Capítulo 30
—He encontrado algo muy gordo —le susurro, inclinándome sobre el escritorio de Isaac—, pero no podemos hablar de eso aquí. Tenemos que salir.
Capta la urgencia en mi mirada al instante. Se levanta, se pone la chaqueta y camina con paso decidido hacia el despacho de la jefa.
—Valentina, nos vamos a investigar un caso nuevo —dice él con una seguridad pasmosa, lanzando una mentira que suena a verdad absoluta—. Tenemos un hilo del que tirar, una pista que nos ha llegado esta mañana y no puede esperar.
La jefa está al teléfono y agita la mano como de costumbre para que nos larguemos, estará demasiado ocupada como para hacernos preguntas.
Salimos de allí a paso rápido y nos refugiamos en la terraza cubierta de una cafetería modernilla que hay cerca del faro.
En esta época del año el local está desierto, lejos de las miradas de los turistas y de los chismorreos de la gente de la isla.
En cuanto nos sentamos en una mesa apartada, Isaac me mira fijamente.
—Suéltalo —me dice—, que me tienes con el corazón en un puño. ¿Qué has descubierto?
—He encontrado un diario del 98 escondido en la casa de mi tía que tiene información importante para el caso del incendio.
—¿Y de quién es? ¿De tu tía?
—Pues esa es una de mis dudas. No lo sé. Se supone que la niña que lo escribió o era Clara o una amiga de ella. Porque se ve en una entrada del día del incendio que estaba castigada en la capilla.
—Qué fuerte… ¿Lo tienes aquí?
—No, no. Anoche hice fotos a todas las hojas que pude y lo volví a guardar —le digo mientras le paso mi móvil con las fotos en la pantalla—. A ver, mi tía no sabe que lo he encontrado y de momento no le voy a decir nada hasta no confirmar detalles.
—¡Madre mía, qué bombazo! Lo siento por lo que te toca, pero esto es oro puro. ¿De verdad no podemos hablar con ella?
—Ni de coña. No quiero dudar ni desconfiar de ella, pero es que no sé por qué lo tenía escondido.
Isaac se queda en silencio, procesando la magnitud de lo que acabo de mostrarle mientras el sonido de las olas rompe contra el espigón.
—Esto es una prueba del delito —dice mientras analiza las imágenes—.
Demuestra que sor Marisa sí castigó a una de las alumnas en la capilla.
Pero, claro, la otra fue a rezar de manera voluntaria.
Si el diario era de Clara, hubo una negligencia por su parte al no vigilar a la niña y mentir para ocultar que hubo un castigo.
De haber estado vigilada, quizás se habría salvado.
Además, tenían a una menor embarazada encerrada que daría a luz sobre esa fecha, eso también era algo que estaban tapando. No sé si puede estar todo relacionado.
—¿Crees que podemos encontrar a ese cura? Igual nos saca de dudas. Como la niña le pasó la foto de la embarazada para ayudarla, puede que sepa más de lo que aparece en ese diario.
—Se me ocurre algo que podemos hacer ahora mismo —dice Isaac, recuperando el tono profesional—.
Si dio a luz sobre esas fechas, podemos ir al registro civil y pedir los certificados oficiales de nacimiento de la isla de esos meses.
Veremos si podemos dar con algún nacimiento relacionado con alguna alumna del internado.
—Pero a ver… Según tengo entendido, los libros de familia no son un catálogo público que cualquiera pueda hojear por puro cotilleo.
—Vamos allí y vas a ver cómo trabaja un profesional. Esto no te lo enseñan en el máster. Después el siguiente paso será el cura.
El registro civil de Isla Ballena está en el mismo edificio del ayuntamiento, aunque en una planta asignada al juzgado. Por suerte no me cruzo con mi tía al llegar, cosa que agradezco porque ahora mismo no sabría ni qué cara poner.
Tras un mostrador de roble desgastado, un hombre de unos cincuenta años pelea con una montaña de expedientes.
—Ese es Santi —me susurra Isaac mientras cruzamos el umbral—. Es buen tío, pero se toma las normas muy en serio. Por suerte, me debe una de las grandes.
Isaac se apoya en el mostrador con confianza hasta que Santi levanta la vista, algo molesto por la interrupción. En cuanto reconoce a Isaac, su expresión cambia por completo. Se le ilumina la cara y abandona los papeles.
