Capítulo 15
Esta noche no he pegado ojo esperando una respuesta de mi padre.
Para colmo, Kiwi se ha pasado todo el tiempo dando guerra.
Ese gato negro tiene una habilidad especial para dar por saco: se ha dedicado a engancharse en la base de mi cama y a abrir las puertas de los armarios de la cocina con unos golpes secos que retumban por toda la casa.
A las cuatro de la mañana me ha despertado maullando como un loco.
He visto entonces un mensaje de mi padre diciendo que no me preocupe, que ya está todo controlado.
No me creo nada y esa ha sido mi respuesta.
Mi tía me ha llevado en coche a la redacción. Durante el trayecto, he intentado actuar con normalidad, pero, cada vez que un coche se pegaba demasiado a nuestro maletero, me rayaba pensando que los matones de mi padre me persiguen para intimidarme.
Al llegar al curro, Isaac me espera en la puerta y, con un gesto rápido de cabeza, me indica que lo siga al despacho de Valentina.
—Nos vamos a hacer trabajo de campo —dice Isaac, apoyado en el marco de la puerta. Vamos a visitar a los vecinos por la trifulca de los limones del otro día. El herido leve ya ha salido del centro de salud y quiero tener la columna de sucesos lista para mañana.
—Me va a enseñar cómo hacer las entrevistas en persona —digo yo.
Valentina aparta la mirada de su pantalla y me recorre de arriba abajo con una expresión de desprecio absoluto.
—Vamos a ver, Mónica, ¿a ti quién te ha dado permiso para salir de esta redacción? Esto no es una casa de putas donde cada uno entra y sale cuando le viene en gana —suelta con un gruñido.
—Solo quiero que vea cómo se trabaja fuera, jefa —interviene Isaac con una sonrisa que parece tener el poder de desarmarla—. Prometo traerla de vuelta sana y salva antes de comer.
Valentina suelta un bufido y agita la mano para que nos larguemos.
Salimos de allí a paso rápido y, en lugar de ir a los huertos, Isaac me guía hacia una cafetería apartada alejada del puerto. Una vez sentados con dos cafés, se inclina sobre la mesa.
—Bueno, ya estamos en marcha. Vamos a aparcar lo de los limones un rato, que ya tengo un par de testimonios y eso lo redactamos en diez minutos —susurra—. Quiero que hablemos del pendrive .
—Anoche estuve revisando un poco todo. Me pareció muy extraño ese contrato con el periódico.
—Exacto. Tengo mis sospechas contra el patronato. Yo creo que le tiene comprado su silencio a Valentina porque suelta mucha pasta para que el periódico se mantenga. El Faro no es un diario lucrativo que digamos.
—¿El patronato? Perdona, es que no sé muy bien cómo funciona eso.
—Son los que ponen la pasta en el internado y, por lo tanto, los que mueven los hilos y toman todas las decisiones.
Familias influyentes de la isla, empresarios, políticos y personalidades con mucho poder aquí.
¿O de verdad te crees que un internado de élite se financia solo con las limosnas de la Iglesia y el pago de unos pocos padres pijos?
—Vale, sí, ahora entiendo cómo va el tema. Vi los documentos con las transacciones de patrocinadores y también la foto de mi madre entre los archivos —admito—. Estaba recibiendo un premio de parte de Valentina de joven. Bueno, asumo que era ella, pero está muy cambiada, claro.
—Sí, es ella. Tendría unos treinta y pocos años en ese momento —Isaac asiente—. Esa foto es de un concurso de relatos que organizó la gaceta escolar.
—Es que le pregunté a mi tía y me dijo que mi madre estuvo en la gaceta estudiantil.
—Sí, eso es. En esa época ya dirigía El Faro y le encantaba ir allí a formar a las niñas que escribían y a supervisar personalmente la revista escolar. ¿Te ha contado algo más tu tía?
—Bueno, dice que no sabe nada del tema del incendio, más allá de lo que contaron en su momento, así que no sé si voy a poder investigar mucho en casa.
Pero veré si puedo rascar algo más en otro momento, que tampoco quiero involucrarla en la investigación.
Ella misma me ha dicho que, si Valentina me ha pedido quedarme al margen, que no me meta en líos.
