Capítulo 20
Querido diario:
La vuelta de las vacaciones de Navidad ha sido un asco ahora que ya están aquí de nuevo todas las niñas de papá.
Encima muchas han venido alardeando de que ya han visto Titanic , con lo que me gusta Leonardo DiCaprio.
Las monjas no nos dejan salir al cine a verla porque dicen que hay contenido pecaminoso, así que la Prota me ha destripado el final.
Prefería pasarme el día dibujando por obligación en vez de volver a clase con ella, es una arpía.
Lo único bueno del comienzo de año es que por fin se acaba la época de la matanza. Desde noviembre este sitio parece una película de terror. Las monjas matan un cerdo al mes y los chillidos del pobre animal se me clavan en el cerebro. Se oyen desde clase y no me dejan atender.
Luego, en el comedor tenemos chuletas, chorizo y morcilla todos los días. A las demás les encanta, pero a mí me dan ganas de vomitar.
Esta semana las monjas han vuelto a la carga con lo de la vocación y el amor a Jesús.
Ha sido el monotema de antes de cada clase.
Luego se pasean en el recreo como buitres, poniendo la mano en el hombro de las que ven más vulnerables.
Como soy de las huerfanitas, la Cuervo me ha dicho que el mundo de fuera es un lugar de pecadores y que aquí, si entrego mi vida al Señor, nadie podrá hacerme daño.
Mentira. Los golpes con su regla duelen igual aunque los dé en nombre de Dios.
Además, yo no creo en Dios, y menos en uno que permite que estas monjas nos traten como si fuéramos animales de granja.
Están tan desesperadas por captar a nuevas novicias que hasta me quieren captar a mí, con la manía que me tiene.
Pero claro, necesitan sangre joven para que este lugar no se quede sin monjas.
De hecho, este año ya se han muerto como tres de las monjas momias.
Así que le he dicho que no quiero ser monja y que me deje en paz, y por faltarle así al respeto me ha mandado llevar las cestas de sábanas sucias de todas las habitaciones a la lavandería.
Para llegar al cuarto de las lavadoras hay que atravesar un pasillo que comienza al lado de las habitaciones de las monjas. Es como una zona prohibida supersilenciosa.
He oído que una chica joven lloraba en una de las habitaciones de las monjas y me he asomado un segundo porque tenía la puerta entreabierta. Y ahí estaba la hermana de mi mejor amiga. Me ha reconocido y, claro, me ha dicho que no podía estar ahí.
Lo primero que he pensado es que igual las monjas la han captado como novicia y que el chico quizás es su novio y le quiere convencer de que salga. Pero no. Ahora entiendo todo, ya sé lo que ocultan. Y ya sé por qué mi mejor amiga no ha querido contarme nada.
Me ha dado un montón de pena. Le he preguntado si estaba bien y se ha puesto un poco borde, diciendo que no era asunto mío y blablablá.
Pero, según hablaba, se ha echado a llorar de nuevo.
Le he preguntado si la podía ayudar en algo y le he confesado que sé que un chico viene por las noches a verla.
Y, claro, me ha suplicado que no les cuente a las monjas lo del chico.
Ya le he dicho que soy una tumba y que le guardo el secreto.
La chica se sujetaba la tripa y era enorme… Vamos, que se nota que está superembarazada. Por eso no sale al patio con las mayores desde hace meses. La tienen ahí encerrada para que nadie vea su pecado.
Le he dicho a mi mejor amiga que lo sé todo.