Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Ahora

Tengo una mezcla de nervios y de emoción. Sé que esto es una salida rutinaria para un artículo de mierda, pero es la primera vez que hago trabajo de campo de verdad.

—Bienvenidos. Soy sor Marisa —dice con una voz débil.

Camina encorvada, con las manos entrelazadas dentro de las mangas de su hábito. Sus ojos están hundidos en una piel clara y arrugada que parece papel de fumar. Tiene ese aspecto de ancianita buena y frágil, de las que inspiran ternura inmediata.

—Es un honor que nos reciba —dice Isaac sacando la cámara—. Solo queremos hacer unas fotos de las nuevas instalaciones para el artículo especial del periódico.

Sor Marisa asiente en silencio y nos guía por los pasillos. Todo está impecable.

—Muy bien, síganme —dice, sin detenerse—. Les mostraré la planta inferior, donde hemos habilitado las nuevas aulas para las actividades deportivas.

Dejamos atrás los pasillos de techos altos del edificio principal y empezamos a bajar por unas escaleras de granito hacia el sótano. Al instante, me llama la atención el cambio radical en los materiales. Las paredes de piedra rústica dan paso a un lucido blanco.

Miro a través de los cristales y me fijo en los detalles: suelos de tarima flotante, espejos cubriendo paredes completas y barras de madera ancladas en ellas.

—Esta zona no es original del edificio, ¿verdad? —pregunto en voz alta, tanteando el terreno mientras descendemos.

—Qué buen ojo tiene usted, señorita —responde la monja, deteniéndose en el rellano—.

Casi toda esta ala del edificio se tuvo que reconstruir por completo tras el fatídico incendio de 1998.

El fuego se originó precisamente en la capilla que está justo encima de nosotros, en el piso de arriba.

Fue una auténtica desgracia. La combustión terminó afectando también a esta planta del sótano.

Isaac intercambia una mirada rápida conmigo antes de poner su mejor cara de periodista interesado.

—Tuvo que ser terrible —dice él—. Supongo que tras el accidente llevó bastante tiempo reformar la capilla y esta zona.

—La verdad es que sí. Lo primero fue reconstruir gran parte de la capilla y el pasillo de acceso.

Toda esta zona del sótano se adecentó mínimamente, ya que se usaba como un simple almacén.

Y hace un par de años comenzamos con la nueva obra para aprovechar este espacio y crear las nuevas instalaciones para las clases de actividad física —explica la mujer con orgullo.

—Pues aquí ha quedado un espacio enorme muy bien aprovechado —observo, asomándome por las puertas acristaladas del pasillo.

—Como verán, el sótano ha experimentado una reestructuración integral.

Hemos logrado crear estos espacios diáfanos, luminosos y perfectamente ventilados, ideales para que las niñas se sientan cómodas.

Aquí es donde realizan todas las actividades físicas, desde gimnasia rítmica y ballet hasta yoga.

Por favor, son libres de hacer todas las fotografías que necesiten para el reportaje.

Queremos que quede constancia del nivel de nuestras nuevas instalaciones.

Isaac comienza a trabajar con la cámara. Tras unos minutos, cuando veo que ya tenemos suficiente material, intervengo:

—Sor Marisa, las instalaciones son impresionantes, pero nos gustaría visitar también la capilla, reconstruida tras el incendio.

—Por supuesto —responde, indicándonos que subamos de nuevo a la planta principal—. Es un lugar de paz, aunque entiendo que para ustedes sea un punto de interés histórico por lo que ocurrió hace años.

Nos guía de vuelta por las escaleras hasta que llegamos ante las puertas de madera de la capilla.

Al entrar en la capilla, sor Marisa nos conduce directamente hacia un lateral, donde la luz se filtra a través de una vidriera de colores, señalando una pieza de metal dorado anclada en la pared blanca.

—Esta es nuestra forma de honrar la memoria de Clara —dice con tono solemne—. Instalamos esta placa poco después de la restauración de la capilla.

Me acerco y, al leer la inscripción grabada en letras negras, siento un escalofrío:

En memoria de Clara Miranda, cuya luz se apagó en este lugar la noche del 28 de febrero de 1998. El patronato y la comunidad del Internado de las Esclavas del Sagrado Corazón no olvidan su eterna sonrisa.

