Capítulo 17
Ahora
¿Pero qué está viendo Isaac tras el cristal que le inquiete tanto? Instintivamente, intento girarme para ver qué pasa fuera de la cafetería, pero me sujeta la muñeca con fuerza.
—No mires —murmura—. Hay un coche gris ahí aparcado enfrente que lleva siguiéndonos desde que hemos salido de la redacción.
No puede ser. Seguro que son los tipos del mensaje, los cobradores de mi padre. Si de verdad alguien nos sigue, no puede ser otra cosa.
—¿Estás seguro? —susurro, conteniendo el agobio.
—Lleva los cristales tintados y no ha apagado el motor en todo el tiempo que llevamos aquí —Isaac no aparta la vista del reflejo en el cristal de la cafetería—. Diría que están vigilando a alguien.
—¿No serás tú un poco conspiranoico? —digo, intentando restarle importancia, aunque el corazón me va a mil por hora.
Rezo para mis adentros para que Isaac solo sea un periodista dramático un poco peliculero. Prefiero mil veces que esté paranoico a que yo tenga razón. Porque, si ese coche busca a alguien, las papeletas me las llevo todas yo.
Isaac no se ríe. Se limita a soltarme la muñeca y saca un billete para pagar los cafés.
—Aquí nos conocemos todos y ese coche no es de nadie del pueblo. Ya te digo yo que no tienen pinta de turistas —sentencia—. Que me den el cambio y nos vamos a ver si puedo pillar la matrícula. Como haya puesto en peligro a Juan no me lo perdonaré nunca.
Al pisar la calle, el coche gris engrana la marcha y arranca con un chirrido suave, alejándose calle abajo antes de que podamos siquiera distinguir a alguien a través de los cristales.
—Vaya —digo—. Pues parece que los vigilantes tenían prisa.
—O eso o ya han visto lo que querían ver —responde enigmático—. En fin, me voy a casa a escribir un rato mi novela. Ándate con ojo.
Me despido y vuelvo a la redacción casi corriendo antes de que Valentina me castigue por pasar tanto tiempo fuera de la oficina.
—¡Novata! ¡Ven un momento! —el grito de Valentina retumba en el pasillo nada más entrar por la puerta de la oficina.
Luna me dedica una mirada desde su mesa de la entrada:
—Recuerda lo que te conté —susurra mientras se toca el ombligo con un gesto de burla.
Entro en el despacho y la jefa me señala unas hojas que tiene impresas con gráficos y anotaciones.
—Tú que te manejas con el Photoshop y esas cosas —dice, con una amabilidad que en cualquier momento se puede convertir en una bronca—, te voy a pasar unos archivos.
Necesito que prepares el dosier de estadísticas para los patrocinadores del trimestre siguiendo estas anotaciones que he escrito en las hojas. Hay que dejarlo bonito.
Vuelvo a mi mesa con las hojas y abro los documentos que me ha pasado por e-mail .
Son gráficos de la audiencia de la web y de la tirada impresa.
Me fijo en los números reales y luego en unas notas que ha escrito a mano en un margen con un rotulador rojo.
No sé si he entendido bien a qué se refiere con «ponerlo bonito», así que me acerco a su despacho de nuevo.
—Valentina... —me aclaro la voz—, aquí el análisis de la web dice que tenemos diez mil usuarios únicos mensuales, pero en la nota que has escrito a mano indica veinte mil.
Y lo mismo con los números que aparecen de visualizaciones de nuestras redes sociales.
Si inflo los números así, se va a notar que es un montaje y cualquier experto verá que los datos no cuadran…
Valentina deja de teclear y me clava esos ojos.
—¿Perdona? ¿Me estás diciendo cómo tengo que presentar las estadísticas de mi empresa?
—Su voz empieza a subir de tono—. Esos números son reales, solo que esa mierda de herramienta online no funciona bien, así que tenemos que hacer una proyección estimada de lo que realmente tenemos.
¡No me acuses de hacer montajes, niñata!
Se levanta de golpe y se mete el dedo por el hueco entre los botones de la camisa para hurgarse el ombligo mientras me grita a la cara.
Me muerdo el interior de la mejilla para no soltar una carcajada nerviosa.
Verla insultarme mientras se explora las pelusas del abdomen es la imagen más patética que he visto nunca.
—¡Haz lo que te he dicho y deja de ir de prepotente por la vida! Sin esos patrocinadores no hay sueldo para nadie, ni prácticas para ti. ¡Date prisa y tráeme el dosier listo en media hora!
Salgo del despacho para volver a mi sitio y, con un asco profundo, empiezo a manipular las barras del gráfico. Trago saliva y ejecuto sus órdenes. Necesito que vea que hago todo lo que me dice. Es mejor callar y parecer una niña tonta.
Al sentarme en mi escritorio, noto que vibra mi móvil, lo tengo en el bolsillo de mi vaquero. Lo desbloqueo esperando otra mentira de mi padre, pero no: es un wasap del número desconocido con una imagen.
En ella aparece mi tía saliendo de su turno en el ayuntamiento. Alguien le ha sacado esa foto hoy mismo. ¿Serían ellos los del coche que estaba fuera de la cafetería?
Debajo de la imagen, aparece un mensaje:
Tic, tac... El tiempo es oro. Y tu tía parece que tiene un buen sueldo en el ayuntamiento para pagar las deudas de tu padre.
Esto ya es la gota que colma el vaso. Ya está todo controlado, me había dicho mi padre en su último mensaje.
Mentira. Otra de sus malditas mentiras. Lo tengo más claro que nunca: se acabó el miedo y se acabaron los secretos.
Mi tía tiene que saberlo todo, no quiero que nadie la ponga en peligro.
Si mi padre quiere hundirse, que lo haga solo, pero a mi tía no la toca nadie.
En cuanto termine la jornada voy a ir a comisaría, ya me da igual si meter a la policía por medio empeora las cosas.