Capítulo 34
Después de quince minutos esperando noticias de Isaac, el teléfono empieza a vibrar con tanta fuerza en mi mano que por poco se me escurre. Lo cojo antes de que termine el primer tono.
—¡Isaac! ¿Qué ha pasado?
—¡Joder, lo siento! —me interrumpe él, con la voz entrecortada—. Me he quedado sin batería justo cuando estaba llegando a cubrir el suceso. Una chica me acaba de dejar un cargador portátil y he podido revivir el móvil ahora mismo.
—¿Pero dónde estás?
—En la casa de Juan, el perito. Está ardiendo.
Se me corta la respiración de golpe.
—¿Qué? ¿Cómo que ardiendo?
—La lonja inferior del edificio se está quemando y el fuego ya ha llegado a su piso.
Te digo yo que alguien está tapando pruebas a la desesperada justo ahora que se está investigando su supuesto suicidio.
Lo quitaron de en medio y ahora queman su casa para borrar cualquier rastro.
¿Es que nadie va a investigar nada en esta isla? ¡Qué impotencia, de verdad!
—Quizás con esto la policía deje de mirar hacia otro lado y empiecen a tomárselo en serio de una vez —digo.
A través del auricular, el sonido de una sirena lejana se vuelve cada vez más nítido, casi ensordecedor, tapando su voz. Isaac toma una bocanada de aire antes de continuar:
—Me tengo que mover, están acordonando la calle. Escúchame, en realidad quería hablar contigo por otra cosa: por fin he dado con el cura. Mañana a primera hora podemos ir a hacerle una visita. Quedamos en la redacción temprano, ¿vale?
Me despido a toda prisa y la línea se corta.
Está empezando a llover así que vuelvo al salón con mi tía.
Sé que es el momento de la siguiente llamada tensa: tengo que hablar con mi padre.
Busco su número en la agenda y, antes de que el miedo a sus mentiras me haga echarme atrás, pulso el botón de llamar.
Da un tono. Dos. Tres. El silencio que hay instalado en el salón hace que casi pueda escuchar mis propios latidos. Al cuarto tono, me coge por fin.
—¿Mónica? —Su voz me llega cansada—. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?
—No, papá, no estoy bien —le increpo—. Sé lo de mamá y el bebé que tuvo antes que a mí.
Quiero que me lo expliques todo. Y no te atrevas a venirme con excusas.
¿Tienes algo que ver con el incendio del internado?
¿Lo quemaste tú para sacar a mi madre de ahí o algo así?
No sé por qué nunca me has contado nada de esto.
Aguanto la respiración, esperando a ver qué milonga me cuenta. Esta vez no tiene margen para improvisar otra de sus mentiras. Solo me llega el sonido rítmico y acelerado de su respiración. Está asustado.
—¿De qué estás hablando? —intenta disimular, pero le noto a la legua que sabe perfectamente de lo que hablo—. ¿Qué tonterías te ha metido tu tía en la cabeza?
—¡No te atrevas a poner a mi tía de mentirosa! —le grito, incapaz de contener la furia más tiempo, mientras doy un paso hacia el ventanal del salón—. Tengo pruebas. Sé perfectamente que dejaste embarazada a mamá cuando estaba en el internado. Quiero respuestas y las quiero ya.
—¡Cállate, por lo que más quieras! —me corta él en un susurro desesperado—. No hables de eso. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo ni de la clase de gente que está involucrada.
—Pues ven aquí y cuéntamelo tú —le exijo, tragándome las lágrimas de rabia—. Coge el primer ferri de la mañana, te vienes a la isla y me das todas las explicaciones que me debes.
—Ni hablar. No pienso volver a pisar esa isla.
Jamás. Antes muerto —sentencia con una firmeza cortante que me deja impactada—.
Escúchame bien: no te voy a contar ni una sola palabra de esta historia por teléfono, es peligroso.
Si de verdad quieres respuestas vas a tener que venir tú a la ciudad.
Quedamos en persona, en un sitio público donde estemos seguros.
Pero por aquí olvídate. No insistas, en serio.
Se corta la llamada. Y tiene los santos huevos de colgarme.
Esto es increíble. Me quedo mirando la pantalla con una impotencia que me asfixia.
Levanto la vista y me encuentro con mi tía, que sigue dando vueltas por la habitación con las manos entrelazadas, esperando alguna noticia de la conversación.
Tengo demasiados frentes abiertos y una noche eterna por delante. Mañana a primera hora nos espera una charlita con el antiguo cura del internado. Después, tendré que viajar a la ciudad para obligar a mi padre a escupir la verdad.