Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

¿Pero qué habrá hecho Valentina? Subimos las escaleras de la redacción a toda prisa, ansiosos por enterarnos de qué está pasando.

Al empujar la puerta de la oficina, nos topamos con un corrillo de compañeros que hablan a susurros alrededor del escritorio de Luna. Nos acercamos rápido para saber qué se cuece.

—¿Qué nos hemos perdido? —le susurra Isaac a Luna, pegándose a ella—. Nos acabamos de cruzar abajo con Valentina esposada subiendo a un coche patrulla.

Luna se inclina hacia nosotros con los ojos como platos:

—Es flipante. No nos han dicho nada. Han entrado directos a su despacho con una orden judicial y se la han llevado en volandas.

Pero la cosa debe ser gordísima, porque Rober y la hermana de Valentina no han venido por la oficina.

Igual también se los han llevado. A saber en qué líos andan metidos sabiendo los problemas de su hijo con las drogas…

—Puede que el karma esté haciendo su trabajo —le digo a Isaac al oído, tirándole de la manga—. Vamos, tenemos que revisar esos registros ya.

Nos escabullimos hacia el office sin levantar sospechas, aprovechando que la atención de toda la plantilla sigue con el chisme de la entrada.

Isaac saca el móvil del bolsillo con las fotos que le acabamos de hacer al tomo del registro civil y abre la aplicación de inteligencia artificial para pedirle que nos cruce los datos con los listados de alumnas que tenemos del internado.

Necesitamos ver si hay algún nacimiento rondando las fechas del diario con los apellidos de alguna de las alumnas del internado.

La aplicación se queda pensando durante unos segundos, que se me hacen eternos.

—Pues aquí tienes el primer misterio —dice Isaac, frunciendo el ceño—. En estos listados del registro civil no consta ningún nacimiento con los apellidos de ninguna de las alumnas de aquella época. Ninguno. Es imposible si la chica estaba a punto de parir, tal y como decía la entrada del diario.

Me quedo mirando las notas reflejadas en la pantalla, frustrada.

—¿Y si murió en el parto? —aventuro, buscando una explicación lógica.

—Si fuera el caso, también debería aparecer el registro de nacimiento y defunción.

—A no ser que lo taparan para que no se supiera ni que existió ese bebé, claro. También es posible que tuviera el bebé, las monjas no le permitieran quedarse con él siendo menor y lo dieran en adopción. Mira si hay registros de nacimientos en esas fechas con cualquier apellido.

—¡Bingo! —dice Isaac. Su tono de voz cambia por completo mientras me muestra la pantalla del teléfono—. Hay un nacimiento registrado solo unos días después del incendio. ¿Y sabes quién es? El Joyita, el hijo de Valentina y Rober.

—¡Ostras! ¿No es mucha casualidad? Luna dijo que era adoptado —susurro, horrorizada, uniendo los puntos en mi cabeza—. ¿Y si el incendio fue una distracción para sacar al bebé del internado? Quizás a Clara se la quitaron de en medio porque sabía demasiado.

—A ver… No podemos sacar conclusiones precipitadas —me frena Isaac, recuperando la cordura profesional—.

Tenemos que averiguar más sobre la adopción que tramitaron Valentina y Rober.

Solo así confirmaremos o descartaremos si podría estar relacionado con la alumna embarazada del internado. Hay que ir con pies de plomo.

—Hay que encontrar al cura y ver qué nos cuenta —digo.

—Sí, voy a tratar de dar con él, déjamelo a mí —asiente Isaac, guardándose el móvil—.

Pero en serio, Mónica, el diario está en casa de tu tía.

Lo suyo es que hables con ella de una vez.

Si estuvo allí metida y guarda ese diario en un doble fondo, es precisamente la más indicada para romper el silencio y decirnos qué pasó de verdad la noche del incendio.

—Ya, es que... me agobia bastante todo esto.

Mi tía ha sido mi único apoyo desde siempre y encima me deja vivir con ella en la isla para que pueda terminar el máster.

Pensar que me oculta algo, o que me ha estado mintiendo a la cara, me revuelve el estómago.

Si no puedo confiar en ella, no sé en quién puedo hacerlo.

¿Y si tuvo algo que ver con lo que le pasó a Clara? Me da miedo solo de pensarlo.

Isaac da un paso hacia mí y me pone una mano en el hombro, obligándome a mirarlo. Su tono es firme, pero compasivo.

