Capítulo 9
Ahora
La primera caña me baja por la garganta como si fuera un bálsamo reparador. Después del mensaje de los cobradores de mi padre y de la bronca de Valentina, necesitaba un poco de evasión entre risas.
Al terminar la jornada, media hora más tarde del horario oficial, nos hemos juntado en el bar El Puerto con el círculo de confianza del que me hablaba Luna.
Este local es camaleónico: cafetería por la mañana, casa de comidas al mediodía y el refugio perfecto para las cañas al caer la tarde, antes de transformarse en el templo de los cubatas el fin de semana.
Mi tía me contó que, en sus tiempos, era el karaoke donde se reunía toda la gente joven de la isla.
—Bienvenida al gabinete de crisis —dice Luna, dándole un trago largo a su pinta—. ¿Cómo llevas lo de ser el nuevo juguetito de la Loca?
—Bueno, aún estoy procesando que me haya gritado sin venir a cuento. Ya veo por qué la llamáis así —respondo y todos se ríen.
—Es que no la conoces. —Luna se inclina sobre la mesa, bajando la voz—. Yo, que le llevo la agenda, las facturas y hasta las citas del dentista, podría escribir una trilogía de terror. Sabéis lo de su hijo, ¿no? El Joyita...
—He oído algo de que está ingresado en un hospital en Colombia, ¿no? —comenta Isaac.
Luna suelta una carcajada.
—¿En un hospital? Así es como llama la jefa a la cárcel de Bogotá.
El pieza lleva un mes dentro por tráfico de drogas, pero ella sigue diciendo a cualquiera que le pregunta por teléfono que tuvo un accidente con la moto allí y que se está recuperando.
Se inventa unas películas dignas de Óscar para que nadie sospeche que tiene al hijo entre rejas.
—Increíble —murmuro.
—Y si me preguntáis a mí, os digo que el chaval es una perla seguramente, porque es adoptado —añade Luna, encogiéndose de hombros—. Se ve que se lo contaron cuando era un adolescente y desde ese momento la empezó a liar de mala manera. Lo típico de los adoptados, que les da por ahí.
Le doy un sorbo a mi cerveza, sorprendida por el comentario.
—Y eso no es nada —interviene Marcos, uno de los compañeros—.
Rober, su marido, es el que hace de comercial en la redacción.
Otro fenómeno. Se pasa el día fuera supuestamente buscando patrocinadores, pero lo único que busca es el restaurante con la mejor carta de vinos para invitar a sus colegas a jamar a costa del periódico.
No da un palo al agua, pero siempre está rodeado de gente importante de la isla.
—Y luego está Ana, la hermana de la jefa —añade Sebas, otro redactor—. Que es muy maja, sí, pero nadie sabe qué hace exactamente allí sentada ocho horas al día. Está por estar para cobrar su paguita, como si fuera parte del mobiliario. Chupa del bote desde que tengo memoria.
Luna me da un codazo y se asegura de que no haya nadie conocido cerca.
—Escucha, Mónica, te voy a dar el secreto para sobrevivir a sus broncas sin acabar llorando.
La próxima vez que te grite, fíjate en lo que hace con su mano.
Cuando lleva camisa tiene una manía asquerosa: se mete el dedo por el hueco entre los botones y se hurga el ombligo sin darse cuenta.
Da igual que estés delante, tú fíjate, que ya verás cómo lo hace.
Casi escupo la cerveza. Me imagino la escena de Valentina gritándome mientras se explora el ombligo en busca de una pelotilla y siento que, a partir de ahora, va a ser imposible tomarla en serio. ¡Qué bien me está sentando esta quedada postrabajo!
—Y un aviso más —dice Luna entre risas—: si algún día la ves entrar con el traje estampado de Animal Print es que tiene una reunión importante.
Se pone una blusa vaporosa y el pantalón de leopardo a juego para ir de elegante.
Lo llamamos «el traje de leona». Ese día está más hortera que de costumbre.
La conversación fluye entre risas, pero Isaac se pone serio un momento y me mira fijamente.
—En serio, cuídate de esta loca, no dejaré de advertírtelo.
Una de las redactoras lleva un año de baja por estrés…
A la pobre se le caía el pelo a mechones de la ansiedad.
Y encima la muy perra de la jefa se pasa el día poniéndola a parir por cobrar la baja y no trabajar. Manda huevos… ¡Qué impotencia!
—A ver, Isaac, tampoco seas tan duro, que las cosas no son solo blancas o negras —interviene Sebas—.