Sor Marisa, que me observa desde unos pasos atrás, interviene con voz firme:

—Es el punto exacto donde la encontraron tras el incendio. El patronato insistió en mantener su memoria cerca de las nuevas generaciones.

—Es una historia terrible, sor Marisa. Verá, como no soy de la isla, no conozco bien los detalles de aquel entonces —digo haciéndome la ingenua—. Me pregunto cómo es posible que una niña estuviera en la capilla de noche durante un incendio.

—Clara era una buena niña, con una conciencia demasiado sensible.

Aquel día confesó que había cometido una falta grave en el comedor y quería redimirse.

Me rogó que le permitiera realizar una penitencia en soledad: quería rezar el rosario hasta que sintiera que su pecado estaba perdonado.

Yo sabía que esa niña tenía una vocación verdadera, un fuego interior que la llamaba a entregarse a Dios.

Hace una pausa dramática y se lleva una mano al pecho.

—Yo, intentando ser una guía comprensiva, accedí a su petición.

Le permití quedarse allí, en la quietud de la capilla, para que encontrara la paz que buscaba.

Quizás encendió unas velas para acompañar su oración, eso ya no lo podremos saber nunca.

Es una cruz que cargaré hasta el último de mis días.

Nadie estuvo con ella para supervisarla...

y Dios sabe que no me perdonaré nunca por haberle dado esa libertad.

Fue un accidente que nos cambió a todas para siempre.

Sor Marisa mira su reloj de pulsera.

—Pero no nos entristezcamos más. Espero que hayan podido confirmar que el patronato no escatima en gastos cuando se trata del bienestar de nuestras alumnas. Les acompaño a la salida antes de que los pasillos se llenen de alumnas en el cambio de clases.

Ya en el coche Isaac rompe el silencio primero:

—Una niña de 12 años no se va por la noche a la capilla a rezar el rosario de manera voluntaria. Menuda milonga lleva contando la madre superiora casi treinta años. Yo es que no me creo ni una palabra.

—Quizás la castigó y se inventó esa historia para ir de mártir y quedar impune. Porque, si admitía haber enviado a una niña castigada de noche sin supervisión, sería legalmente responsable de lo que ocurriera.

—No lo sé… —reflexiona Isaac—. Lo que sí sabemos es que el incendio fue provocado. Pero también es posible que quien lo provocó no supiera que Clara estaba dentro y fuera un daño colateral. Aun así, estoy convencido de que sor Marisa miente y que ayudó a maquillar la verdad para taparlo todo.

Saco el móvil de mi bandolera y me encuentro con la pantalla inundada de notificaciones. Tengo varias llamadas perdidas de mi padre y un mensaje de WhatsApp:

No me puedo creer lo que me has hecho... Me has metido en un lío que no te haces a la idea. Me han hecho declarar en comisaría.

La indignación me sube por el pecho como una llamarada: ¿él me echa la culpa a mí, después de todo lo que nos ha hecho pasar? Le doy a responder y tecleo con furia, sin importarme que Isaac esté delante observando cómo mi expresión se endurece por momentos.

—¡Es que no tiene vergüenza! —exclamo, sin poder contenerme.

—Ey, ey… ¿Qué pasa? —pregunta Isaac, sorprendido por mi arrebato.

—Mi padre —respondo alterada—. Tiene los huevos de decirme que el lío en el que está metido es culpa mía por haber denunciado en comisaría el acoso de sus acreedores.

Le respondo el mensaje sintiendo cada pulsación de ira en la pantalla.

¿Yo te he metido en un lío? ¡Nos estás poniendo en peligro tú a mi tía y a mí con tus deudas y tus mentiras! No quiero saber nada más de ti. Para mí estás muerto.

Pulso enviar, bloqueo su número con un golpe seco sobre la pantalla y arrojo el móvil dentro de la bandolera.

—Lo siento —le digo a Isaac, aunque mi voz suena más cortante de lo que pretendía—. Vamos a la redacción, que tenemos trabajo que hacer.

Isaac asiente con un gesto breve. No lanza preguntas ni intenta consolarme con frases hechas, y eso es exactamente lo que necesito ahora mismo.