Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Querido diario:

Hace mucho que no escribo. Hoy me tiembla tanto la mano que me cuesta mucho sujetar el boli. Estoy escribiendo fatal. ¡Qué letra más fea me está quedando!

La Prota está en su dormitorio presumiendo de que sus padres le van a traer mañana la revista Super Pop nueva.

Dice que sale Leonardo DiCaprio en el póster central.

Me importa una mierda su revista. Ojalá la vean las monjas, le digan que es pecado y se la quiten para quemarla en el patio delante de todas.

Me duele la mano, pero quiero dejar esto por escrito para que no se me olvide lo que ha pasado de verdad.

Las niñas que tienen padres dicen que, cuando cuentan en casa que las monjas les han pegado, siempre les responden «No será para tanto» o «Algo habrás hecho».

Pero es que la Cuervo da miedo, y más cuando saca la regla de madera. No deberían permitir esto.

Hace poco se murió el padre de una de clase y estuvo unos días fuera con su familia.

Cuando volvió, se puso a llorar en medio de la clase de la Cuervo y la muy cabrona le dijo que era una egoísta, que tendría que alegrarse de que su padre estaba en el cielo.

No sé cómo le pudo decir eso, me pareció fatal. Pobre…

Tengo las palmas de las manos hinchadas y rojas como tomates. Todo por su culpa.

Hoy en clase de Matemáticas yo no podía más con las divisiones, es mogollón de aburrido y nos ha puesto a hacer como cien.

Odio las mates y se me dan fatal, siempre penco.

He hecho unas cuantas pero me he cansado rápido.

Primero me ha dado por pinchar la goma de borrar con la punta del lápiz; después por dibujar garabatos en el margen del cuaderno, y al final he hecho una caricatura de ella: con su nariz de pajarraca, sus ojos de loca y unas alas con plumas negras.

Pero es que soy medio tonta y no tenía que haber puesto «Sor Cuervo» debajo del dibujo.

He intentado meter corriendo la hoja en el cajón del pupitre pero me ha visto desde su mesa y ahí ha empezado todo… Me ha lanzado una tiza desde lejos que me ha dado en toda la frente. Luego me ha hecho sacar la hoja y salir a la tarima delante de toda la clase.

La Prota me ha puesto una sonrisita desde la primera fila, sabiendo que a ella nunca le pasaría algo así. Es la favorita de sor Marisa, la que siempre levanta la mano antes que nadie y le limpia la pizarra para que le ponga sobresalientes. Es una idiota. Que le den.

Cuando la Cuervo ha visto el dibujo se ha puesto como una loca, en plan que hasta se le han inflado las venas del cuello.

Y enseguida ha sacado su regla y me ha hecho extender las manos con las palmas hacia arriba.

El primer golpe ha sido el peor. El segundo me ha dejado los dedos dormidos.

Para el quinto, ya no sentía las manos, solo un calor y picor insoportable.

Luego se me ha pegado a la cara y he tenido que aguantar su aliento con olor a café asqueroso mientras me gritaba. Y me ha dicho que como vuelva a dibujar en su clase me va a pencar automáticamente. Y si penco otra vez me echa del internado y me manda a vivir debajo de un puente a la ciudad.

Lo de echarme es su amenaza habitual. Sabe que, si me mandan a un orfanato de la ciudad, me separaran de mi única amiga y me quedaré sin futuro.

Aquí estoy al mismo nivel que las alumnas ricas en cuanto a las clases y puedo optar a una beca universitaria.

En cambio, en el orfanato, si no te han encontrado una familia a los dieciocho años, te dejan en la calle.

Sin padres, sin casa y sin estudios. Por eso aguanto y me esfuerzo en hacer lo que me dicen. Pero no es fácil.

Me he pasado el recreo escondida detrás del gimnasio, mojándome las manos con el agua fría del grifo de la calle para que dejen de arder.

Me daban ganas de gritar, de romperlo todo, pero no he hecho nada.

Me he tragado las lágrimas porque aquí, si lloras, te dicen que eres una débil de lágrima fácil.

Joder, joder y mil veces joder. Odio a muerte a la Cuervo y a la Prota. Las odio a todas.

Lo único que me mantiene motivada es lo que pasó ayer.

Fui al baño a mitad de la noche, para ver si el chico misterioso aparecía de nuevo como el otro jueves.

Me asomé al pasillo y vi una sombra escurriéndose hacia el ala con las habitaciones de las monjas.

Así que corrí en silencio por el pasillo y me pareció que una chica de las mayores entraba en una de las habitaciones, pero iba tan rápido que no pude ver quién era.

Luego oí susurros y la voz de un chico. Estoy segura de que era el de siempre, pero tengo que descubrir quién es ella.