Capítulo 35
Me palpita el ojo derecho desde que me he despertado, es muy molesto. La ansiedad me ha pegado fuerte después de la movida de anoche con mi tía y mi padre. Estoy deseando encontrarme con Isaac para contarle todo e ir a ver al cura de una vez.
Llego a la redacción, me acerco a la mesa de recepción y Luna me hace una de sus señas para que me incline. Cómo le gusta el cotilleo a esta mujer…
—Estamos todos flipando —me susurra, clavando los ojos en la cristalera del despacho de Valentina—. Cuando he llegado a primera hora ya estaba ahí metida la Loca. Ni los buenos días, chica. No me ha dicho ni mu.
—¿Se sabe algo de lo de ayer? —le devuelvo el susurro.
—Pues sí, es alucinante. Marcos y Sebas dicen que está relacionado con algo de blanqueo de dinero. Y ella ahí dentro, tan pichi, como si ayer solo hubiera salido a comprar el pan. Es que tiene unos ovarios...
—Increíble —murmuro—. ¿De verdad va a hacer como si no hubiera pasado nada? Menuda jeta. Le da exactamente igual la imagen que da aquí en la oficina. No sé, una mínima explicación al menos para calmar las aguas… ¡Qué menos!
—Mónica, nos vamos —anuncia a mi espalda la voz de Isaac, que viene con dos cafés desde el office —. Tenemos que cubrir una trifulca en el sur de la isla, Valentina está informada. —Le guiña un ojo a Luna, parece que sabe lo de nuestras salidas de incógnito.
Las excusas para que salgamos juntos a campo de Isaac al final nos van a delatar y Valentina nos acabará pillando, ya verás.
Nos vamos de allí a paso ligero, subimos al coche de Isaac y enfilamos la carretera de la costa.
—Vaya tela lo de anoche con el incendio de la casa del perito —digo y le doy un sorbo al café.
—Lo suyo no fue un suicidio ni de coña —responde Isaac sin apartar los ojos de la carretera—.
Que hayan quemado la lonja y su piso justo ahora deja claro que a Juan lo quitaron de en medio y que están borrando pruebas.
Pero tengo buenas noticias: sé de primera mano que con esto la policía ha empezado a investigar en serio por fin lo de su muerte.
—¡Qué bueno! Necesitamos apoyo y que lleguen donde nosotros no estamos pudiendo acceder. A ver si el cura nos aclara algo…
—Pues, para empezar, ya no es cura —responde Isaac—.
El padre Ángel duró muy poco con la sotana.
Me costó horrores rastrearlo, porque un año después del incendio de 1998 decidió apostatar.
Al parecer lo mandó todo a la mierda, rompió sus lazos con la Iglesia y se borró del mapa.
Lo bueno es que hace unos años volvió a vivir a la isla.
Tiene una casa con terreno en una zona un poco aislada del sur y se gana la vida como carpintero.
—¿Y qué le vas a decir a Valentina de la trifulca que supuestamente vamos a cubrir? Es que ya canta que salgamos y luego sea una falsa alarma.
—Algo me inventaré, no te preocupes ahora por eso.
—Por cierto —digo cambiando de tema—, después de currar me voy a la ciudad a ver a mi padre.
—Bueno, me alegro de que vuestra relación esté mejor.
—No, no es eso… Ayer por la tarde, cuando hablé con mi tía y se destapó todo, resulta que salió a relucir que mi padre es el chico misterioso que sale en el diario.
Era el diario de Clara, no el de mi tía.
Le llamé para pedirle explicaciones, pero solo quiere hablar en persona.
Él tiene que saber mucho más de lo que pasó allí dentro.
Seguimos charlando y le cuento toda la historia de ayer, mientras el paisaje se vuelve más salvaje a medida que nos alejamos del pueblo.
Tras veinte minutos de trayecto, Isaac desvía el coche por un camino de tierra que muere frente a una pequeña casa de piedra baja muy bien cuidada. Al lado hay un cobertizo abierto del que escapa el siseo constante de una lijadora.
Nos bajamos del vehículo y nos acercamos al taller.
Dentro, un hombre de unos sesenta años, de hombros anchos y manos curtidas, trabaja ensimismado sobre un tablón de madera.
Lleva el pelo canoso recogido en una coleta pequeña y va vestido con unos vaqueros viejos y una camisa de franela cubierta de serrín.
Nadie diría que fue sacerdote hace casi treinta años.
—¿Ángel? —le llama Isaac, dando un par de pasos hacia el interior del cobertizo.
El hombre apaga la lijadora y nos mira limpiándose las manos en el pantalón.
