Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Lo sabe. Mi tía sabe que he leído el diario. ¿Y ahora qué le digo? Estoy en blanco, esto me supera, no sé cómo gestionarlo.

—Tenemos que hablar de esto —me dice mostrando el diario.

—¿Es el diario de mamá? Si estaba en blanco —digo, intentando sostener una fachada de inocencia que se desmorona a los pocos segundos.

—No hace falta que te hagas la tonta, sé que lo has leído —dice con una voz extrañamente calmada que me eriza la piel.

Da un leve toque con los dedos sobre la cubierta antes de continuar—.

Estaba en la oficina y me ha dado por revisar las grabaciones de la nueva cámara de seguridad del salón.

Quería comprobar qué tal funcionaba la aplicación y si se veía bien.

Y ahí has aparecido. Se ve perfectamente cómo lo sacas del fondo del cajón cuando Kiwi lo abrió.

Me quedo petrificada en mitad del salón, incapaz de articular palabra. Mierda… Se me había olvidado por completo que tenemos las nuevas cámaras de vigilancia dentro y fuera de casa. El juego de las mentiras se ha terminado.

Mi tía deja escapar un largo suspiro y la rigidez de sus hombros se ablanda ligeramente.

—Debería habértelo contado hace mucho tiempo —admite, apartando por fin los ojos del cuaderno para mirarme de frente—, pero no quería meterte en medio de todo este fregado.

Solo intentaba protegerte. Es algo que tengo enterrado desde hace casi treinta años y lo último que deseaba era que saliera a la luz ahora.

Pero bueno, ha llegado el momento de que te lo cuente.

Al escucharla, noto cómo una oleada de alivio y nervios me recorre el cuerpo. Mi tía quiere hablar, quiere contármelo todo. Doy un par de pasos hacia ella y me siento en el borde del sofá.

—Si tanto te asustaba que tu diario saliera a la luz, ¿por qué lo guardabas? —le pregunto en un hilo de voz.

Mi tía esboza una sonrisa amarga y niega despacio con la cabeza.

—No, no te equivoques. Este diario no es mío. Era de Clara, mi mejor amiga del internado. Sabía dónde lo escondía y lo rescaté para guardarlo cuando murió.

—¿Pero por qué no contaste la verdad? ¿A quién intentas proteger?

—Es la única prueba que quedó tras el incendio. Me obligaron a guardar silencio y esto es lo único que me quedé, por si en algún momento me atrevía a hablar. Pero no me atreví por miedo a las represalias.

—No entiendo nada…

—Tu madre es la chica embarazada que se menciona en el diario.

—¿Pero qué dices? ¿Tengo un hermano que no conozco?

—Exacto, tuvo un hijo siendo adolescente y en el internado quisieron ocultar su embarazo.

Tu padre era el hijo de una de las cocineras, y si salía a la luz que una alumna se veía a escondidas con un chico dentro del recinto y que la había dejado embarazada, habría sido un escándalo.

Habría dañado la reputación del centro siendo un sitio de élite.

—¿Y quién es mi hermano? ¿Dónde vive? ¡Dios, necesito saberlo todo!

—Por desgracia, hasta donde yo sé, el bebé murió en el parto. Fue algo que marcó a tu madre, un motivo más para empeorar su salud mental.

Miro fijamente a mi tía por si encuentro un rastro de engaño en sus ojos.

—No —suelto de golpe—. No, tía. Creo que te equivocabas. O te mintieron.

Mi tía arruga el entrecejo, desconcertada.

—¿De qué hablas? Yo estuve allí, sé lo que pasó...

—Vengo de la redacción —la corto—. Isaac y yo hemos estado revisando los listados del registro civil de la isla y no aparece ningún nacimiento con los apellidos de mamá. Bueno, ni los de mamá ni los de ninguna alumna.

—Claro, no aparece nada porque seguramente las monjas lo ocultaron. Así, como si ese bebé nunca hubiera existido.

—Pero ¿sabes qué es lo que sí hay registrado solo unos días después del incendio?

El nacimiento de un niño. El famoso Joyita, el hijo de Valentina.

Nació y fue adoptado sospechosamente después de que el internado ardiera.

¿No es mucha casualidad? Quizás el bebé de mamá no murió en el parto.

Además, ellas se conocían por la extraescolar de la gaceta.

—No puede ser... —susurra, con la voz rota—. Hubo complicaciones en el parto y no sobrevivió. Y el padre Ángel... Él me dijo que...

—Está claro por el diario que el cura lo sabía todo. Isaac está moviendo los hilos para encontrarle y que largue de una vez toda la verdad.

—No lo entiendes —me interrumpe mi tía, hundiéndose por completo en la butaca mientras las lágrimas empiezan a desbordarse de sus ojos—. El padre Ángel iba a ayudar a tu madre. Semanas antes del incendio, le prometió a Clara que buscaría la manera de sacar a tu madre de allí, pero pasó lo que pasó.

—Yo estoy convencida de que ese bebé no murió —le digo, con una seguridad que ni yo sabía que tenía—. Y voy a demostrarlo.

Es que no me creo nada. Les mintieron a todos y nadie se lo cuestionó.

Demasiada casualidad que el Joyita fuera adoptado justo en esa época.

Necesito respuestas: registros de su familia biológica, prueba de ADN, lo que sea.

Voy a remover cielo y tierra hasta destapar el pastel.

Pero, antes de ir a por eso, necesito quitarme una gran duda de encima de una vez.

—Tía, tengo que preguntarte algo. Es que hay una cosa que no me cuadra. Si estabas castigada con Clara en la capilla, ¿cómo te libraste tú del incendio?

Mi tía se pone a sollozar y no responde. La miro y, durante un segundo, se me pasa por la cabeza algo que me da miedo hasta pensar: ¿y si ella tuvo algo que ver?