Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 23
49%

Capítulo 23

Sigo dándole vueltas a la muerte de Juan, el perito del internado, mientras un café humea entre mis manos.

El repiqueteo de la lluvia contra los cristales es el único sonido que llena la cocina esta mañana de sábado.

Mi tía me observa en silencio mientras unta una tostada con mantequilla y mermelada, y baja a Kiwi constantemente de la mesa. ¡Qué gato más demandante, por favor!

—Vaya día que tenemos —dice, rompiendo el hielo mientras mira hacia la ventana empañada—. Con este temporal hoy no vamos a tener paseo mañanero. Podríamos aprovechar para bajar ahora las cajas del desván, las que te dije con los recuerdos de tu madre. ¿Te apetece?

Siento un nudo en el estómago. Llevo tiempo queriendo hacerlo, pero a la vez me aterran los sentimientos que me pueda provocar husmear en todo eso.

—Sí, puede ser un buen momento —asiento, forzando una sonrisa.

Ella deja la tostada y coge el móvil, que no ha parado de vibrar sobre la mesa, y entorna los ojos para leer la pantalla.

—Mira lo que me acaba de mandar una amiga por WhatsApp: es la noticia sobre el cadáver que apareció ayer en el rompeolas —dice mi tía.

Me incorporo de golpe y le quito el teléfono, casi sin pedir permiso. Es un enlace a la edición digital del periódico. Isaac la publicó anoche a última hora:

Efectivos policiales investigan la aparición de un cadáver en el litoral de Isla Ballena.

El hallazgo se ha producido sobre las ocho de la tarde de hoy, cuando varios viandantes que paseaban por el rompeolas han avistado un cuerpo inmóvil atrapado entre las rocas y han alertado a los servicios de emergencia.

Tras el desplazamiento de la comisión judicial, se ha procedido al levantamiento del cadáver, identificado con las iniciales J.

F. La investigación penal ya se encuentra en marcha y las autoridades no descartan ninguna hipótesis sobre las causas del fallecimiento.

—Espero que haya sido un accidente y se haya resbalado cuando pescaba o algo así… —dice mi tía, recuperando su teléfono—. En fin, mejor vamos a lo nuestro o se nos pasará la mañana.

Mientras ella se levanta y recoge los bártulos del desayuno, aprovecho para sacar mi móvil y escribirle un mensaje rápido a Isaac:

He visto la noticia de ayer. ¿Sabes algo más? ¿Se sabe la causa de la muerte? ¿Ves algo raro?

Bloqueo la pantalla, le ayudo a recoger el desayuno a mi tía y subimos al desván.

Aquí arriba huele muchísimo a humedad y el polvo se te mete hasta la garganta. No creo que aguantemos mucho rato en este cuartucho. Movemos algunos trastos hasta que damos con ellas: tres cajas de cartón con el nombre de mi madre escrito a mano con una caligrafía elegante.

Las bajamos al salón y nos sentamos en la alfombra.

Vamos sacando cosas poco a poco: una bufanda de lana que aún conserva un rastro lejano de su perfume, fotos amarillentas con mi padre y sus amigos en las que todos parecían felices, y un montón de ropa y zapatos.

Mi tía habla de cada objeto con una mezcla de nostalgia y tristeza, contándome anécdotas de cuando eran jóvenes.

Pero yo sigo buscando algo más, algo que me ayude a conocer más sobre mi madre.

Entonces, en el fondo de la última caja, debajo de unos libros de Stephen King, lo encuentro: es un diario pequeño, con las tapas forradas de un estampado de flores silvestres.

El contorno de las páginas es dorado, aunque el brillo se ha apagado por los años, y tiene un pequeño candado de latón que lo mantiene cerrado a cal y canto.

—¿Esto era de ella? —pregunto.

—Anda, no sabía que lo conservaba —responde mi tía, acercándose—. Hace mil años que no abro estas cajas. Será su diario del internado, nos lo regalaban cuando cumplíamos doce años. Yo creo que no lo llegó a estrenar, pero me temo que sin la llave poco vamos a ver.

—Estos candaditos se abren con la mirada, ya verás.

No me rindo. Encuentro una horquilla de pelo y trato de usarla a modo de ganzúa.

Pero no hay manera, no es tan fácil como pensaba.

Así que empiezo a rebuscar frenéticamente entre el resto de las cajas, volcando papeles y sacudiendo los libros viejos.

El corazón me late con fuerza y las manos me tiemblan un poco de la emoción.

Esa maldita llave tiene que estar por aquí.

Al final, dentro de un pequeño joyero de madera que contenía un rosario roto y un par de pendientes de plata desparejados, la veo. Es una llave diminuta atada a un hilo de seda rojo.

La cojo con los dedos temblorosos. Miro el diario y luego a mi tía, que se ha quedado en silencio. No sé si debería abrirlo, me parece algo tan íntimo que siento como si estuviera faltando al respeto a mi madre y hurgando en sus pensamientos secretos.

En ese momento, mi móvil vibra en un bolsillo de mis pantalones: es Isaac con nuevas noticias sobre el ahogamiento del perito.