Capítulo 16
Querido diario:
Tengo las uñas negras y el carboncillo se me ha metido en las grietas de la piel. No sale ni frotando con lejía. Llego todas las noches a la cama agotada y con la espalda dolorida. Me paso las tardes enteras en la capilla haciendo láminas con dibujos a carboncillo para la Cuervo.
El lunes nos dieron las notas antes de las vacaciones y organizó el ritual de siempre.
Va llamando a su escritorio a cada alumna siguiendo el orden de las calificaciones: de la mejor a la peor.
Es humillante… Las empollonas pasan primero, recogen sus sobresalientes y notables, y vuelven a sus pupitres con una palmadita en el hombro.
La Prota estaba en primera fila presumiendo de notas y de boli nuevo.
Tiene uno de esos de diez colores que huele a fresa, y se dedicó a pintar chorradas en su agenda mientras el resto esperábamos las notas malas con castigo.
Todas las que tenemos algún penco nos tenemos que quedar de pie y formar lo que llamamos «la fila del matadero».
Cuando por fin te toca, la Cuervo te obliga a elegir tu propia condena: «Palma o puño».
Si eliges palma, la monja te cruza la cara con un sopapo que te deja un pitido del golpe en el oído durante media hora.
Si eliges puño, te suelta un coscorrón en toda la cabeza con la mano cerrada, que te hace ver estrellas y se te queda el dolor en el cráneo durante días.
Lo peor no es el dolor, es ver cómo las de delante van recibiendo lo suyo y esperar tu turno mientras la Prota y las demás empollonas nos miran desde sus pupitres con chulería.
Como sor Marisa me pilló aquella caricatura suya y sabe que dibujo bien, ahora quiere que yo le saque la carrera de Bellas Artes a su sobrina, que necesita inspiración para terminar sus trabajos.
Qué mentirosa es. El otro día la espié y sé perfectamente que firma mis dibujos con el nombre de la sobrinita.
Y yo no puedo negarme, me la tiene jurada. Si dejo de dibujar, me echan de aquí.
Yo creo que hacer esto es pecado, pero parece que las monjas pueden hacer lo que quieran. Roban a una huérfana que no le importa a nadie, luego se confiesan y aquí no ha pasado nada.
Ayer por la noche seguí con mi investigación, el caso del chico misterioso no se va a resolver solo.
Aprovechando que la mitad del internado se ha ido con sus familias por las vacaciones, me escabullí y salí a escondidas al pasillo principal, justo al lado de la gran puerta de entrada, esperando a que el chico entrara.
No sabía seguro si vendría, pero, a las dos de la mañana, el sutil tintineo de unas llaves al otro lado de la madera me puso el corazón a mil.
El plan era solo vigilar escondida, agachada en una esquina, pero el chico me descubrió con la luz de una linterna que llevaba. Se pegó un susto de muerte, frenó en seco y me acorraló contra la pared.
Se veía que estaba furioso y asustado a la vez. Directamente me susurró que ni se me ocurriera decir una sola palabra de que le había visto. Me amenazó diciendo que me quedara bien calladita si no quería buscarme un problema muy gordo con las monjas por estar fuera de la cama a esas horas.
En cuanto vio que estaba completamente aterrorizada y asintiendo como una idiota, me dejó en paz y se adentró en el edificio en silencio.
Me quedé temblando unos segundos en la oscuridad, pero la curiosidad ganó al miedo.
Así que empecé a andar detrás de él con cuidado de que no se enterara y le seguí la pista desde lejos por el pasillo principal hasta el límite prohibido donde comienzan los dormitorios privados de las monjas.
Y allí la vi. Oculta tras el marco de una puerta, envuelta en un camisón blanco que parecía un fantasma, había una chica esperando.
Me quedé de piedra al reconocerla de refilón: era la hermana de mi mejor amiga, una de las alumnas mayores de bachillerato.
Lo más raro de todo es que antes la veía en las extraescolares de la gaceta, pero hacía un montón de semanas que no se la veía el pelo.
Parece que está aquí recluida. No sé qué hace escondida de noche en la zona de las monjas, ni por qué ese chico viene a verla en secreto.
Mi mejor amiga sabe lo que pasa y no me lo quiere decir.