Capítulo 24
Querido diario:
Odio a la Prota. Hoy me la ha liado pero bien sin venir a cuento y ahora me van a tener supervigilada. Mis salidas nocturnas se han ido a la mierda. A ver ahora cómo sigo yo con la investigación del chico misterioso y la alumna embarazada. Me siento atrapada.
Resulta que ayer por la tarde tuvimos que ir toda la clase al confesionario, como todos los viernes.
Las monjas dicen que tenemos que quedar limpias de pecado para poder comulgar en la misa obligatoria de los domingos.
Pero, antes de la confesión con el cura, nos hacen primero un repaso en grupo de los pecados de cada clase.
Si dices que no has hecho nada malo te castigan, porque se considera un acto de soberbia o directamente una mentira.
Así que te obligan a buscar algo que confesar, aunque sea inventado.
Yo ya tengo mis comodines preferidos: «He tenido malos pensamientos», «He sido perezosa al levantarme», «He contestado mal a una compañera» o cosas similares.
El problema es que algunas alumnas, cuando no tienen nada que confesar, se chivan de los supuestos pecados de otras de clase.
Si sabes que alguien se ha saltado una norma —como hablar por la noche o tirar comida— y no lo dices, el castigo cae sobre ti por cómplice.
Pues la Prota ha soltado delante de todas que me levanto muchas noches al baño y que tardo un montón en volver, insinuando que algo malo ando haciendo a esas horas. Es una chivata de mierda.
Ayer entré en el confesionario con la idea de pedir ayuda al nuevo cura joven.
Lleva poco tiempo viniendo al internado y yo creo que no sabe lo que se cuece aquí dentro.
Así que le conté lo de los castigos y le enseñé algunos moratones a través de la rejilla que nos separaba.
No sabía si decirle lo de la chica embarazada, porque no estaba segura de si puedo confiar en él o si luego lo contará todo a la Cuervo.
Pero era mi única posibilidad de pedir auxilio.
Para mi sorpresa, cuando le conté lo de los golpes y le pedí ayuda, me dio su palabra de que el secreto de confesión era sagrado y que jamás le diría nada a la dirección si yo le contaba la verdad.
Que no era normal que nos trataran así y que no debíamos tolerarlo.
Además, me dijo que me ayudará en todo lo que esté en su mano.
Ver que se lo tomó en serio y que no dudaba de mí hizo que me armara de valor.
Así que al final me atreví a confesarle lo de la chica embarazada que tienen encerrada.
Él fue muy bueno conmigo e intentó calmarme.
Luego me dijo que no piensa quedarse de brazos cruzados y que verá la manera de entender qué está pasando aquí dentro.
Quiere ayudarla y ver cómo sacarla de ahí.