Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

El ambiente está un poco tenso desde ayer.

Noto que mi tía está decepcionada por mi ataque de ira de anoche y también asustada con lo que está pasando con mi padre.

Casi no me ha dirigido la palabra y me siento avergonzada, además de culpable, por haberle ocultado toda esta movida que la estaba poniendo en riesgo.

Es viernes por la mañana y he venido con ella en coche a la redacción para no calarme por el camino.

En esta isla parece que nunca para de llover.

Antes de bajarme del coche me ha dicho que va a hacer lo posible para encontrar una empresa que esta misma tarde venga a instalar las cámaras de seguridad en casa.

A media mañana el estómago me empieza a rugir por haberme saltado el desayuno. Sé que ayer dejé en mi escritorio un paquete de galletas empezado, pero no lo encuentro por ninguna parte. Qué raro, sé que no me las terminé.

Al entrar en el despacho, lo primero que veo es que Valentina tiene el traje de leona, ese que mencionó Luna que se pone cuando tiene una reunión importante.

Lo segundo que veo es mi paquete de galletas casi vacío sobre su mesa.

¿En serio me las ha cogido sin permiso? Alucino.

Valentina levanta la vista de unos informes y, al notar que me he quedado con la mirada fijada en el envoltorio, me dedica una sonrisa inocente.

—Ah, por cierto, Mónica —me dice con total naturalidad—, me he comido algunas galletas que tenías en tu mesa. Espero que no te moleste. Puedes comerte las dos que quedan.

Ah, claro, me da permiso para comerme mis galletas. Madre mía… ¿Pero esta señora se piensa que todo lo que hay en esta redacción es de su propiedad? Estoy a punto de soltar una réplica mordaz, pero la mano de Isaac se apoya ligeramente en mi hombro y me frena.

—No te preocupes —interviene él—, ya pararemos en algún sitio por el camino a por algo de picoteo. Lo cargo en mi factura de este mes. Aunque la próxima vez avísanos y te traeremos un paquete entero de galletas, que se ve que te gustan mucho.

Valentina abre la boca para decir algo, pero Isaac ya me está empujando suavemente hacia la salida.

—¿Lista para el tour por las aulas? —me dice mientras caminamos hacia el coche.

—Si no me da un ataque de nervios antes, sí. Gracias por intervenir con la jefa, es la hostia…

Isaac suelta una risotada y saca las llaves del coche del bolsillo.

—Hay que marcar territorio desde el principio o mañana te la encuentras buscando picoteo en tu cajón —me guiña un ojo mientras desbloquea el cierre centralizado—.

Venga, sube. De camino a las Esclavas paramos en la gasolinera y compramos el paquete más grande de galletas que tengan.

Pero estas las escondes bien, ¿entendido?

No puedo evitar una pequeña sonrisa a pesar del hambre y el mal humor que me pone Valentina. Isaac tiene la capacidad de restarle peso a cualquier cosa que haga la Loca.

Me subo al asiento del copiloto y cierro la puerta, dejando atrás el edificio de la redacción. El motor del coche arranca y enfilamos la carretera de la costa en dirección al internado.

No puedo despegar los ojos de la pantalla del móvil, revisando una y otra vez mi Whatsapp por si recibo algún mensaje de mi padre.

—Si sigues mirando el móvil con el traqueteo de las curvas, te vas a marear —dice Isaac.

Salgo de mi burbuja. Bloqueo el teléfono, lo dejo sobre mi regazo y me quedo mirando el paisaje por la ventanilla.

—Estoy pasando una época un poco complicada —digo de golpe, sorprendiéndome a mí misma. Al principio no quería hablar de mis mierdas con nadie del trabajo, pero siento que con Isaac puedo abrirme.

—¿Te puedo preguntar qué te pasa? Si es que quieres hablar de ello, claro. Pensaba que igual estabas rayada por lo de Valentina y las galletas.

—Valentina es lo de menos. Estoy así por culpa de mi padre.

—¿Tu padre? —pregunta, invitándome a seguir.

—Esto solo lo sabe mi tía. Es que no me gusta airear mis movidas personales, pero bueno…

El caso es que mi padre tiene problemas de deudas por el juego y ha llegado a un punto en el que las amenazas de sus acreedores nos han salpicado a mi tía y a mí.

Fuimos ayer por la tarde a denunciar a comisaría.

—Madre mía, qué papelón... Lo siento mucho. Si te puedo ayudar en algo, lo que sea, dímelo.

Dudo en si contarle más, porque al final Isaac no deja de ser mi superior directo y no quiero que piense que soy una persona problemática. Aun así, es un tío con muchos contactos y experiencia en asuntos similares, y quizás pueda ayudarme.

—No sé, igual estoy perdiendo la cabeza, pero he empezado a pensar que ese coche de ayer fuera de la cafetería no estaba allí por casualidad. Puede que nos estuviera siguiendo a mi tía y a mí.

—Mierda. No, si ya me parecía raro. Lástima que no nos acercamos a tiempo de apuntar la matrícula.

—No estoy segura de que fuera ese coche, quizás es casualidad, pero los matones me enviaron una foto de mi tía saliendo del ayuntamiento. Así que todo es posible.

Dios… No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba soltar esto, de la presión que me estoy quitando de encima con solo verbalizarlo.

—No te preocupes, ahora que has denunciado estaréis más protegidas. Y yo, si puedo investigar algo por mi cuenta o hacer lo que haga falta, cuenta conmigo. De verdad.

—No te quiero meter en problemas. Bastante que estoy arrastrando a mi tía sin querer y me muero de la culpa.

—Escúchame bien: aquí la culpa en todo caso es de tu padre. No te cargues con la mochila de las acciones de los demás. Has hecho bien en venirte a la isla. Lo importante ahora es que la policía actúe, él solucione sus deudas y os dejen en paz.

Isaac estira el brazo derecho y me da un toque ligero en el antebrazo, un gesto de apoyo que me pilla por sorpresa, pero que, en el fondo, agradezco enormemente.

—Gracias. En serio, siento darte la chapa con mis dramas personales.

—¿Qué chapa ni qué narices? Un buen compañero de redacción tiene que conocer los puntos débiles del otro para cubrirle las espaldas.

Sonrío por primera vez en todo el día. Es curioso cómo, en apenas unas semanas, la barrera profesional entre los dos se ha desdibujado. Yo, que ya no me fío de nadie después de tantos palos con la gente de mi círculo cercano…

—Vale, pero que conste que mi único punto débil actual es el hambre que tengo —le digo.

—Eso tiene fácil solución. —Señala con el dedo hacia la derecha—. Gasolinera a la vista. Vamos a por un arsenal de galletas y luego directos al internado a ver qué nos cuenta sor Marisa. Igual podemos averiguar alguna cosa de manera extraoficial.