—Soy Isaac, el periodista de El Faro . Hablamos ayer por teléfono. Ella es mi compañera Mónica. Venimos a hablar del internado de las Esclavas.
—No tengo mucho que decir de aquella época —dice—. Ya dejé claro hace muchos años que no quería saber nada de la Iglesia...
—Venimos por esto —le corto sacando del bolso las fotografías impresas de las páginas del diario—. Es el diario de Clara, la niña que murió en el incendio del 98.
El hombre mira indiferente los papeles que le tiendo y la fachada de tipo duro se empieza a relajar.
—¿Qué pasa con estas hojas? No sé qué tiene que ver esto conmigo.
—Ahí se ve que ella le contó lo que pasaba dentro de ese internado —le dice Isaac—.
Clara dejó por escrito que en el confesionario le enseñó los moratones y que confesó los castigos de sor Marisa.
Le habló de la chica adolescente que tenían escondida en el ala de las monjas y que estaba embarazada...
Y que, cuando dio a luz, tanto sor Marisa como usted presionaron a mi tía para que no dijera nada.
Ángel se apoya contra el banco de trabajo y pasa una mano temblorosa por su pelo canoso.
—A ver, yo era un don nadie en la isla...
—dice como justificándose—. Estaba casi recién salido del seminario.
Llegué allí lleno de idealismo y me encontré con un auténtico percal.
Cuando Clara me confesó todo intenté ayudarlas.
No entendía cómo las trataban así ni por qué ocultaban a aquella chica embarazada.
Les di mi palabra de que haría algo y quise usar mi posición para echarles una mano.
—Entonces, ¿por qué se calló? —le digo cabreada—. Si de verdad era tan bueno y quería salvarlas, ¿por qué permitió que la muerte de Clara quedara impune? ¿Por qué dejó que cerraran el caso como un accidente fortuito?
—¡Porque me silenciaron! —grita Ángel y golpea el banco de trabajo con el puño, haciendo saltar un puñado de virutas—.
¡No tenéis ni idea del poder que tenían en ese internado!
Yo intenté ayudar a las chicas. Hablé con sor Marisa en privado apelando a su humanidad, para hacerle ver que los castigos que imponían eran de otra época, que tenían que cambiar sus métodos.
Pero fue como hablar con una pared. Me amenazó con destruir mi reputación si metía las narices donde no debía.
—Ya estamos con la reputación… ¿Y la justicia qué? ¿Es que no tenía peso para usted? —digo.
—He pasado casi treinta años intentando sepultar esa fase de mi vida —continúa—. Sor Marisa insinuó que diría que tenía pruebas contra mí por abuso a menores y por haber dejado embarazada a una adolescente. ¿Sabes lo que hubiera significado eso para un cura como yo?
—Un chantaje en toda regla —dice Isaac.
—Hay algo más —le digo—. Mi madre era la chica embarazada que aparece mencionada en el diario, la que estuvo recluida. ¿Qué pasó con ese bebé? Necesito saberlo.
—Recuerdo perfectamente ese día. El bebé nació muerto la misma tarde del incendio.
Hubo complicaciones graves en el parto y las monjas, por miedo a que se descubriera que tenían a una menor embarazada del hijo de la cocinera, ni siquiera se atrevieron a llevarla al hospital: se les murió en las manos.
Me quedo petrificada en mitad del taller. Él también confirma la dichosa historia.
—Sor Marisa acudió a mí esa misma tarde buscando apoyo, completamente desquiciada. Se sentía culpable y estaba convencida de que yo tenía que darle la sagrada unción para librar al alma de la criatura de todo pecado y que pudiera descansar en paz. Y se la di.
—Entonces, ¿dónde está el bebé? —consigo articular—. Si no hay registros de nacimiento ni de defunción, ¿dónde lo enterraron? ¿Qué hicieron con el cuerpo?
—Está enterrado con Clara. No podía permitir que lo desecharan en cualquier fosa común, lo mínimo era que tuviera un ataúd donde descansar en paz.
Aprovechamos el funeral de Clara tras el incendio para meter el cuerpo del bebé con ella.
Sabíamos que era un funeral con ataúd cerrado y que nadie iba a reclamar ver el cuerpo, siendo una muerte violenta de una niña sin familia.
Miro a Isaac por el rabillo del ojo. Si Ángel dice la verdad y conseguimos que testifique en comisaría, quizás puedan exhumar el cadáver de Clara y confirmar si hay restos de un recién nacido en esa tumba. Eso zanjaría la historia de golpe. El problema es que no me fío de Ángel, e Isaac lo sabe.