Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Dos semanas después

He sobrevivido a mis primeras dos semanas en la redacción de El Faro , y la verdad es que me siento más como una mecanógrafa de oficina que como la periodista de investigación que soñaba que sería.

Mis grandes exclusivas hasta ahora han sido: un perro que mordió a un niño en la plaza del ayuntamiento, el rescate de un pescador que salió a faenar con mala mar y acabó con el barco encallado en las rocas, y una serie de reportajes infumables para los patrocinadores del periódico.

Básicamente, publicidad disfrazada de noticias donde tengo que alabar las bondades de la nueva ferretería del puerto o la tradición familiar de la panadería local, y muchas publicaciones en redes sociales.

Supongo que es el peaje que me toca pagar como becaria, o eso es lo que me recuerda Valentina cada vez que me asigna un trabajo.

Al menos, la presión en casa parece haber dado un respiro. No he vuelto a recibir ni un solo mensaje de los matones de mi padre. Quiero creer que, por una vez en su vida, ha pagado sus deudas y me va a dejar en paz. Necesito olvidarme de él, así podré concentrarme en no meter la pata en el trabajo.

El ambiente en la oficina es una lotería, las pequeñas o grandes broncas son el pan de cada día y nunca sabes cuándo va a ser tu turno para que la tome contigo por cualquier nimiedad. Cada día me recuerdo que serán solo tres meses para poder cumplir con el expediente y sacarme el máster.

—¡Mónica, ven un momento! —me grita Valentina desde su despacho nada más entrar por la puerta de la redacción.

Aunque esta vez su tono no es el de las grandes broncas, el estómago se me encoge de forma instintiva. Es lo que tiene trabajar aquí: nunca sabes si te llama para felicitarte, para pedirte un café o para hundirte la moral por una coma mal puesta.

Cruzo el umbral intentando recomponer el gesto. Valentina está sentada tras su mesa, envuelta en una nube de humo tabaquero como de costumbre.

—Te voy a dar un nuevo artículo —dice, señalando la silla que hay frente a ella para que tome asiento—.

Se acerca el 28 aniversario del incendio del internado de las Esclavas del Sagrado Corazón.

Es una fecha señalada para el pueblo y siempre sacamos una página especial con algo conmemorativo. Digamos que es una especie de homenaje.

Me enderezo en la silla. ¡Qué emoción! Mi primer caso de verdad en la isla.

—He leído alguna vez sobre lo ocurrido —respondo, intentando sonar informada—. Falleció una niña a finales de los noventa, ¿no?

—Así es. Se llamaba Clara Miranda. Fue un trágico accidente por unas velas en la capilla. Nada más —sentencia ella, restándole importancia al asunto.

—Pues gracias, me encantará investigarlo y darle su espacio a la víctima.

Valentina suelta una risotada ronca que termina en una tos seca.

—De eso nada. Rebaja esos aires de grandeza, novata.

Es un reportaje muy sencillo. Solo tienes que copiar el texto de otro año y cambiarlo un poco.

Pactáis una cita con las monjas, vas allí con Isaac y hacéis algunas fotos.

El internado es uno de nuestros patrocinadores más antiguos y no quiero líos, ¿ha quedado claro?

—Claro —digo, apretando los dientes. Mi entusiasmo se desinfla de golpe.

—Que Isaac te pase ejemplos. Sigues el esquema, cambias un par de adjetivos y hablas de cómo han mejorado las instalaciones desde entonces. Es un mero trámite que puedes compaginar con el resto de artículos que tengas a partir de ahora con él.

—Entiendo. Un reportaje de aniversario —digo, aunque por dentro me está tocando la moral. He estudiado periodismo para investigar, no para redactar panfletos publicitarios.

—Exacto. Quiero un borrador del artículo antes de que acabe la semana.

Me levanto para salir, pero su voz me detiene justo antes de tocar el pomo.

—Una cosa más. Nada de exalumnas y nada de vecinos con ganas de chismorreo. Ni se te ocurra buscar polémica y limítate a las fuentes oficiales.

Salgo del despacho y me acerco a la mesa de Isaac para pedirle algunos ejemplos de aniversario del incendio antes de sumergirme de nuevo en mi ordenador.

Me pasa una carpeta compartida por e-mail con los artículos de los últimos cinco años.

Son como fotocopias unos de otros con frases hechas tipo «una tragedia inolvidable», «la luz de una estrella que se apagó» y fotos de archivo de la fachada rehabilitada. Es un trabajo muy aburrido.

Paso un par de horas frente al monitor revisando todo, cuando me devuelve a la realidad una sombra sobre mi mesa. Levanto la vista y me encuentro con Isaac. Se ha puesto la chaqueta y parece que se va, pero se detiene a mi lado, apoyando una mano en el borde de mi escritorio.

—¿Quieres saber la verdad sobre el internado? —pregunta en un susurro apenas perceptible.

—Me muero de ganas —respondo.

Se asegura de que los compañeros están absortos en sus pantallas y de que la jefa no asome la nariz desde su despacho. Entonces, con un movimiento rápido, desliza un objeto pequeño sobre mi alfombrilla de ratón: un pendrive metálico.

—¿Qué es esto? —susurro, cubriéndolo con la mano por instinto.

—Mis apuntes de verdad. Llevo tiempo documentándome para mi nuevo libro y te aseguro que la versión oficial hace aguas por todas partes. Lo del accidente en la capilla es una milonga. Además, en el pueblo siempre ha habido otros rumores.

—¿Y cuáles son esos rumores?

—Pues te resumo lo importante: siempre ha habido sospechas de que se usó ese supuesto accidente para borrar algo turbio que estaba pasando allí dentro. Todavía no sé qué.

—Ya, pero ¿tú también crees que fue intencionado? —le pregunto escéptica.

—Bueno, es evidente que los detalles no cuadran. Ya lo verás en lo que te he pasado, pero es mejor no seguir hablando de esto aquí.

—Pero Valentina me ha dicho que no remueva el tema...

—Ni caso a Valentina. ¿Tú no querías aprender a investigar de verdad?

—Claro, por eso estoy aquí. Pero ¿por qué me cuentas esto a mí? —suelto por fin, apretando el pendrive en el puño.

—Bueno, sé que tu tía y tu madre estuvieron en ese centro.

Y ya que te han asignado el caso, necesito que investigues y le saques información a tu tía.

Ella fue a la misma clase que Clara Miranda —dice con una sonrisa de complicidad—.

Contigo tiene confianza y puede que te cuente detalles que se me han pasado por alto.

—Como Valentina se entere de que estoy investigando por mi cuenta se me va a caer el pelo…

—Valentina puede decir lo que quiera. Si alguien pregunta, yo asumiré la responsabilidad.

Considéralo un regalo por ser mi mentorizada.

Tengo tu móvil. Te escribo y seguimos hablando en otro momento, pero, por favor, que nadie vea lo que tiene ese pendrive , ni siquiera tu tía.

Sácale lo que puedas, pero que no sepa que ando investigando.

Nos intercambiamos los teléfonos, Isaac me guiña un ojo y se marcha sin decir nada más, dejándome allí con el corazón a tope.

Escondo el pendrive en un bolsillo de mi mochila, como si fuera un objeto prohibido.

Lo abriré en casa cuando esté sola. Aquí no me fío de nada ni de nadie, lo mismo la jefa tiene acceso remoto a nuestras pantallas o cualquier compañero puede asomarse en el momento menos oportuno.