Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 4
10%

Capítulo 4

Querido diario:

Hoy es mi cumpleaños y cumplo doce. Hace unos días me bajó la regla, así que se supone que ya soy mujer, o eso dicen las monjas. Aunque no hablan mucho del tema. Mejor, porque me da vergüenza.

Me han regalado este diario, así que, como es mi único regalo, escribo esto para estrenarlo.

No sé qué escribir. Blablablá. Este diario es un poco feo, tiene una pasta dura con flores cursis.

El borde de las hojas es dorado y huelen a perfume de flores, como las que intercambiábamos en los recreos en tercero.

Que en realidad eran para escribir cartas, pero las guais de clase tenían su carpeta a reventar a modo de colección.

Las tenían ahí de adorno y luego ni las usaban para cartearse con la gente ni nada.

Acumulaban hojas a lo tonto para ver quién tenía más.

El diario va con un candadito con su propia llave y ya tengo un buen escondite para que nadie pueda encontrarlo ni abrirlo, porque aquí no te puedes fiar de las compañeras…

Así que nadie puede leer lo que escribo y nadie puede decirme lo que poner aquí dentro.

Las monjas podrán mandar en clase, pero yo aquí escribo lo que quiero.

Coño, joder, hostia. Escribiré todo lo que quiera sin que me castiguen.

Se supone que este es un internado superpijo, un lugar para niñas de familia importante. Excepto las huerfanitas, claro. Para nosotras es una cárcel. Nunca nos dejan salir del internado… Bueno, solo sí es en grupo y con una de las monjas vigilando.

Mi mejor amiga y yo somos, entre otras pocas, las afortunadas porque no pagamos nada.

Las monjas siempre nos han hecho sentir que les debemos la vida por no habernos dejado abandonadas en la calle.

En mi curso solo mi mejor amiga y yo somos huérfanas, el resto son niñas ricas con familias demasiado ocupadas para criarlas.

A las internas que tienen padres les dejan ver a su familia los fines de semana.

Y los padres les regalan cosas superchulas.

A una de clase le regalaron una mountain bike en verano y dice que le van a comprar el videojuego nuevo de Monkey Island para el ordenador en cuanto salga.

Se cree mejor que nadie porque le compran todo lo que pide y tiene un ordenador en casa para ella sola.

Tanto alardear de cosas, pero está internada como el resto y solo ve a sus padres en vacaciones, porque se pasan la vida trabajando cada día en un país.

Así que es como si no tuviera familia tampoco.

A las que no tenemos padres nos regalan el mismo diario.

Supongo que las monjas se piensan que así hablaremos con el papel, porque no hay nadie más a quien contarle nuestras cosas.

¡Ooooh, pobrecitas huerfanitas! A ver, ¿qué se piensan, que somos unas marginadas?

Yo tengo una buena amiga aquí dentro. Menos mal, porque si no esto sería todavía más insoportable.

Pero hay que tener cuidado con a quién cuentas las cosas, porque luego lo cascan todo para quedar bien con las monjas, en concreto con la superiora sor Marisa.

Mi mejor amiga y yo la llamamos «la Cuervo» a escondidas, por la nariz puntiaguda que tiene.

Hoy en el recreo hemos puesto la cinta de las Spice Girls, pero ya no es lo mismo.

Ya casi nunca bailamos Wannabe . Me da rabia porque echo de menos hacer de la gimnasta, me sale muy bien la voltereta lateral, pero las demás dicen que ya se han aburrido, que es de niñas pequeñas.

Me da igual. Total, nunca me dejan inventar ni un solo paso de las coreografías.

Siempre hay que hacer lo que dice la que va de protagonista, la que se cree que el patio es solo suyo y que es la preferida de la Cuervo.

La llamaré la Prota, por si acaso, ¡ja, ja, ja!

Ya tengo nombre en clave para mi diario.

Al final va a ser más divertido de lo que pensaba.

La Prota va de niña pija, pero el otro día en el recreo le quemó un mechón de pelo a mi mejor amiga con un mechero que tiene siempre escondido y nadie hizo nada. Es una macarra. Encima las demás solo le ríen las gracias. Es la protegida de las monjas y parece que tiene carta blanca para todo.

Cotilleo: ayer vi algo que no le he contado a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga todavía.

Me levanté por la noche porque no podía dormir y fui a los aseos para mojarme un poco la cara. Salí al pasillo a oscuras, cuando de repente una sombra enorme apareció a toda leche, se chocó contra mí y caí al suelo del golpe.

Me quedé pasmada del susto, pero pude ver quién era.

Era un chico con una chaqueta con capucha.

Era más mayor que yo, como de dieciséis o diecisiete años.

Se quedó un segundo mirándome y me soltó un «lo siento» rapidísimo.

Luego salió corriendo hacia la puerta de la entrada con una bolsa de deporte azul como si le persiguiera el mismísimo demonio.

Estoy alucinando porque las Esclavas es un internado solo para chicas y las monjas son megaestrictas, ven el pecado en cualquier esquina.

Aquí los chicos están prohibidísimos. Los únicos hombres que tienen permiso para entrar son el jardinero, que tiene como sesenta años, y el cura, que viene a confesar y dar misa.

Bueno, y los padres cuando vienen a recoger a sus hijas los findes o en vacaciones, claro.

Las puertas principales se cierran con llave a las diez de la noche, así que ¿cómo narices ha entrado ese tío en mitad de la noche?

¿Y por qué andaba correteando por el pasillo?

Igual es el novio secreto de alguna de las alumnas mayores. O peor, igual alguna de las novicias no es tan santa como pensamos y le abre la ventana trasera por las noches para que le haga compañía. Tengo que enterarme si viene más veces.