—Bueno, eso es lo que estamos haciendo, ¿no? —Isaac suelta una risa—. Estamos siendo formales y no nos estamos metiendo en líos.
Después consulta su reloj de pulsera y se gira hacia la entrada. Justo en ese momento la campanilla de la puerta suena con un tintineo metálico y entra en la cafetería un hombre mayor que viste una gabardina calada por la lluvia y aprieta una gorra entre las manos con un nerviosismo evidente.
Busca con la mirada por todo el local, hasta que sus ojos se clavan en los nuestros.
—Buenos días, Juan. Siéntate —dice Isaac levantándose para saludar. Luego, me mira fijamente—. Mónica, él fue el perito encargado de evaluar los daños tras el incendio del internado.
El hombre se sienta en la silla de madera con un suspiro sin quitarse la gabardina. Isaac le hace una señal al camarero para que traiga otro café antes de que el hombre llegue a abrir la boca.
—Me ha costado venir, no te creas. Ya te lo dije por teléfono —dice el hombre con voz rasposa, mirando de reojo hacia la entrada—. Tengo el corazón que se me sale del pecho.
—Lo sé y te agradezco mucho que estés aquí —responde Isaac con suavidad—. Estamos en confianza.
—Os cuento lo que sé y me voy rápido. No quiero estar aquí más de lo necesario —dice Juan, con una urgencia en la voz que delata su nerviosismo.
—Perfecto, vamos al grano —respondo.
—Yo fui el primero en entrar en la capilla después de que apagaran el fuego —empieza a decir, bajando tanto la voz que tengo que inclinarme para oírlo entre el ruido de las tazas—.
El calor todavía se sentía en las suelas de mis botas.
Hice mi trabajo, como siempre lo había hecho, y redacté un informe.
Aquello no fue un descuido por unas velas encendidas.
Las marcas de quemado demostraban que había varios focos claros.
El incendio fue intencionado, no tuve ninguna duda técnica.
Guardé una copia de aquel informe, que es el que te di hace unos días.
—¿Y sabes por qué no aparece en el sumario oficial?
—Yo lo entregué a los agentes, pero a los dos días alguien dejó un sobre en el buzón de mi casa. Dentro había una suma de dinero que yo no habría ganado ni en diez años de peritajes... Había una nota que decía:
El incendio del internado ha sido un accidente fortuito. Debe revisar su informe por el bien de todos, no queremos que haya más accidentes.
El hombre traga saliva con dificultad y sus manos, apoyadas en la mesa, empiezan a temblar ligeramente.
—Para mí fue una clara amenaza y tuve miedo.
Y lo tengo ahora. Así que hice lo que me pidieron.
Redacté esa sarta de mentiras y avisé a los agentes de que había cometido un error en mi informe inicial, indicando que lo había contrastado con un colega.
El agente que llevaba el caso no puso ninguna pega por ese ajuste, algo que tampoco me extrañó, sabiendo que alguien estaba detrás queriendo tapar el asunto.
Pero yo no he tenido la conciencia tranquila ni un solo día.
Tengo guardadas pruebas de todo, de los sobornos y amenazas.
He querido contarlo muchas veces, pero tenía miedo de las consecuencias.
—¿Nos puedes dar el nombre de ese agente? —dice Isaac.
—No merece la pena porque murió hace años; además, no quiero que esto salga de aquí.
He venido porque me insististe, pero, si mi nombre aparece en alguna parte, lo negaré todo.
Solo soy un viejo jubilado que quiere morir en paz, pero Clara...
—Se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos—.
Esa niña no me deja dormir. Cada vez que cierro los ojos, me pregunto si con mi informe real habrían atrapado a quien provocó su muerte.
—Has hecho bien en contarnos todo esto —le digo con un gesto de agradecimiento—. Con esto, al menos, podemos tirar del hilo y destapar la verdad para que se haga justicia.
Cuando Juan se despide y sale por la puerta, me dirijo hacia Isaac con mil preguntas sobre los archivos del pendrive deseando salir por mi boca, pero me callo en cuanto le veo la cara.
Tiene los ojos clavados en algo que hay detrás de mí, al otro lado del cristal de la cafetería. Se le nota en la expresión que lo que sea que está viendo le tiene mosqueado.