Capítulo 3
Ahora no me cabe duda, no me hace falta ser periodista de investigación para saber quién me llamó anoche con número desconocido... Son las siete de la mañana. Nada más encender el móvil, he visto que tengo tres llamadas perdidas y varios mensajes de WhatsApp:
Tu padre nos debe mucha pasta y ya se nos ha acabado la paciencia. Tenemos su agenda completa y vamos a empezar a escribir a todos sus contactos. Si no quieres que tu carrera de periodista se acabe antes de empezar por su culpa, haz que pague.
Hijos de puta. Son como una versión moderna y macabra de los cobradores del frac.
Me tiemblan las manos de pura rabia. Llamo a mi padre.
Una, dos, tres veces. Nada. Salta el buzón de voz con su voz alegre y despreocupada.
Estoy a punto de estampar el móvil contra el suelo de madera.
Pero no, Mónica, esa es tu antigua yo. Calma.
Me preparo, me pongo mi chubasquero amarillo, cojo mi cuaderno de anillas y salgo de casa sin desayunar.
Una llovizna densa me da la bienvenida según pongo un pie en la calle.
Podría coger el bus, pero necesito caminar para no llegar a la redacción con ansiedad mi primer día.
Media hora andando bajo la lluvia me vendrá bien para calmar el volcán que llevo dentro y amenaza con entrar en erupción.
Llego a las ocho y media a la redacción del diario El Faro . Está al lado del puerto en un edificio antiguo emblemático con estructura de madera, techos altos y un olor a humedad que echa para atrás.
Entro a la oficina. Tras un mostrador de madera oscura, hay una mujer tecleando frenéticamente.
Se nota que ella también percibe el olor rancio de este sitio, porque tiene una velita aromática encendida en su escritorio.
A pesar de las ligeras ojeras de cansancio, tiene una piel estupenda y aparenta ser bastante joven.
Aunque, si te fijas bien, anda por los cuarenta, como mi tía.
Es de esas mujeres que se conservan tan bien como ella.
Lleva el pelo rubio revuelto en un moño desenfadado con un par de bolígrafos clavados y viste con un estilo muy informal que le quita diez años de encima.
—Hola —digo, intentando sonar profesional mientras mi chubasquero chorrea sobre la alfombra—. Soy Mónica.
La mujer levanta la vista del teclado y me dedica una sonrisa rápida, de esas que se dan cuando tienes mil cosas pendientes. Tiene una mirada despierta, muy viva.
—¿Mónica? —repite, como si buscara el nombre en una lista mental.
—Sí, hablé con Valentina hace unos días por el puesto de prácticas en la sección de sucesos.
—¡Ah, sí! La chica del máster.
—Siento haberme presentado así, sin avisar —me disculpo, intentando que no se note lo nerviosa que estoy—. Llegué anoche a la isla y era demasiado tarde para llamar. Solo quería pasarme para deciros en persona que estoy disponible para comenzar cuando me digáis.
—No te preocupes, aquí siempre vamos a contrarreloj. De hecho, te iba a llamar hoy mismo para saber si empezabas esta semana o no.
—Entonces, ¿me paso para empezar mañana?
—Pues mejor que te diga la jefa cuándo le va mejor. Está en su despacho. Créeme, has hecho bien en venir. Es bueno que te vea con ganas desde el primer minuto.
Coge el teléfono y avisa a Valentina de que estoy aquí. Acto seguido me señala una puerta al fondo de la oficina mientras vuelve a pelearse con el teclado.
—Suerte —susurra antes de que me aleje.
Camino por el pasillo con un silencio sepulcral. Entro en el despacho y, para mi sorpresa, la jefa me recibe mostrándose encantadora.
—¡Mónica! ¡Bienvenida! No te esperábamos tan pronto, pero estoy encantada de tenerte aquí —dice, estrechándome la mano con una firmeza que me pilla desprevenida—. Tu perfil es justo lo que necesitamos para Sucesos, sangre joven y fresca para renovar un poco la plantilla.
