Capítulo 6
—¿Dónde estás? Te he llamado un montón de veces. —La voz de mi padre me responde al otro lado del teléfono con el inconfundible clinc-clinc de las tragaperras de fondo—. Esta mañana he visto tu nota.
—Me he ido de casa y estoy en Isla Ballena con la tía.
—¿Cómo que te vas de casa? No me hagas esto, por favor, que soy tu padre…
—Escúchame bien —le digo, intentando que no me tiemble la voz de rabia—: tus cobradores me están acosando. ¡Saben mi número y dónde trabajo!
—No sé de qué me hablas. Será un error, hija...
—¡No es un error! ¡Paga tus deudas ya o te juro que cambio de teléfono hoy mismo y no volverás a saber de mí en la vida! ¿Me oyes? ¡Se acabó!
Cuelgo sin despedirme y me quedo respirando como un miura, con los pulmones ardiendo por el aire frío. Ya está, ya está. Cálmate, Mónica. Me fuerzo a relajar los puños. Tengo que ensayar una cara normal antes de entrar en el bar donde he quedado para comer.
El bar El Puerto está a reventar a esta hora.
Es el típico sitio de madera con serrín en el suelo donde se mezclan los marineros, los obreros y los funcionarios del ayuntamiento que buscan el menú del día.
Al entrar, veo que mi tía me saluda desde una de las mesas del fondo, agitando una mano con su energía habitual.
—¡Menuda espantada esta mañana! —me dice en cuanto me desplomo en la silla—. Me he levantado y la casa estaba desierta. La próxima vez espérame, salimos juntas y te traigo en coche, que no quiero que te cales hasta los huesos todos los días.
—Bueno, es que me he levantado bastante pronto y necesitaba caminar —le digo, intentando que no se me note en la cara la reciente bronca telefónica con mi padre. No quiero intoxicarme yo sola hablando de ello de nuevo.
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal el primer contacto con el mundo del periodismo? ¿Has sobrevivido a Valentina?
—De momento sí. Se nota que es... especialita —suelto con un suspiro—. Pero he tenido suerte porque me han asignado a un compañero muy majo como tutor para las prácticas. Se llama Isaac, tiene muchísima experiencia y ha trabajado en el extranjero, así que creo que voy a aprender bastante con él.
—Ah, yo creo que le conozco de vista. Tendrá más o menos mi edad —dice mi tía, pensativa—. Publicó un libro sobre una historia que ocurrió en la isla, ¿no?
—Sí, ese mismo —asiento y le doy un sorbo rápido al vaso de agua que me han puesto delante—. También me han presentado a Luna, la secretaria. Parece maja y creo que tiene más o menos tu edad.
—¿Luna? Pues no me suena de nada. Igual la conozco de vista, pero ahora no caigo. No te creas que me conozco a toda la isla, que no somos tan pocos.
Justo en ese momento, el camarero nos sirve una ensalada en el centro de la mesa. Mi tía aprovecha el parón del servicio para dejar a un lado el tema de la redacción.
—Oye, cambiando un poco de tercio —dice—. He pensado que este fin de semana podríamos hacer algún plan juntas. Salir a bailar y tomar unos cubatas, o si no tienes ganas de fiesta y no llueve, dar un paseo largo por la zona del faro. Tenemos que hacer planes divertidos para que desconectes un poco.
—Ese es otro asunto. Que yo disfruto mucho contigo y tus amigos, pero es que no te quiero acaparar durante tres meses…
En verano era fácil porque venía un par de semanas para estar contigo y ya está, pero ahora no quiero que tengas que estar pendiente de mí.
Tienes tu vida, tus hobbies , tus amigos... No quiero ser una carga.
—¿Una carga? ¡Por favor! —Ella me mira como si estuviera loca—. Sabes que me encanta tenerte en casa y a los de mi grupo les caes muy bien.
—A ver, que a mí también, pero que yo soy una cría para vosotros. Os gusta otro tipo de música y otro ambiente, no sé. Creo que no encajo demasiado. Además, tengo que dedicar tiempo a hacer el trabajo del máster.
—Bueno, ya lo pillo, somos unos boomers para ti.
—Que no es eso…
—¿Y por qué no invitas a tus amigas de la ciudad a pasar algún que otro finde? Así salís juntas y te diviertes un poco, que hay un par de pubs en el puerto para gente de tu edad.
Suelto un resoplido.
—¿Qué amigas? ¿Las que eligieron el bando de mi ex en cuanto rompimos?
Mi tía deja el tenedor en el plato, sorprendida.
—Vaya... Pensaba que todavía salías con ellas.
—Pues sin más. Al principio insistí en seguir quedando, pero eso ya se acabó hace unas semanas porque veía que pasaban de mí y al final preferí cortar por lo sano.
Parecía que tenía que estar yo siempre detrás de la gente, mendigando planes.
Además, cada vez me daban largas porque él está metido en todo lo que hacen.
—Vamos, que no eran tan amigas. Mejor para ti haberte dado cuenta a tiempo, así te lo digo.
—Exacto. Eran solo gente con la que pasaba el tiempo y salía de fiesta. Gente de relleno.
—Bueno, pues ya estás pasando página. Fue una ruptura fea, pero ya está. Hay que mirar hacia delante.
—Y tanto que fea —noto cómo la voz se me afila—.
No solo me ha robado a mis amigas de toda la vida.
Me puso los cuernos con media ciudad. En cuanto me enteré y le monté el pollo que se merecía, me puso de loca.
Pero claro, el malo no fue él, no, fui yo, porque soy la que tiene «problemas de autocontrol y se pone violenta».
El muy cabrón quedó ante todo el mundo como el pobre santo que aguantaba a una histérica.
Siento ese calor familiar de nuevo subiendo por mi cuello, una presión que me late en las sienes. Respira, Mónica. Un, dos, tres.
—En fin, que no quiero hablar más del tema porque me cabreo —sentencio, tratando de enfriar el ambiente.
—¿Y tus amigas de la uni, Paula y Silvia? Eran buena gente.
—Pues, para dos amigas de verdad que tengo, se han ido a trabajar al extranjero. Así que aquí estamos solo tú, yo y el gato. No tengo a nadie más.
Mi tía me pone su mano caliente sobre la mía.
—Pues ya está. Me tienes a mí y este sitio te va a sentar bien, ya lo verás. Solo tienes que darle una oportunidad a la isla, seguro que haces buenos amigos. Empezando por Isaac.
Asiento, aunque por dentro me pregunto si la isla me va a dar esa oportunidad a mí. Pagamos la cuenta y salimos de nuevo al aire gris del puerto. Mi tía se va hacia el ayuntamiento y yo encaro la subida de nuevo hacia la redacción. En cuanto cruzo la puerta de la entrada, Valentina asoma la cabeza.
—Novata, a mi despacho.