Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Me voy de la redacción y cojo un bus para volver a casa de mi tía.

Con la tormenta que está cayendo no me puedo permitir el lujo de ir andando, cosa que me vendría genial para aliviar un poco la mala leche que tengo todavía.

En mi cabeza recreo la conversación con Valentina, pero con todo lo que le diría en vez de quedarme callada; solo que eso no me alivia, me enfurece todavía más.

Llego agotada y mi tía no está. Me ha dejado una nota: ha ido al supermercado a hacer unos recados.

Aprovecho el silencio para avanzar con el trabajo del máster.

Me preparo un té, me instalo en la mesa del salón con mi portátil y trato de concentrarme en el documento que tengo delante, pero Kiwi no me deja.

El gato está insoportable. Se sube en el teclado y se tumba como si fuera su cama. Ya me ha borrado dos veces lo que tengo escrito. Como no le hago caso, le ha dado por rascar el sofá para que me levante y le dé algo de comer. Así que voy a la cocina y saco un poco de pavo, es como droga para él.

Cuando parece que se ha calmado un poco y puedo seguir con el trabajo, le da por meter la pata con una insistencia maníaca por la rendija de un cajón del mueble de manualidades de mi tía, el que está casi a ras de suelo.

—¿Qué te pasa ahora, bicho? —le grito, pero él sigue ahí, tumbado de lado y estirando el brazo para sacar el cajón con las uñas.

Consigue abrirlo del todo, saca unos pompones de colores y se lía a darles zarpazos por toda la habitación mientras yo me acerco para cerrar el mueble.

Pero el cajón se atasca a mitad de camino.

Vuelvo a tirar de él hacia atrás e intento empujarlo de nuevo con fuerza, pero nada.

Este cajón está hasta arriba de cosas y hay algo al fondo que hace de tope y bloquea las guías de madera.

Al ver que no hay forma de cerrarlo, agarro el cajón con las dos manos, tiro firmemente de él hasta sacarlo de los rieles y lo dejo a un lado. El espacio interior parece vacío a simple vista. Me agacho del todo, pego la mejilla al suelo y meto la mano a ciegas en el espacio que queda al fondo.

Mis dedos tropiezan con algo. Ahí, escondido a presión y envuelto en un trapo de algodón viejo, hay algo rectangular. Lo saco y retiro la tela para ver lo que es.

Es el diario. El del estampado de las flores.

No entiendo nada. ¿Por qué lo ha escondido aquí?

Además, veo que tiene la cerradura rota.

Nada tiene sentido, si teníamos la llave.

Lo abro con manos temblorosas y veo que este diario no está en blanco, las páginas están llenas de arriba abajo con una letra apretada y redonda.

¿Será el diario de mi tía? A todas las niñas les regalaban uno igual por su cumpleaños, eso me dijo. Pero ¿por qué lo tenía aquí escondido?

De repente, escucho el motor de un coche entrando en el camino de casa.

Sé que no tengo tiempo para leer el contenido.

Una parte de mí me grita que me detenga, que esto es una invasión de su intimidad, que mi tía es la única persona que ha estado siempre ahí para mí y que leer sus secretos es traicionar su confianza de la forma más rastrera.

¡Es su privacidad, joder! Pero la necesidad de respuestas me pesa más.

Si no tiene nada que ocultar, ¿por qué esconderlo en un doble fondo?

Mando a la mierda mi conciencia, saco el móvil a toda prisa con las manos temblando y empiezo a disparar fotos a las páginas, tragándome la culpa. En cuanto oigo las llaves abriendo la puerta, lo guardo rápido en su lugar y trato de encajar de nuevo el cajón.

—¡Mónica! ¿Qué haces tirada en el suelo? —dice mi tía desde el recibidor.

—Nada, estaba intentando seguir con el máster pero el pesado de Kiwi está dando por saco —respondo, intentando que no se note que me falta el aire—. Te ha robado unos pompones del cajón de tu mueble de las manualidades.

—Ay, este gato… ¡Kiwi, ven, que te doy un poco de pavo!

—No, si encima le das un premio por liarla… ¡Normal que se porte tan mal!

Me guardo el móvil en el bolsillo del pantalón. Ya tengo lo que quería. Ahora solo tengo que esperar a que mi tía se duerma para descubrir qué es lo que oculta en esas páginas. Me siento sucia.