Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Me he pasado toda la tarde en el periódico con la cabeza en otro sitio, dándole vueltas a lo del internado y al mensaje de mi padre.

Por suerte, Valentina no ha aparecido y no me ha visto calentando la silla.

Según nos ha dicho Luna, tenía una comida importante con Rober y unos patrocinadores, por eso iba vestida con el traje vaporoso de leona. No falla.

Salgo de la redacción hecha polvo y, al cruzar la puerta, me encuentro a mi tía esperándome.

Me dedica una sonrisa de disculpa por el silencio tenso de esta mañana a cuenta de la situación con la choni porreta de anoche.

Me cuesta un mundo devolverle el gesto. No tengo cuerpo para fingir que todo está bien cuando tengo la cabeza a punto de estallarme.

—Hacía falta que parara un poco la puñetera lluvia —dice ella, enganchando su brazo al mío con firmeza—. Vamos hasta la punta del rompeolas antes de que anochezca del todo. Necesitamos que nos dé un poco el aire.

Acepto de buena gana. Caminar es lo único que puede sacudirme ahora mismo la toxicidad del día.

—Por cierto, he bloqueado a mi padre —suelto de repente.

Mi tía se detiene un segundo, pero luego sigue caminando, apretándome el brazo.

—Tenía varias llamadas y un mensaje esta mañana cuando hemos terminado la visita al internado. Dice que le han llamado a declarar y tiene la cara de echarme la culpa a mí. Que si no hubiera ido a denunciar el acoso a comisaría, él no estaría en este lío. No puedo más. Es un manipulador.

—Has hecho bien. A veces alejarse de quien nos hace daño, aunque sea de tu misma sangre, es la única forma de protegerse. Por suerte ya han terminado de instalar las cámaras de seguridad en casa.

—Ah, bien. Gracias. Supongo que ahora podremos dormir un poco más tranquilas.

—Lo estaremos de verdad cuando pillen a esos matones.

—Ya... —suspiro, mirando mis botas sobre el asfalto mojado—. Y cuando mi padre pague lo que debe y deje de arrastrarme hacia sus mierdas.

Ella me aprieta el brazo y me da una pequeña sacudida afectuosa mientras enfilamos el camino hacia el puerto.

—Bueno, vamos a intentar que no se nos amargue el paseo. Deja a tu padre para otro momento —me dice—. ¿Cómo ha ido la jornada? ¿Alguna exclusiva que no me hayas contado?

—Mucho más tranquila, la verdad. Por la mañana hemos estado de visita en el internado para hacer unas fotos.

Luego la jefa no ha aparecido después de comer.

No hemos tenido ni un grito en la ofi. Así da gusto trabajar.

He aprovechado para escribir los posts de redes sociales de la semana y he empezado a darle forma al artículo del aniversario del internado.

Pero tenía ganas ya de salir, que menuda semana llevamos.

—Me alegro, cielo. Te hace falta un poco de tranquilidad.

Caminamos por el espigón de piedra mientras charlamos de todo un poco.

A nuestra izquierda, el mar brama con una fuerza contenida contra el rompeolas; a la derecha, el pueblo empieza a encender sus farolas.

Hay poca gente de paseo por aquí. Siendo viernes, a estas horas la mayoría se ha refugiado ya en la zona de bares para tomarse la primera cerveza del fin de semana.

Sé que me ha pedido que no hable de mi padre, pero no me puedo contener:

—Tía, ¿por qué mi madre le aguantaba? No entiendo qué coño hacía con él.

—En realidad, le intentó dejar varias veces, pero siempre volvían. —Se interrumpe y suspira—. Solo que ella no tuvo el mismo valor que tú. Era una mujer muy fuerte, pero el ambiente de juego, alcohol y drogas en el que se movía tu padre no le vino nada bien, lo empeoró todo.

—Me hablaste de su depresión —digo en voz baja, aprovechando que ha sacado el asunto a la palestra—. Lo que no entiendo es por qué se suicidó después de tenerme a mí. ¿Es que yo tuve la culpa de su tristeza?

—No digas eso. No seas tan mala contigo. Nadie tiene la culpa de que alguien tome una decisión así. Pero, si tenemos que culpar a alguien, en todo caso lo que la llevó a acabar con su vida fue él y su círculo de amigos.

—¿Pero cuánto tiempo estuvo así antes de terminar con todo?

—No sabría decirte. La muerte de nuestros padres nos dejó marcadas, pero a ella le pasó mucha más factura.

Era mayor, era más consciente de todo. Yo apenas recuerdo a tus abuelos.

Ya en el internado empezó a ser una rebelde, se metía en problemas y se veía a escondidas con tu padre.

Pero por aquel entonces apenas hablábamos, la diferencia de edad se notaba.

—Entonces, ¿nunca estuvo bien?

—Sí, claro que sí. Cuando se quedó embarazada de ti, parecía otra. Recuperó la ilusión. Yo estuve a su lado todo lo que pude, pero ya sabes cómo son estas cosas... La depresión posparto la terminó de hundir.

—Quizás mis explosiones de ira sean una herencia. A lo mejor es que yo tampoco estoy bien de la cabeza —le digo, mirándola fijo a los ojos, buscando alguna confirmación.

Ella niega con la cabeza al instante, sin dejarme espacio para dudar.

