Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Han pasado diez días desde que operaron a mi padre, aunque en mi cabeza parece que ha pasado un siglo.

He vivido en una habitación de hospital, durmiendo en un sillón para invitados y comiendo comida recalentada de la cafetería.

Pero ya está, ayer le dieron el alta y ya se ha quedado en su piso de la ciudad, quejándose de cada movimiento pero vivo.

Le han puesto vigilancia, aunque él prefiere llamarlo protección. La policía aparece de vez en cuando para patrullar la zona y tiene una orden de alejamiento contra esos tipos, aunque dudo que un papel detenga a alguien que se dedica a romper costillas por dinero.

Ahora le toca enfrentarse a la realidad: su abogado ya le ha advertido de que la confesión no le libra de ir a juicio por el asunto de las drogas, y que su única baza es demostrar que su ludopatía le había anulado la razón.

Me siento una estúpida. Antes de la paliza le había bloqueado en el móvil, jurando que no volvería a saber de él, pero verle en esa cama, tan pequeño y destrozado, me hizo darme cuenta de que no puedo romper lazos del todo.

Sin embargo, no voy a dejar que me arrastre otra vez al fondo.

He decidido guardar distancia. No quiero que sus deudas, sus mentiras o sus negocios me salpiquen.

Esta vez, si el barco se hunde, no seré yo quien se tire al agua para intentar ayudarlo.

No puedo seguir toda la vida como la hija salvadora.

Es él quien me tendría que cuidar a mí, y ha hecho todo lo contrario.

A pesar de toda esta movida, estos días en el hospital me he mantenido muy ocupada y productiva.

He aprovechado para avanzar con el trabajo de fin de máster y he seguido trabajando a distancia, gestionando las redes sociales de El Faro y redactando publirreportajes odiosos.

Cogí el portátil de mi padre de su piso y pagué el wifi del hospital para que Valentina no tuviera excusas para echarme de las prácticas.

Lo que se ha quedado parado es mi investigación paralela con Isaac; tenemos que mantener nuestras comunicaciones en persona para no dejar ningún rastro digital.

Pero hemos seguido en contacto, él ha seguido investigando y estoy deseando que me ponga al día.

Hoy vuelvo a la redacción y la isla me recibe con la misma lluvia fina de siempre. Nada más entrar, Valentina sale de su despacho con una sonrisa.

—Hombre, ya estás aquí —dice, rozándome el hombro con sus uñas de porcelana—. ¿Cómo está tu padre? Menudo susto nos diste, pobre hombre.

—Ya está mejor. Gracias por preguntar —respondo, sorprendida por su tono amable.

—Me alegra tenerte por aquí de nuevo, que tenemos mucho trabajo que hacer.

Se da la vuelta y se encierra en su despacho. Respiro aliviada y me siento en mi sitio. En cuanto la puerta se cierra, Isaac se acerca a saludarme con cautela, apoyándose en mi mesa.

—Me alegra que estés de vuelta y que tu padre se esté recuperando —susurra—. ¿En qué quedó todo? ¿Necesitas que te ayude con algo?

—Gracias. Al final denunció a los que le dieron la paliza, pero no ha servido de mucho.

Les pillaron rápido por la identificación de varios testigos, pero la policía dice que son unos peleles, unos mandados que no saben quién les da las órdenes.

Y ahora está con abogados y todo el lío. No sé en qué quedará la cosa.

Isaac asiente y baja aún más la voz, mirando de reojo el despacho de la jefa.

—Por cierto, ¿te acuerdas del Joyita, el hijo de la jefa? Pues Luna me ha dicho antes que está en la isla. Salió de la cárcel de Colombia y volvió aquí hace unos días.

—¿Qué más me he perdido?

—Mejor quedamos una tarde esta semana y nos ponemos al día. Tenemos que hablar de mis avances sobre el internado.

—Sí, por favor —asiento—. Pero te confieso que voy con miedo. Entre la muerte extraña del perito y la movida de mi padre, tenemos que andar con mucho cuidado.

El resto de la jornada transcurre en una calma poco habitual por aquí. Me esfuerzo por dejar al día los informes y las redes sociales, y a las siete en punto guardo el portátil y me cuelgo el bolso al hombro.

Me obligo a no quedarme esos diez minutos de cortesía a los que me había malacostumbrado antes de lo de mi padre.

Siempre me ha dado apuro ser la primera en salir por la puerta viendo cómo el resto sigue pegado a sus pantallas, como si salir a nuestra hora fuera un pecado.

Pero eso se ha acabado. El trabajo del máster no se va a hacer solo y necesito dedicarle más tiempo cada tarde.

Justo cuando paso por delante del despacho de Valentina para dirigirme a la salida, su puerta se abre de golpe.

—Ah, ¿pero ya te vas? —suelta, apoyada en el marco con los brazos cruzados. Su tono compasivo de la mañana se ha evaporado.

—Sí, es mi hora. He dejado listos los artículos de mañana y los posts programados.

—Ya, bueno. Como llevas diez días trabajando a tu ritmo en remoto, pensaba que te quedarías más para compensar a los que sí han estado aquí doblando el lomo.

Ya sabes, por compañerismo. —Lanza una mirada hacia el escritorio de recepción—.

Mira a Luna, con dos hijos y ahí sigue todos los días al menos hasta las siete y media de la tarde.

Supongo que algunas nos tomamos este oficio con más compromiso que otras.

Ni aunque se metiera ahora el dedo en el ombligo se me va a quitar esta ira que me está subiendo por el estómago, pero me muerdo la lengua. No puedo permitirme montar un pollo el primer día de mi vuelta por la redacción.

—He estado trabajando todos los días a distancia mis ocho horas como acordamos. De hecho, las visualizaciones de los posts de Facebook han subido un 15% esta semana —acierto a decir antes de salir de la redacción, conteniendo las ganas de romper algo.

Se queda quieta delante de mí, mientras mastica un chicle con la boca abierta y me mira de arriba a abajo. La odio.

—No seas sinsorga. Si quieres convertirte en una periodista de verdad, tendrás que acostumbrarte a meter horas.

La próxima vez que tengas un asunto personal, espero que priorices un poco más tu compromiso con esta redacción.

¡Ah! —añade mientras intenta encenderse un cigarro sin éxito—.

Antes de salir dile a Luna que me acerque uno de sus mecheritos, que me he quedado sin gas.

Con la colección que tiene para sus velas, seguro que me puede regalar alguno que no use.

Se da la vuelta sin esperar respuesta y cierra la puerta tras de sí con un golpe seco que retumba en toda la oficina.

Mi padre casi se muere y he estado trabajando desde el sillón de un hospital como una loca en lugar de cogerme la baja.

¿Eso no le parece que es compromiso? Encima ahora soy también la típica becaria recadera.

Solo me falta que me ponga a hacer fotocopias.

No sé cómo puedo contenerme delante de esta mujer.

Ahora mismo quiero agarrarla del cuello de la camisa, zarandearla como si fuera un muñeco y sacarle el chicle de la boca de un guantazo.