Capítulo 33
—Es lo que trato de explicarte —dice mi tía al fin mientras se seca las lágrimas—. ¿Sabes lo mal que me siento por no haber hecho nada por Clara?
Me mira con los ojos rojos y se suena la nariz. No sé cómo ha podido guardar esto para ella sola durante tantos años.
—Aquella noche, estando con Clara en la capilla, vino el padre Ángel a buscarme —continúa—.
Me dijo que mi hermana se había puesto de parto y que la cosa se había complicado mucho.
Que había salido mal, el bebé no había sobrevivido y ella quería estar conmigo en ese momento tan difícil.
Así que me permitieron estar con ella, porque yo era su única familia.
Por eso sé que el bebé murió. Y por eso, cuando empezó el incendio, yo ya no estaba en la capilla con Clara.
—¿Pero por qué después de todo aquello no le dijiste a la policía que Clara estaba castigada y que no estaba allí por voluntad propia?
¿Por qué no contaste que retenían a tu hermana estando embarazada?
Al menos así sor Marisa no habría salido impune de todo.
Isaac y yo estamos investigando: sabemos que el incendio fue intencionado.
Quizás si hubieses dicho algo, la investigación habría dado con el que lo provocó —le pregunto.
—Yo era una cría, Mónica. No me hagas sentir más culpable de lo que ya me he sentido desde entonces. ¡Que solo tenía doce años, por Dios! Y me presionaron para que no hablara, tanto sor Marisa, como le cura y tu hermana. Ella misma no quería que se supiera nada en la isla, no quería habladurías.
—No quería culparte, lo siento. Solo quiero entenderlo. Alguien provocó ese incendio y desde el internado se tapó todo.
—Sor Marisa y el padre Ángel insistieron en que, si decíamos algo de esa noche, se mancharía el nombre del internado por un incendio que había sido solo un fatídico accidente.
Y si se sabía que habían ocultado a una menor embarazada del hijo de la cocinera ni te cuento…
Me dijeron que, si contaba algo del castigo o de mi hermana, dirían que era una historia inventada por una niña con mucha imaginación.
Tu madre ya estaba sumida en una depresión horrible, que empeoró tras perder al bebé...
Y yo me acobardé, tuve miedo, pero me quedé con el diario como prueba por si en algún momento tenía el valor suficiente de contarlo todo.
—Quizás sor Marisa sabía quién había causado el incendio y buscó la disculpa tonta de que Clara estaba en la capilla por voluntad propia para que no hablaran contigo ni hurgaran más.
Estoy segura de que esa noche pasó algo más, solo que todavía Isaac y yo no hemos dado ni con quién ni por qué quemaron la capilla. ¿Tú crees que papá sabe algo más?
—Si sabía algo él es el que debió ir a la policía a contarlo todo.
Dejó embarazada a tu madre siendo una cría, tenía que haber movido cielo y tierra por su pareja y su bebé.
Ese niño debió tener un entierro justo. Pero ¿sabes qué pasa?
Que tu padre era un muerto de hambre, como lo ha sido siempre y lo es ahora.
Ya por aquel entonces trapicheaba con drogas y se juntaba con gente chunga.
Y nunca ha dejado de hacerlo. Seguro que nunca ha abierto la boca porque él mismo tiene mucho que ocultar.
Saco el móvil del bolsillo del abrigo con las manos temblorosas con una necesidad imperiosa de respuestas.
Tengo que hablar con mi padre. Si él sabe algo más tengo que llamarle y obligarle a escupir cada secreto que se ha guardado durante tanto tiempo, aunque sea lo último que haga.
Ahora mismo puede ser la clave para destapar si el Joyita es su hijo, y si desde el internado lo robaron y lo dieron en adopción ilegal.
Puede que esto sea mucho más serio de lo que pensamos.
Al desbloquear la pantalla, el impulso de marcar el número de mi padre se frena en seco. Veo varias llamadas perdidas de Isaac. ¡Mierda! He debido de dejarme el móvil en silencio con todo este jaleo. Seguramente querrá saber si ya he hablado con mi tía, está siendo demasiado insistente.
Necesito aire. Dejo atrás el salón, salgo al jardín y le devuelvo la llamada de inmediato. No llega a dar ni el segundo tono.
—Ya he hablado con mi tía y me lo ha aclarado todo. Te tengo que contar un montón de cosas.
—No te llamo por eso —me interrumpe él. Su voz suena entrecortada por el ruido del coche y las ráfagas de viento—. Estoy yendo a cubrir una nueva noticia. Vas a flipar, de verdad. Es que lo de esta isla es increíble.
La llamada se corta abruptamente. Me quedo con el corazón desbocado tratando de llamarle de nuevo sin éxito. ¡Mierda!
El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura.