Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Ahora

Es la alumna que recibe el diploma con el uniforme de cuadros azul marino, el pelo oscuro y esos ojos negros que reconozco cada mañana en el espejo: es mi madre.

Tendría unos quince o dieciséis años en ese momento.

A su lado, otras tres chicas de diferentes edades sostienen sus trofeos.

Juraría que una de ellas es la niña que murió en el incendio.

¿Qué pintan Valentina y mi madre juntas en una foto de archivo del caso?

Quizás es una casualidad, porque mi madre estudiaba allí; o quizás por eso Isaac quiere que hable con mi tía y tire del hilo.

De todas formas, que salgan en la foto juntas no implica nada.

Me pregunto qué vínculo tenía Valentina con el internado en ese momento.

Abro una carpeta titulada «Informes periciales» y veo una copia escaneada del borrador del perito del seguro, escrito la misma noche del incendio. Es un documento que parece rápido e improvisado, como para pasarlo después a limpio, sin los adornos burocráticos del informe oficial.

Isaac ha dejado una nota al margen: «Varios focos simultáneos y distantes. Cambio de ubicación del cuerpo».

El incendio se declaró oficialmente como un accidente: se dijo que unas velas olvidadas en la entrada de la capilla prendieron los tapices de la pared, bloqueando la única vía de salida.

Pero los datos de este primer borrador cuentan una historia muy distinta.

El técnico anotó la presencia de múltiples focos de ignición que no encajaban con un descuido.

Además, en sus notas originales se especificaba claramente que encontraron a la niña atrapada dentro de la sacristía.

Por tanto, alguien se encargó de reescribir el informe final: redujeron el origen a un único foco y cambiaron el punto del hallazgo, situando el cuerpo de Clara en la capilla, fuera de la sacristía.

A esto se refería Isaac. Parece que alguien compró el silencio del perito.

Paso a la siguiente carpeta, «Testigos no oficiales».

Ha recopilado un listado de las alumnas del curso de la víctima, que ahora tendrán unos cuarenta o cuarenta y un años.

Son monjas, profesoras y cualquier empleado del internado de ese año.

Muchas de las alumnas tienen apellidos ilustres de la isla. También está mi tía en el listado.

Pero Isaac ha ido más lejos, también ha rastreado movimientos de dinero.

Abro el documento titulado «Financiación y patrocinios». Lo que encuentro no es solo una lista de nombres de patrocinadores de los años 90. Hay anotaciones de Isaac en las que dice que son grandes empresarios y políticos que aún hoy tienen mucho poder dentro y fuera de Isla Ballena.

También hay un historial de facturas emitidas por el internado a favor del periódico El Faro .

No hace falta ser un genio de las finanzas para ver que algo no cuadra.

Los pagos son exorbitantes, cifras que no tienen sentido para el presupuesto de publicidad de un centro religioso, ni para las tarifas de un diario local de nuestras dimensiones.

Son cantidades que seguramente están comprando mucho más que un faldón de página o un banner en la web.

Localizo una copia escaneada del contrato marco de colaboración.

La fecha de la firma es de 1998, unos pocos días después del incendio.

Viendo las facturas y el contrato en el concepto «Promoción de las Esclavas del Sagrado Corazón», el internado comenzó a inyectar un flujo de dinero constante en las cuentas del periódico. Qué casualidad…

—¡Mónica! ¡La cena está lista! —grita mi tía desde la cocina.

Con el susto de su voz cierro el portátil de golpe de manera instintiva, como si me hubieran pillado cometiendo un crimen.

Intento convencerme de que Isaac es un conspiranoico y que todo son puras casualidades.

No sé si estoy preparada para remover los trapos sucios de gente tan poderosa.

Si hasta ahora no se ha investigado sobre el incendio y se ha mantenido todo como un accidente, quizás no hay nada que buscar. O quizás hay demasiado que esconder…

Debería hacerle caso a mi tía. Tendría que redactar ese publirreportaje de mierda, terminar las prácticas y dejarlo correr.