra el brazo para cogerme de la mano, en silencio como si no fuera capaz de pronunciar una palabra.
—¿Es que no piensas decir nada? —le digo ofuscada—. No me vuelvas a mentir porque no he venido hasta la ciudad para escuchar mierdas. ¿Por qué no me contaste lo del bebé? ¿Es que tienes algo que ver con el incendio del internado? Ya no sé lo que pensar…
Mi padre se queda completamente blanco. Desvía la mirada hacia el suelo, incapaz de sostenerme la mirada.
—Tantos años guardando esto en secreto y sale a luz justo ahora sin avisar…
—Pues ya era hora, ¿no crees? Encontré de casualidad en casa de mi tía el diario de Clara, la niña que murió en el incendio del internado.
Y al final me contó todo. Que sepas que la policía está investigando, así que espero que, si te mandan declarar esta vez, lo cuentes todo de verdad, y no por fascículos.
—Fue una época muy dolorosa que nos afectó mucho, sobre todo a tu madre. Nunca más hablamos de aquel bebé porque dolía demasiado. Era mejor enterrar el pasado y olvidar todo aquello para siempre.
—Pero, si sabías que tenían a mamá allí encerrada y aislada, ¿por qué no la sacaste del internado?
—Yo de verdad quería liberarla y que tuviéramos una vida juntos con el bebé, pero ella estaba totalmente coaccionada por las monjas. Le prometieron que le ayudarían a cuidar al niño mientras terminaba los estudios en el internado para que al salir tuviera una buena vida fuera.
—¿Y lo queríais a tener? —le digo, clavándole la mirada—.
¿No pensasteis en darlo en adopción? Sé que el hijo adoptado de Valentina nació solo unos días después del incendio.
Dime la verdad. Le vendisteis el niño a Valentina y a Rober, ¿verdad?
Usasteis el incendio para fingir que el niño había muerto en el parto y borrar el rastro.
—¿Pero qué dices? ¡Te juro por mi vida que eso no pasó!
—me suplica en un susurro, mirando a los lados por si alguien le oye—.
Tu hermano murió al nacer, eso es lo que le dijeron las monjas a tu madre.
Se les murió en las manos. ¡Yo no vendí a mi propio hijo!
Ni sabía que Valentina había adoptado un bebé días después.
Te lo juro. Yo quería tener ese bebé y comenzar una vida fuera de la isla. Tienes que creerme.
Me lo quedo mirando fijamente, tratando de procesar sus palabras. Sigue sonando a la versión del cura, así que decido cambiar de enfoque para ver si flaquea. No me fío de mi padre, siempre miente.
—¿Y cómo pensabais escapar con el bebé entonces?
—Ese fue el problema. Tu madre estaba retenida y me costó mucho convencerla para escaparse de ahí. Justo cuando ya parecía que estaba dispuesta a empezar una vida nueva fuera, el embarazo iba ya muy avanzado y no quiso arriesgarse.
—¿Entonces?
—Decidimos esperar a que tuviera al bebé para planificar la huida, pero todo se torció. Al morir el bebé abandonamos la idea de escapar y esperamos a que tu madre terminara los estudios.
—En el diario pone que te vieron salir de allí por la noche. En una ocasión llevabas una bolsa de deporte azul enorme. ¿Qué hacías allí durante tus visitas?
Él traga saliva con dificultad, abre los ojos asustado y se queja del dolor al moverse en la silla, mientras niega frenéticamente con la cabeza.
—Sacaba del internado ropa y otras cosas de tu madre. Estaba organizando la fuga para escapar de la isla.
—No te creo, eso lo podíais haber conseguido fuera sin tanto lío —le digo, clavándole la mirada.
—Está bien, está bien. Cuando iba de visita aprovechaba y me llevaba algunos objetos de valor y antigüedades de la capilla para venderlos en el mercado negro y empezar con algo de dinero fuera.
—Y te pillaron y la liaste, ¿no? Quemaste la capilla para que no pudieran hacer inventario y ver todo lo que faltaba, o algo así.
—¡De eso nada! De verdad, yo no quemé nada.
No tengo nada que ver con aquel incendio.
Pero sí, la última vez que estuve allí la monja superiora me pilló por los pasillos con algunos objetos.
Sabía de sobra quién era yo, así que me chantajeó para que no dijera nada del embarazo o me denunciaría por el robo.
—¿Y os quedasteis así como si nada después de todo?
Mi padre se pasa la mano por la cara, visiblemente agotado.
—Hija, no fue nada fácil. Además, me metí en un marrón tremendo buscando compradores de los artículos robados de la capilla para sacar algo de dinero.
Los tipos que me compraron la mercancía no eran buena gente.
Me relacioné con quien no debía y acabé metido en trapicheos para buscarme la vida, con la intención de poder salir algún día de esa isla con tu madre.
—Podías haber conseguido un trabajo como la gente normal.
—Era un crío y tuve que buscarme la vida como pude.
Pero sí, ojalá lo hubiese hecho. Porque después de todo, cuando tu madre cumplió los dieciocho y nos fuimos a la ciudad, yo seguí haciendo mis trabajillos para esa gente mientras ella estaba sumida en una depresión horrible.
Hasta que se quedó embarazada de ti. Esa fue la señal para cortar con todo e intentar hacer una vida nueva.
—Pero no cambió nada —digo con amargura.
—¿Qué iba a hacer? Al poco de dar a luz tu madre murió, y yo nunca he podido salir de mis deudas para poder darte la vida que mereces. Nunca he podido escapar de todo eso, es mi penitencia por no haber sido capaz de ayudar a tu madre.
Me quedo en silencio, no le voy a dar una palmadita en la espalda. Pero son sus decisiones las que le llevaron a ser un ludópata y a mentirme y desplumarme una y otra vez. En el fondo me da lástima.
Ahora que está vulnerable y que parece que quiere hablar conmigo de todo aquello, decido hacerle una última pregunta antes de irme:
—¿Y sabes algo más del incendio del internado? ¿Sabes quién pudo provocarlo?
—Siempre dijeron que había sido un accidente, pero ya te digo que todos salieron ganando.
Sé que declararon al seguro que las obras de arte y las piezas de valor que robé de la capilla se habían destruido por el fuego.
El internado cobró una buena indemnización y encima los empresarios del patronato se adjudicaron los contratos para reconstruir todo el edificio.
—Ahora sabemos que no fue un accidente y que sobornaron al perito para taparlo. Estamos investigando para saber quién provocó ese incendio y por qué.
—En ese internado hay demasiada gente con poder. No te fíes de nadie y, por favor, ándate con mucho cuidado.
Me quedo mirándolo en silencio. Tengo la cabeza hecha un lío. Lanzo un billete sobre la mesa para pagar los cafés, nos despedimos y dejo a mi padre solo en la terraza.
Hay una duda horrible que me ronda mientras camino a toda prisa hacia el muelle para coger el último ferri de vuelta: mi padre también confirma que el bebé nació muerto.
¿Se me está yendo la olla con todo esto y veo cosas donde no las hay?
¿Hasta qué punto la adopción del Joyita pudo ser ilegal?
¿No es mucha casualidad que, en las mismas fechas que mi madre parió, alguien abandonara a un bebé en el internado?
No sé si me estoy obsesionando con esta idea, pero estoy convencida de llegar hasta el final.