Capítulo 7
La voz de Valentina ha perdido esa amabilidad de primera hora de la mañana. Parece que ahora tengo un mote en vez de un nombre. Cruzo la sala en medio de ese silencio incómodo y noto cómo Isaac me sigue con la mirada, con una mezcla de curiosidad y advertencia.
Entro en su cueva de humo rancio, preguntándome si me va a dar una buena noticia o si me va a echar mi primera bronca por algún motivo que desconozco. Viendo cómo ha actuado con Luna esta mañana, me espero cualquier cosa.
Me quedo de pie frente a su escritorio mientras ella fuma y sigue tecleando, ignorándome con una parsimonia insultante.
No quita la vista de la pantalla. El silencio del despacho hace que el sonido de sus dedos contra el teclado sea insoportable: clac, clac, clac...
Esta mañana, con los nervios de la llegada, no me he fijado, pero lleva unas uñas granates de porcelana demasiado largas que chocan contra las teclas.
Se nota que hace más de un mes que no pasa por el salón de belleza, porque tiene su uña natural crecida varios milímetros por la base.
No dice ni una palabra durante casi un minuto y yo sigo aquí plantada como un mueble, esperando a que se digne a reconocer mi existencia. ¿Hola? Estoy aquí.
Cuando por fin me mira, me indica la silla con un gesto de barbilla. Obedezco y espero sus palabras con inquietud.
—Mira, tú que eres joven, avispada y te pasas el día con el móvil en la mano, vas a llevar las redes sociales del periódico —me dice en plan colega, señalando una pantalla donde tiene abierto Facebook—. Ya he publicado alguna cosa. Dime a ver qué te parece.
Alucino. Yo he venido aquí para investigar sucesos y patear la calle, no para hacer de community manager . Lo que me faltaba. Paso de que me ponga al frente de las redes sociales a publicar sin parar, no he venido aquí para eso. Además, ¿Facebook? Esta mujer va con diez años de retraso.
Miro a Valentina y me muerdo la lengua a tiempo. Es mi primer día y me toca apechugar, que se vea que soy colaboradora. Así que me acerco y veo un desastre de publicaciones con letras de colores estridentes y fotos pixeladas que dan vergüenza ajena.
—Bueno, creo que podríamos darle una vuelta al diseño —le digo intentando ser diplomática—. Y quizás también movernos a Instagram, que Facebook ya no tiene tanto tirón. ¿Quieres que pruebe a...?
Se gira hacia mí con una rapidez felina y el tono amigable se esfuma de un plumazo.
—Vamos a ver… Tú no me vas a decir lo que está mal —dice subiendo el tono—.
He hecho un curso de esto y sé perfectamente lo que me hago.
Limítate a subir lo que yo te diga y no te las des de lista, que aquí la que lleva más de treinta años en el negocio soy yo.
¡Lo que me faltaba! Que es tu primer día, novata.
—Como tú digas —respondo tragándome la bilis.
¿No me acaba de decir que le dé mi opinión? No entiendo nada.
Salgo del despacho conteniendo la ira a duras penas, sintiendo que la cara me arde y que estoy roja como un tomate.
Camino directa hacia el escritorio de Luna, que está justo al lado de la máquina de agua mineral.
Me tiemblan las manos un poco mientras agarro un vaso de plástico y lo lleno hasta el borde.
El chorro helado es lo único que parece apaciguar el incendio que me ha provocado esa mujer en el pecho.
—¿Estás bien? —me dice Luna.
—Me acaba de caer mi primera bronca nada más llegar… —le susurro antes de darle un trago largo—. Necesito beber agua para no acabar con un ataque de ansiedad o gritándole algo de lo que me arrepienta. ¿Valentina siempre es así de encantadora ?
Luna levanta la vista del teclado y se asegura de que nadie más nos esté escuchando.
—Tranquila, respira —me dice bajando la voz—. Te acostumbrarás.
—No sé yo… Es mi primer día y ya empiezo mal.
—Oye, ¿por qué no te vienes a tomar unas cañas después de currar? Hoy como todos los jueves nos juntamos Isaac, un par de compis y yo en el bar de aquí al lado. Vente, que te vas a reír, te lo prometo.
—La verdad es que me viene genial tu invitación para ir cogiendo confianza con la gente de la redacción.
—Ya verás qué bien te va a sentar. Además, te contaré un par de anécdotas que te van a servir de amuleto. Y después, cada vez que Valentina te monte un pollo, te acordarás de lo que te conté y te entrará la risa floja en su cara.
Se inclina un poco más hacia mí, apoyando los codos en la mesa.
—Entre nosotros nadie la llama Valentina. Cuando no están su hermana o su marido delante, todos nos referimos a ella como «la Loca». Te acostumbrarás a esto, ya verás.
La Loca. Me pregunto cuántas broncas habrá montado Valentina para ganarse ese apodo entre la gente. Vuelvo a mi escritorio con el sabor del agua fría aún en la garganta y una pequeña chispa de alivio gracias a las palabras de Luna.
Miro el reloj. Quedan como mil horas para que la jornada termine. Intento concentrarme en las redes sociales de las narices y que se pase la tarde lo más rápido posible. Tengo ganas de que Luna me cuente cotilleos sobre esta oficina.