Valentina es una déspota y una histérica, sí, pero es que está desquiciada porque este periódico es como su bebé.
Yo creo que es tan exigente porque se está dejando la vida en esto.
No os imagináis la de horas que mete. Es la primera en llegar y la última en irse, trabaja hasta los sábados y domingos si hace falta.
Todos en la mesa guardan silencio, sorprendidos por el cambio de tono. Él continúa, bajando la voz:
—Cuando llegó la crisis de la prensa en papel y caímos en picado, no llegaba ni con el dinero de los patrocinadores ni con las subvenciones.
Estuvimos a dos días de cerrar. ¿Y sabéis lo que hizo?
Hipotecó su propia casa para poder hacer frente a todas nuestras nóminas y que nadie se fuera a la calle.
Todo el dinero que saca de donde sea va directo a mantener el periódico a flote.
Hay que valorar que carga ella sola con toda la estructura y encima le da trabajo también a su familia.
Normal que salte a la mínima y se vuelva loca si todo depende de ella.
—Ya, si todos sabemos que es una adicta al trabajo —dice Luna, rompiendo la tensión del momento—. Pero las formas la pierden.
—Lo que tú digas, pero se puede ser trabajadora sin ser una gilipollas. A mí no me valen las excusas —suelta Isaac.
Me quedo un momento descolocada, asimilando la información. Le miro de reojo, sorprendida por la hostilidad de su tono. Es evidente que Isaac es un justiciero, pero tiene pinta de que, cuando alguien se le cruza, es incapaz de ver los matices grises de las personas.
—Hipotecar tu casa es una putada, de acuerdo, pero eso no te da derecho a triturar psicológicamente a la gente que tienes a tu cargo ni a humillar a una tía hasta que se le caiga el pelo por ansiedad —continúa Isaac, con una vehemencia que roza la soberbia—.
Cada uno arrastra sus propias mierdas en casa y no por eso vamos pagándolo con el primero que pasa.
Lo siento, pero las dinámicas de esclavo y señor se terminaron hace siglos.
Ya le he parado los pies a Valentina en más de una ocasión para defender a compañeros.
Sé perfectamente que conmigo no se atreve a cruzar según qué líneas.
—Claro, habla el intocable —le suelta Luna con una sonrisa socarrona, intentando rebajar los humos de la mesa—.
A ti te resulta muy fácil ponerte así de digno porque tienes enamorada a la jefa, listo.
Que eres su ojito derecho y contigo se le cae la baba.
Sabe que como te toque las narices le dejas la sección de sucesos vacía, y no está la cosa como para perder a su chico de oro.
Isaac casi se atraganta con la cerveza.
—A ver, por favor, lo primero: un respeto al exquisito gusto de Valentina —le rebate él, siguiéndole la broma—.
Es verdad que la tengo encandilada y sé cómo manejarla.
Si es que lo nuestro es como un matrimonio de conveniencia.
Y segundo, yo estoy maravillosamente soltero, sin compromisos y, además, sabéis de sobra que a mí me van los tíos, así que la pobre no tiene nada que hacer conmigo. ¡Qué más quisiera ella!
Sebas se ríe y señala a Luna con la botella.
—Bueno, Luna, tú tampoco te quedas corta —dice Sebas—. Que eres su pelota oficial. Y Valentina trata de disimular que tú eres su favorita soltándote algún pequeño rapapolvo de vez en cuando, pero se nota a kilómetros que no sabe qué haría sin ti.
La mesa estalla en carcajadas y Luna le lanza una servilleta de papel arrugada a la cara mientras niega con la cabeza con un gesto cómplice. La tensión que se había instalado se disipa de golpe con el cachondeo y las bromas.
—Bueno, el caso es... ¿vosotros creéis que la chica de la baja va a volver con este panorama? —pregunto yo, aliviada de que el ambiente haya vuelto a la normalidad y de que Isaac haya bajado un poco los humos.
—Ni de broma —dice Luna—. Así que, si aguantas el tirón, no te vuelves loca y aceptas cómo es esto, igual cuando acabes las prácticas te ofrece un puesto fijo. Otra cosa es que te compense quedarte aquí.
La idea de quedarme en este sitio me aterra, pero tener un sueldo una temporada para engordar el currículum y hacer colchón para poder alquilar un piso en la ciudad me atrae mientras busco otra cosa.
Total, ya veo de qué palo va la jefa, solo tengo que aguantarla un poco, entender de dónde vienen sus histerias, decir que sí a todo y ya está.