Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

No me puedo creer que esté haciendo esto.

Son las siete y media de la tarde y estamos en comisaría mi tía y yo.

En cuanto he terminado de trabajar la he llamado para contarle lo que está pasando con las deudas de mi padre y las amenazas, y ha venido corriendo a buscarme con el coche para poner una denuncia.

El agente nos mira con una carpeta abierta que contiene las capturas de pantalla de los mensajes que le he pasado hace treinta minutos. Tenemos el número del que proceden, porque, al contrario que con las llamadas, no se puede ocultar el teléfono del que llegan.

—A ver, vamos a ser realistas —empieza el policía—. Te han enviado la foto de tu tía y las amenazas desde una tarjeta de prepago.

—¿Y eso qué significa exactamente? —pregunta mi tía.

—Significa que es muy posible que no tenga un titular real asociado —explica él con tono paciente pero serio.

—¿Pero la ley no obliga a registrar todos los números? —pregunta mi tía, confundida—. Yo pensaba que eso de las tarjetas anónimas ya no existía.

—Y así es, señora. La ley obliga desde hace tiempo a registrar cada identidad, incluso en las de prepago —admite el policía—, pero el que quiere delinquir sabe perfectamente cómo saltarse el sistema.

—¿Entonces? —intervengo yo alterada—. ¿Nos quedamos de brazos cruzados mientras nos sacan fotos por la calle y me amenazan a diario?

—No he dicho eso —responde él—. Vamos a activar el protocolo de seguridad.

Primero, la unidad de delitos tecnológicos rastreará el terminal; aunque usen prepago, quizás haya una antena que nos pueda dar una localización.

Segundo, vamos a remitir el caso al juzgado de guardia de forma urgente para que un juez dicte medidas cautelares, como una orden de alejamiento o la prohibición de comunicación.

—Ya, pero ¿a quién se le va a interponer esa orden de alejamiento si no sabemos la identidad del que me está amenazando? —insisto cabreada.

—De momento se redacta contra «persona desconocida a identificar» —asiente el policía, sin inmutarse por mi tono—. Es un procedimiento estándar. Y en cuanto localicemos al dueño del terminal, esos nombres se añaden automáticamente a la orden.

—Bueno, eso será si lo encontráis —replico—. Visto lo visto, aquí cualquiera puede ir amenazando de manera anónima como si nada.

—Y mientras tanto, ¿cómo nos vais a proteger? —dice mi tía—. Porque yo no me siento segura sabiendo que nos están siguiendo.

—Con este atestado, el juez puede autorizar medidas de vigilancia preventivas.

—¿Y eso qué es? —Mi tía frunce el ceño—. ¿Un coche pasando de vez en cuando por mi casa?

—Exacto. Un par de pasadas por turno para disuadir.

Por vuestra parte, sería recomendable que instaléis cámaras de seguridad en la vivienda.

Un sistema que grabe en la nube todo lo que pasa y os mande alertas al móvil.

Y si vieseis a alguien merodeando, no salgáis ni hagáis nada, nos llamáis a nosotros inmediatamente.

—Ah, bueno, con eso me quedo tranquila —digo con tono irónico.

El inspector suspira y me mira fijamente a los ojos.

—Y también vamos a necesitar hablar con tu padre. Ahora mismo es el único que puede tener información buena. Si él nos dice a quién le debe el dinero, podemos poner nombre y apellidos a esas amenazas.

—Mi padre se va a hacer el loco —digo con amargura—. Ese es el problema. No quiere admitir en qué lío se ha metido.

—Pues, en cuanto esto llegue al juzgado, se convierte automáticamente en un testigo clave.

Y como testigo tiene la obligación legal de decir la verdad.

Si el juez le pregunta quién le reclama el dinero, está obligado a identificarlos.

Si miente para proteger a esos delincuentes o por miedo, se enfrenta a penas de prisión por falso testimonio—.

Cierra la carpeta y nos entrega una copia del atestado—.

Mientras tanto, traten de no hacer rutinas.

Cambien de camino para ir al trabajo, no frecuenten los mismos sitios a las mismas horas.

Y si salen de noche, háganlo siempre acompañadas. No se lo pongan fácil.

Al salir de comisaría dos horas después, una lluvia fina nos empieza a calar hasta los huesos.

—Necesito que me dé el aire, tía. Si me voy a casa ahora mismo, me voy a subir por las paredes —le digo, apretando el atestado contra mi pecho para que no se moje.

—Venga, te invito a una cerveza y a unas patatas, así vamos ya cenadas a casa. Aunque se me ha cerrado un poco el estómago con tanta tensión. Vamos a intentar relajarnos después de todo esto.