—Ni se te ocurra decir eso, no tiene nada que ver. Tu madre no estaba bien y, lo que es peor, no quiso que nadie le ayudara. Lo suyo fue una enfermedad. Lo tuyo es solo... que aguantas demasiado hasta que no puedes más.

—¿Y tú? —le pregunto, cambiando el tercio con brusquedad—. ¿Cómo lo haces para vivir tan tranquila? Has perdido a casi toda la gente importante de tu vida y, aun así, te levantas cada mañana y sonríes. A veces me da hasta rabia.

—Buscando ayuda. Si me quedara parada llorando cada día, ahora mismo sería una amargada. Llevo tiempo diciéndotelo, pero te lo voy a decir una vez más: llama a mi psicóloga.

—No creo que una señora hablando de mis problemas vaya a arreglar nada.

—Pues al menos te ayudará a dejar de saltar a la mínima.

Ella me ayudó muchísimo después de lo de tu madre.

No uses su enfermedad como excusa para pensar que es una herencia inevitable.

Tú no estás enferma, solo necesitas un poco de ayuda, o terminarás destruyendo todo lo que tienes a tu alrededor por no saber gestionar lo que llevas dentro.

Me quedo callada. Sé que estas últimas semanas en la isla han pasado demasiadas cosas y que mi carácter no está ayudando precisamente a calmar las aguas.

Me doy cuenta con sus palabras de que probablemente está ya al límite de su paciencia. Me siento mal al pensar que, mientras ella intenta mantenerme a flote, yo soy la que está provocando la tormenta en su propia casa. Le he arrebatado su tranquilidad.

—Está bien —digo al final—. Dame el contacto.

Estamos a unos metros de alcanzar la punta del rompeolas para dar la patada de rigor al muro, un ritual sagrado en la isla antes de dar media vuelta en busca de unas cañas.

En ese momento algo rompe la rutina del paseo.

Un pequeño grupo de personas empieza a amontonarse al borde del espigón, asomándose a las rocas con nerviosismo. Aquí pasa algo.

A lo lejos escuchamos una sirena. Las luces azules y rojas de la policía tiñen la piedra gris a nuestras espaldas mientras los coches patrulla avanzan por el estrecho camino del rompeolas.

Los agentes llegan casi a la vez que nosotras y empiezan a acordonar la zona con rapidez, apartando a los curiosos con gestos firmes.

—Por favor, manténganse atrás —nos ordena un oficial mientras extiende la cinta policial.

Mi vena de investigadora de sucesos se dispara de inmediato. No puedo ver nada por encima de los hombros de la gente, así que me acerco a un hombre que observa con el cuello estirado, mientras mi tía me agarra el brazo para que no lo haga.

—¿Qué ha pasado? ¿Se sabe algo? —le pregunto intentando que mi voz suene casual.

—Han encontrado a alguien ahí abajo, entre las rocas —me susurra sin apartar la vista—. Dicen que está muerto.

Siento un vuelco en el estómago. Minutos después, veo cómo el equipo de rescate logra enganchar el cuerpo y subirlo al paseo.

En un descuido de los sanitarios, cuando consiguen colocarlo en el suelo, la luz de una linterna le ilumina la cara.

Se me corta la respiración. Aunque el rostro está hinchado por el salitre, reconozco esos ojos: es el perito judicial Juan, el hombre que nos confesó en la cafetería que el informe del incendio del internado fue un fraude.

Intento cruzar el cordón.

—Agente, soy de la redacción de El Faro . Tengo que pasar para cubrir la noticia —digo, señalando el despliegue.

—Está usted en una zona restringida —dice el policía, cerrándome el paso con el cuerpo.

Intento asomarme por encima de su hombro para ver qué hay detrás del coche patrulla, pero el agente me bloquea la visión al instante.

—Soy del periódico. Es una noticia importante...

—Ya habrá nota de prensa. Váyase de aquí antes de que tenga que identificarla y abrirle un acta por obstrucción a la justicia.

Me alejo unos metros y llamo a Isaac.

—Estoy en el rompeolas ahora mismo —le digo sin preámbulos en cuanto descuelga—. Acaban de sacar un cuerpo del agua. Es el perito, está muerto.

—¿Estás segura de que es él? —Su voz suena tensa.

—¡Que sí, coño! Le he visto la cara cuando lo subían. He intentado acceder como parte de El Faro , pero la policía no me deja pasar. Me tienen retenida tras el cordón.

—Vale, yo me encargo —me dice con tono firme—.

Tengo un contacto en la guardia costera que nos puede dar información.

Pero escúchame bien: Valentina no puede saber que nosotros conocemos esa cara.

Si esto llega a la redacción, tiene que ser como un ahogado anónimo.

Puede que esto no haya sido un accidente y no quiero poner en riesgo a nadie más.

Cuelgo el teléfono y regreso con mi tía, que me mira con preocupación. Decidimos que hemos tenido suficientes emociones por hoy y nos vamos directas a casa, sin ganas de pasar por la zona de bares.

No puedo evitar darle vueltas al coche gris que nos vigiló ayer.

¿Realmente era alguien enviado por los líos de mi padre?

O quizás nos estamos equivocando por completo.

Isaac lleva semanas hurgando en los archivos del internado, hablando con testigos del incendio, removiendo un pasado que muchos preferirían dejar bajo tierra.

¿Y si ese coche no me seguía a mí, sino a él?