—¡Isaac! ¡Qué bueno verte! —dice estrechándole la mano con fuerza sobre el mostrador—. No te veo desde aquel reportaje que le hiciste a mi marido.
—¿Qué tal va su tienda de cerámica? —pregunta Isaac con interés.
—Hombre, aquello fue un milagro. Antes de que sacaras el artículo sobre el asunto del vandalismo, estaba a punto de cerrar el chiringuito; pero, después de tu artículo, todo el pueblo se volcó con nosotros y no han parado de entrar clientes.
Hasta vienen turistas con el recorte del periódico impreso.
Isaac suelta una carcajada modesta y le resta importancia con un gesto.
—Me alegro un montón. Tu marido se lo merece, tiene unas manos de oro. Me alegra ver cómo han cambiado las cosas por aquí. Menos mal que la gente de la isla va abriendo un poquito la mente y que esa homofobia casposa de antes ya se ve mucho menos.
—Bueno, ya era hora de que algunos se dieran cuenta de que estamos en el siglo XXI. Te debemos una cena todavía, te lo digo de verdad.
—De hecho, ahora que lo mencionas, necesito un favorcito rápido. Un tema para el suplemento del aniversario del internado. Ya sabes lo importante que es para el periódico.
El hombre se pone serio de repente, mirando de reojo hacia la puerta del despacho del fondo, donde el jefe vigila de lejos.
—Dime. Si está en mi mano...
—Necesito echarle un ojo al registro de los 80 y 90. —Isaac baja la voz y se inclina sobre la madera—. Solo quiero contrastar unos nombres de las alumnas para que no se me quede ninguna fuera del homenaje.
—Bueno, lo que me pides no está en mi mano.
Entiende que esto no es una biblioteca pública.
No te puedo mostrar el libro y pasarte un listado.
Esto requiere de un trámite y un proceso.
Tendríamos que ir cada registro uno por uno, con una justificación concreta para cada consulta y el formulario de solicitud individual de cada nombre debidamente rellenado.
—Igual no me he explicado bien. No necesito que me hagas copias ni trámites oficiales ni nada de eso, solo ojear el libro cinco minutos en aquel rincón del fondo. Yo mismo tomo nota y no te quito tiempo de tu trabajo.
Santi duda. Se ajusta las gafas y mira de nuevo hacia el despacho de su superior.
—Sabes que esto es un lío si me pillan, Isaac. Me pueden poner una falta grave. Y el jefe está hoy de un humor de perros.
—Nadie se va a enterar, te lo prometo. Entramos, miramos y salimos. Te doy mi palabra de que los documentos no se mueven de la sala. Es por una buena causa, por el prestigio del internado.
Santi suspira y claudica. Saca una llave de su cajón y señala hacia una de las estanterías metálicas que quedan ocultas tras un tabique al final del pasillo.
—Tenéis cinco minutos —susurra, deslizándonos el pesado tomo de lomo verde—. Y si oís que la puerta del jefe se abre, cerráis el libro y os vais echando leches.
Isaac me dedica un guiño rápido y agarra el libro de 1998. Este tío es un grande. Tiene a Santi comiendo de su mano y ni siquiera se ha despeinado. Caminamos hacia la penumbra del fondo y sacamos fotos de manera discreta de todo. Misión cumplida.
Al salir del registro, el aire frío de la calle me ayuda a bajar un poco las pulsaciones.
Según avanzamos camino a la redacción, vamos ensayando la excusa sobre el caso nuevo por el que hemos salido.
Le diremos que ha sido un chivatazo que no nos ha llevado a nada en claro y nos han hecho perder el tiempo.
Pero, al doblar la esquina, nos frenamos en seco. Un coche de la Guardia Civil bloquea la entrada del periódico El Faro . Los rotativos azules rebotan en los adoquines mojados, transformando nuestra calle en el escenario de una película de serie negra. ¿Qué coño ha pasado?
La puerta de madera del edificio se abre de golpe.
Dos agentes escoltan a Valentina hacia el vehículo.
Lleva las manos esposadas por delante. Pero lo que más me impresiona es su actitud; está completamente muda, ni una protesta, ni un grito pidiendo llamar a su abogado, ni un insulto a los agentes…
Es raro. Camina sumisa y relajada, como si no estuviera pasando nada, o como si llevara años esperando este momento.
Se deja conducir al asiento trasero del coche patrulla sin oponer la más mínima resistencia.