Capítulo 25
Ahora
Releo el mensaje de Isaac por quinta vez:
Parece un suicidio. Han encontrado una nota de despedida en su casa.
No me lo trago. Juan no tenía cara de querer quitarse de en medio, sino de querer justicia.
¿De verdad alguien se libera de un secreto después de casi treinta años solo para irse directo a un acantilado y saltar?
Podría ser, no lo descarto, pero me cuesta creerlo.
Ahora que por fin estábamos investigando y removiendo la mierda, ¿prefiere suicidarse antes que ver cómo la verdad sale a la luz?
No tiene ningún sentido. Seguro que lo han silenciado.
—Mónica, ¿qué te pasa? ¿No quieres abrir el diario? —La voz de mi tía me devuelve a la realidad.
—Nada, nada... Le estoy diciendo a Isaac que me avise si necesita ayuda con la noticia —miento. Me asquea la facilidad con la que me salen ya las mentiras, parezco mi padre—. Por si quiere que me encargue yo de subirla a las redes sociales del periódico.
Mi tía suelta un suspiro largo y se sienta a mi lado en la alfombra, rodeada por el cementerio de recuerdos de las cajas de mi madre.
—Es que no descansas ni en fin de semana.
Siempre has tenido ese exceso de responsabilidad, nada que ver con ella —dice, señalando con la barbilla una foto de mi madre—.
Venga, desconecta un poco, que bastante tienes ya con sacar tiempo para el trabajo de fin de máster.
No te cargues con curro extra, que Valentina no te va a dar las gracias por meter horas un sábado.
Miro el diario de flores silvestres que descansa sobre mis rodillas y la llave en la cajita joyero.
—Vamos a abrirlo, ya no puedo más con tanto misterio.
Estoy a punto de encajar la llave, cuando mi teléfono vuelve a vibrar sobre la alfombra. No es Isaac y no es un mensaje. Me está llamando un número que no tengo en la agenda. Mis nervios, ya de por sí tensos, se disparan. Odio hablar por teléfono, pero más aún cuando no sé quién me llama.
—Le llamamos del Hospital Central —dice una voz profesional—.
Un varón que responde al nombre de Toni ha ingresado esta madrugada con un cuadro de traumatismos debido a un altercado en la vía pública.
Como usted consta como su contacto de referencia, es necesario que acuda al centro hospitalario lo antes posible.
El aire se me escapa de los pulmones. Le han dado una paliza a mi padre. Dios, la última vez que hablé con él le dije que para mí estaba muerto y ahora está ingresado en el hospital…
—¿Qué ha pasado? —dice mi tía alterada.
—Tengo que irme a la ciudad. Es mi padre. Parece que le han dado una paliza y está en el Hospital Central, puede ser grave —digo, levantándome de un salto.
Me pongo lo primero que pillo y voy corriendo hacia la entrada. Mientras busco las llaves de casa, escucho la voz de mi tía a mis espaldas.
—Mónica..., espera. Mira.
Me giro y la veo con el diario abierto. Lo cojo y paso las páginas una a una... Están vacías. No hay nada. Ni texto, ni fechas, ni confesiones. Me quedo decepcionada, pero no tengo tiempo para procesarlo en este momento.
—El primer ferri sale dentro de media hora —digo mientras se lo devuelvo—. No puedo perderlo. Si no voy ahora a ver a mi padre, no me lo voy a perdonar nunca.
Mi tía deja el diario vacío sobre la mesa y me mira con angustia.
—Te llevo en coche ahora mismo al muelle —dice, agarrando las llaves del Seat—. Y voy contigo, no quiero que vayas sola...
—No —la freno antes de que llegue a la puerta—. Llévame al puerto, por favor, pero no subas al barco. No hace falta, de verdad, esto es cosa mía.
Sabe perfectamente por qué se lo digo.
—Déjame que vaya, que lo hago por ti, por acompañarte.
—Sé que no puedes ni verle —le respondo, intentando que no me tiemble la voz—, que nunca le podrás perdonar cómo arrastró a mi madre al hoyo, así que no te voy a hacer pasar por ese mal trago.
—Está bien —accede al fin—. Pero te acerco al ferri, que si vas andando no llegas.
—Gracias, tía. Vámonos ya.
Entro en el hospital corriendo sin aire y con náuseas, el trayecto en el ferri ha sido un infierno por la marejada. Localizo la habitación en la tercera planta y me encuentro con dos agentes de la policía saliendo de ella, guardando sus libretas.
Entro y me quedo petrificada. Madre mía…
Mi padre da miedo, casi no lo reconozco.
Tiene la cara hinchada, la cabeza envuelta con un vendaje, un ojo completamente cerrado y morado por un hematoma y el brazo escayolado.
Se le ve pequeño y frágil, le falta esa chulería que siempre le ha servido de escudo.
Al verme intenta hablar, pero el dolor hace que ponga una mueca horrible.
Un médico entra justo detrás de mí, revisando una tableta digital.
—¿Es usted su hija? —pregunta sin levantar la vista.
Asiento, incapaz de articular palabra.
—Hemos tenido que realizar una esplenectomía de urgencia.
—¿Eso qué significa? ¿Es grave?
—La paliza le provocó una rotura de bazo y una hemorragia interna severa, así que se lo hemos tenido que extirpar. La operación ha salido bien, pero, debido al traumatismo craneoencefálico y la pérdida de sangre, ha pasado las primeras horas en la UCI para estabilizarlo.
—¿Pero se va a poner bien? —consigo susurrar.
—Le tenemos en observación. Los cirujanos están satisfechos, pero tiene que descansar y estar bajo vigilancia constante por si surge cualquier complicación postoperatoria. Ahora mismo su estado es crítico. Le hemos suministrado analgésicos fuertes, así que estará algo desorientado.
El médico se acerca a la cama, comprueba un par de constantes en el monitor, que pita rítmicamente, y me dedica una mirada breve.
—Les dejaré a solas unos minutos, pero necesita descansar.
El doctor sale y me acerco a la cama. Es la primera vez desde hace años que no tengo ganas de gritar a mi padre.
—Hija… Lo siento… —susurra. Su voz suena ronca y bajita—. No quiero que me veas así.
—¿Qué te ha pasado?
—Ya no tengo nada que perder. No sé si voy a salir de esta. No quiero que te salpique más. He confesado todo y he denunciado a los tipos que me han hecho esto.
—¿En qué andas metido para que casi te maten?
—Tuve que hacer tratos con gente de la isla para vender algo de coca, era la única forma que tenía de intentar pagar las deudas del juego.
Pero la bola se ha hecho demasiado grande y no he podido devolver todo el dinero.
La he cagado… Lo siento, de verdad. Siento haberos puesto en peligro, pero no tenía otra opción.
Me quedo inmóvil junto a la cama. Mi padre, por fin, ha dicho la verdad, pero lo ha hecho de la única forma que sabe: cuando el agua ya le llega al cuello.
El problema es que ha denunciado a gente de Isla Ballena y seguramente ha puesto sobre la mesa nombres de personas peligrosas, visto lo visto.
No sé en qué puede derivar todo esto, pero me aterra.