—Sé que es duro —me dice Isaac—, pero si no la presionas para que te cuente la verdad, ahora que estamos metidos en este fregado hasta las trancas, ese secreto se va a quedar enterrado para siempre. ¡Coño, y si tuvo algo que ver, tendrá que hacerse justicia!

Me aparto de golpe, rompiendo el contacto físico, y me pego a la encimera del office . El tono de su voz, tan jodidamente racional y directo, empieza a ponerme de los nervios. Él solo ve titulares y yo veo a mi propia familia desmoronándose. Pero el tío sigue insistiendo:

—Piénsalo. Quizás ella es la única que puede reabrir el caso para que se investigue de una vez por todas.

Ese diario es la única prueba de que podemos seguir hasta la fecha.

Es lo único que nos queda para demostrar que lo de Clara fue una imprudencia del internado.

Además, sabemos que el fuego fue intencionado y lo han querido ocultar.

Sor Marisa sabe más de lo que dijo en su día, y con todas las pruebas que estamos recopilando podrán reabrir el caso y meter presión para descubrir la verdad. Hay que ir a por todas.

—¡Que ya lo sé! ¡No hace falta que me lo repitas como si fuera gilipollas! —le espeto, incapaz de contener la rabia más tiempo.

Mi propio grito resuena contra los azulejos de la estancia. Me obligo a bajar la voz, conteniendo la respiración por si alguien nos ha oído desde el pasillo. Le clavo una mirada fulminante a Isaac, con los dientes apretados y el pulso desbocado.

—Sé perfectamente lo que nos jugamos, pero no eres tú el que tiene que ir a sentarse a la mesa con una mujer que te ha criado y llamarla mentirosa a la cara. Así que rebaja un poco, porque me estás agobiando un montón.

Isaac da un paso atrás, sorprendido por el hachazo, y levanta las manos en señal de tregua. Se queda mirándome en silencio un segundo, asimilando el golpe, y la dureza de su expresión se ablanda por completo.

—Lo siento —dice, de corazón, bajando los brazos—.

De verdad, perdóname. Tienes toda la razón del mundo, no me he puesto en tu lugar.

A veces me pierden las ganas de que se haga justicia de una puñetera vez en esta isla y me obsesiono con sacar la verdad, pero me he olvidado de que es tu familia la que está en medio de esta movida. No he debido presionarte así.

Su disculpa me hace reaccionar. Supongo que no estoy acostumbrada a que nadie se disculpe conmigo cuando exploto y me pongo a la defensiva.

Me froto las sienes, sintiendo que la rabia se evapora y da paso a un cansancio enorme.

Miro a Isaac a los ojos, sintiéndome fatal por haberle saltado a la yugular.

—No, perdóname tú a mí por haberte gritado —le digo, suavizando el tono—.

No tienes la culpa de mis nervios. Te has portado genial conmigo y has sido el mejor compañero y mentor que podría haber tenido desde el primer día que pisé esta redacción.

No te mereces que pague todo esto contigo.

Además, en el fondo sé que tienes razón.

—Perdonada estás, has dicho lo que tenías que decir. Si es que sé que soy muy insistente a veces. Tú párame los pies si me paso de la raya, que a veces no me doy ni cuenta.

Me apoyo en la encimera, respirando hondo, y me rindo.

—Voy a hacerlo. Tengo que enfrentarme a ella de una vez por todas y conseguir que me dé todas las explicaciones que haga falta. No puedo volver con mi tía y seguir actuando como si nada con ella.

Cuando por fin llego a casa, tras haber terminado la jornada en la redacción escribiendo y publicando en redes sociales como un robot y con la cabeza puesta únicamente en la conversación que tengo por delante, noto un silencio nada más empujar la puerta principal.

Esta vez no suena Lady Gaga de fondo, no hay rastro de la vitalidad que irradia mi tía siempre.

Camino hacia el salón con los puños apretados en los bolsillos del abrigo, ensayando mentalmente cómo voy a abordar la conversación.

Me quedo paralizada en cuanto doy el primer paso hacia el interior. Mi tía está sentada en la butaca de mimbre, junto a la ventana. Ni siquiera se gira a mirarme al oír mi llegada. Permanece inmóvil en mitad de la penumbra del atardecer, esperándome con la vista fija en su propio regazo.

Tiene el diario de 1998 abierto entre las manos.