Caminamos hacia la zona del puerto. Aunque la noche está fría, buscamos una terraza cubierta, de esas que tienen toldos y cristaleras por tres lados. Es el lugar perfecto para no mojarse y no tener que entrar en un bar ruidoso que nos taladre la cabeza.

Nos sentamos en una mesa de la esquina. Justo en ese momento, una chica con extensiones morenas, chándal de marca, un piercing junto al labio superior y aros dorados (vamos, una choni de manual) se sienta en la mesa de al lado.

Sin mirarnos, saca un mechero y se enciende un porro.

El olor denso y dulzón me golpea en la cara de inmediato.

Miro a mi alrededor: hay al menos tres carteles enormes que dejan claro que está prohibido fumar, y mucho menos va a estar permitido fumarse un porro.

—Hay gente que parece que no sabe leer —digo en voz alta, mirando de reojo a la chica—. ¿O qué se cree, que las normas son solo para los demás? ¡Qué falta de educación, de verdad! ¡El humo es insoportable!

Mi tía me pone una mano en el brazo, intentando calmarme, pero la chica ni se inmuta. Sigue expulsando el humo con una parsimonia que me saca de quicio.

—Oye, perdona —le digo ya directamente, señalando el cartel—, ¿no has visto el cartel que tienes justo enfrente que dice que no se puede fumar aquí?

La chica se quita el porro de los labios lentamente y me mira de arriba abajo con una chulería que me hierve la sangre.

—Sí, lo he visto.

—¿Y entonces qué vas a hacer? —le suelto, plantándole cara.

Ella no responde. Da una última calada profunda, apura lo que queda del porro contra el cenicero y se levanta sin decir una palabra. Acto seguido entra al bar con paso decidido.

—Ya está, Mónica, déjalo —susurra mi tía—. Vámonos a casa.

A los dos minutos, la chica sale del bar con una sonrisa triunfal y se planta frente a nuestra mesa.

—He hablado con el dueño —dice, cruzándose de brazos—. Dice que no está permitido estar en la terraza más de veinte minutos con una sola consumición, así que o pedís más o circuláis.

—¿Perdona? —me levanto de un salto, fuera de mí—. ¡Pero si encima acabamos de llegar!

Me levanto y entro directa al bar enfurecida, buscando al dueño tras la barra.

—¡Oye! —le grito—. ¿Qué es eso de los veinte minutos? ¡Que ya no estamos en pandemia! ¡Y encima tienes a esa tía fumando un porro en la terraza cerrada, que es ilegal y molesta a todo el mundo!

El dueño, un hombre con cara de pocos amigos que parece estar de vuelta de todo, me mira con desprecio.

—No me vengas con líos, que no sé de qué me hablas. Si vas a dar el espectáculo, te vas de aquí ahora mismo. ¡Fuera de mi bar!

Me saca casi a empujones hacia la terraza. Mi tía está allí, intentando mediar, con la cara roja de la vergüenza. Al verme salir, la choni suelta una risita burlona desde su silla.

—¿De qué te ríes, payasa? —me enfrento a ella, ignorando los tirones de mi tía para que frene—. Eres una mentirosa y una maleducada. Estás fumando una mierda que me tengo que tragar yo y que afecta a mi salud, y encima vas de lista inventándote normas.

—Cállate ya, pija de mierda, a ver si te crees mejor que nadie para ir diciendo a la gente lo que puede o no puede hacer —me suelta ella con una mirada que me hace perder los papeles.

¿Pija yo? ¡Si no tengo un puto duro! La rabia por mi padre, por los cobradores, por la policía y por Valentina estalla en un solo segundo.

Me abalanzo sobre ella, dispuesta a borrarle esa sonrisa de un guantazo.

Mi tía grita que me calme y el dueño del bar llega corriendo para separarnos.

Nos enganchamos de los brazos un segundo antes de que él logre apartarme de un tirón.

—¡Fuera de aquí ya! —brama el dueño dirigiéndose a mí y a mi tía—. ¡O llamo a la policía ahora mismo y te cae una denuncia!

—¡Pues llámala! —le grito yo, señalando a la choni mientras mi tía me arrastra para irnos a casa—. ¡Llámala y que vean que la que está fumando sustancias ilegales es esta y no yo, que solo le he pedido respeto! ¡Vaya mierda de sitio!

¿Para qué hablo? No pasan ni cinco minutos cuando se planta una patrulla y la tía tiene los santos ovarios de denunciarme por agresión. Tiene narices, que he ido hace un rato a comisaría a denunciar que nos acosan y me voy a casa con una denuncia por pelearme con una choni en una terraza.

Llegamos al coche. Subo y doy un portazo, con el corazón en la garganta y las manos temblando. Mi tía arranca sin decir nada. Su silencio me duele más que nada en este mundo.

La he cagado de nuevo y no hace ni dos semanas y media de mi anterior estallido. Dios, ¿por qué no podré controlarme?