Capítulo 36
Isaac se acerca al banco de trabajo del cura y baja el tono, hablando como quien quiere sacar información sin que nadie se moleste.
—Ángel, no estamos aquí para ponerle en un aprieto, pero quiero preguntarle algo más —dice Isaac—. Sabemos que, en aquella época, era normal que la Iglesia interviniera en trámites de adopciones. Solo queremos saber si tuvo algo que ver con la adopción del hijo de Valentina.
—No era nada raro, no —responde sin mucho ánimo—.
La Iglesia hacía de intermediaria en muchos casos de abandono o niños huérfanos por fallecimiento de sus padres.
Gestioné varias adopciones en la isla y en la ciudad.
Y efectivamente ayudé con los trámites para agilizar todo y que Valentina se ocupara de un niño abandonado.
—¿Y podría decirnos quiénes eran los padres biológicos del hijo de Valentina? —pregunto, esperando que se abra un poco.
Ángel niega con la cabeza enseguida.
—No puedo, y no es solo por confidencialidad. Lo de Valentina fue un abandono directo en la puerta del internado. No quedaron datos y se registró como una entrega anónima. Legalmente, el niño llegó sin nombre ni procedencia. No tengo papeles de la familia original.
—¿En serio espera que nos creamos que no sabe quién era la madre? —Doy un paso hacia él, perdiendo la paciencia—. Tú eras quien firmaba los papeles y quien sabía lo que pasaba allí. —Ya ni usted ni leches.
—En otros casos sí podíamos saber datos —dice Ángel, manteniéndose firme—, pero en este no. De todas formas, se debe proteger el anonimato de la madre para evitar problemas. Yo solo hacía de puente con las familias, nada más. Y en este caso, doy fe de que no quedó constancia de la madre biológica.
Qué conveniente todo… El diario de Clara no dejó ni una sola evidencia de que este tío moviera un dedo por ayudarlas, solo promesas de confesionario que se lleva el viento.
¿Y si las acusaciones de sor Marisa sobre los abusos eran reales y ahora se inventa el papel de salvador mártir para desviar la atención?
No me trago su redención de carpintero ermitaño. Sigo pensando que el Joyita es mi hermano hasta que un forense me demuestre lo contrario. Mi instinto no suele fallar con los mentirosos, me he criado con uno.
En cuanto Isaac y yo cruzamos la puerta de la redacción, Valentina nos sale al encuentro con cara de pocos amigos.
—A ver, vosotros dos —nos frena en mitad del pasillo—.
He hablado con el cuartel, por motivos que no vienen al caso, y resulta que me entero de que en el sur no hay ninguna trifulca de vecinos.
Habéis estado una hora y media perdiendo el tiempo fuera de la oficina.
¿Os pensáis que me chupo el dedo? Aquí se viene a trabajar. ¿Qué estabais haciendo fuera?
Evito mirar a Isaac. La trifulca nos la hemos inventado entera para poder ir a ver al carpintero, pero Valentina no lo sabe.
—Ya... Mi fuente me avisó de la movida, pero es que, cuando hemos llegado, los tíos ya se habían dispersado —se inventa Isaac sin pestañear—.
Pero nos quedamos hablando con el que presenció el asunto y luego estuvimos buscando al afectado para ver si iba a poner denuncia.
Nos ha costado localizarlo, por eso hemos tardado. Al final ha quedado en nada.
Parece que su respuesta le vale, pero después se gira hacia mí y me clava un dedo en el hombro.
—Novata, vas a dejar de salir tanto con Isaac.
El borrador del aniversario del incendio del internado tiene que estar listo ya y no me has entregado nada.
¿Así pretendes ser tú una supuesta periodista de investigación de éxito?
Lo quiero en mi mesa antes de que termine el día, que no nos queda nada para el 28 de febrero y ese espacio ya está reservado en la maqueta.
Me armo de valor. Es el momento de decírselo.
—Justo quería pedirte un favor. Necesito salir un par de horas antes hoy. Tengo un asunto familiar urgente en la ciudad y necesito coger el próximo ferri.
Valentina se pone tonta al instante.
—¡Lo que me faltaba! De eso nada, monada. Te has pasado días trabajando a tu ritmo por lo de la hospitalización de tu padre, vuelves de pasarte media mañana de paseo por la isla y ahora me pides marcharte antes. Aquí parece que la única que tiene compromiso con el periódico soy yo.
—He cumplido con todas mis horas; de hecho, llevo bastantes horas extra acumuladas, y los artículos de mañana están programados —replico, aguantándole la mirada.
Se lo piensa un segundo y me mira de arriba abajo masticando un chicle con la boca abierta, como siempre.
—Que conste que esto es una excepción. Vamos a hacer una cosa: me dejas encima de mi mesa lo que tengas del borrador del internado antes de cruzar esa puerta.
Además, te encargas tú sola de todas las publicaciones de redes sociales del sábado y del domingo.
Desde tu casa o desde el ferri, me da igual, pero el contenido de la web tiene que moverse todo el fin de semana.
—De acuerdo —digo sin pensarlo. Es injusto pero necesito salir pronto para hablar con mi padre y tener tiempo de volver en el último ferri de hoy.
Me siento en mi escritorio y me pongo a aporrear el teclado.
Copio el texto del año anterior, cambio cuatro adjetivos, adapto el formato y le dejo el panfleto publicitario en su mesa.
Me encantaría que ese artículo tuviera todos los detalles que hemos descubierto del perito, del cura, de los abusos de sor Marisa, de las mentiras sobre el incendio…
, pero me tengo que aguantar y hacer esta mierda.
Programo algunas publicaciones para el fin de semana, otras las haré desde casa, le paso el borrador de lo que tengo del internado y salgo corriendo hacia el puerto.