Mientras habla, intento calcular su edad: ¿sesenta? ¿Sesenta y cinco? No lo sé, igual tiene cincuenta muy mal llevados. Ese pelo corto gris me despista.
Su mesa es un monumento al caos: está llena de trastos, ceniceros a rebosar, migas, polvo y envoltorios de chucherías entre montañas de folios. Normal que tenga ese aspecto tan descuidado, no parece de las que pierden el tiempo en cuidarse demasiado.
—Toma asiento. Siéntete como en casa —dice señalando una silla.
Sí, aquí huele a humo como en casa de mi padre, eso no lo podemos negar.
La silla tiene una mancha sospechosa en el tapizado y yo me siento en el borde, tratando de no respirar demasiado hondo.
Es asqueroso el ambiente a tabaco negro aquí dentro, parece que nadie tiene el suficiente valor para decirle que está prohibido fumar en el lugar de trabajo.
—Quería presentarme directamente en la oficina para confirmar las prácticas en la sección de sucesos y así empezar cuanto antes —digo para tratar de marcarme un tanto.
—Me gusta la gente responsable y decidida —dice con una sonrisa amarillenta—. En El Faro somos una pequeña gran familia. Todos valoran mucho la flexibilidad horaria que tenemos y lo bien que nos organizamos entre nosotros. Eso sí, cada uno es responsable de que el trabajo salga a tiempo.
—Me parece genial esa filosofía de trabajo y que cada uno sea autónomo en su área —digo en un intento de parecer profesional—, sobre todo porque quiero compaginar estas prácticas con el trabajo de fin de máster que tengo que entregar.
Después de una charla corta en la que me explica las diferentes secciones de la redacción, salimos del despacho. El aire del pasillo me parece oxígeno puro. Valentina se detiene ante la mesa de la entrada.
—Habrás conocido a Luna, nuestra administrativa, recepcionista, secretaria, como la quieras llamar. Lleva más de veinte años aguantándonos —dice Valentina con una voz que pretende ser cariñosa.
Luna se levanta de un salto.
—Perdona que antes no me haya presentado —se excusa, dándome dos besos con total naturalidad—. Espero que te guste trabajar en El Faro , todos los compañeros son supermajos.
Mientras hablamos, el teléfono de Valentina suena desde su despacho sin parar.
—Luna, por favor —la interrumpe Valentina de golpe.
Su tono ha bajado diez niveles por lo menos—.
Deja la cháchara de una vez y responde a la llamada de mi despacho.
¿No estás oyendo el teléfono o qué te pasa?
Y recoge un poco tu escritorio, que no puedes recibir a la gente teniendo todo manga por hombro.
Luna se pone a recoger al instante con una sonrisa.
—¡Ay, perdona, Valentina! Tienes toda la razón, ha sido un descuido mío, no volverá a ocurrir —dice mientras se lanza a descolgar el teléfono—. Por supuesto, ya mismo atiendo la llamada, es que con la llegada de la nueva becaria me he despistado un segundo. ¡Mil disculpas, jefa!
Y digo yo: si quiere que responda a la llamada de su despacho, ¿no es más fácil pedirlo amablemente?
Parece que hay que adivinar lo que quiere esta señora…
Luna baja la cabeza, se disculpa y marca una extensión de la centralita intentando pasarse rápido la llamada desde el despacho.
Miro a Luna, que me devuelve un gesto de resignación.
Ya veo por dónde van los tiros: la jefa quiere controlar a todo el mundo sin dar ni un poquito de ejemplo.
Después Valentina me acompaña a la sala general, donde están el resto de la plantilla, cada uno con su ordenador. Me presenta a otro compañero, un hombre moreno bastante guapete con barba hípster y de aspecto algo bohemio que se levanta para saludarme.
—Isaac, lleva poco en la redacción pero ya es nuestro periodista estrella.
Ha trabajado en los periódicos más importantes del mundo.
Él supervisará tus prácticas —señala antes de volver a su despacho—.
Es escritor de novela negra y acaba de publicar su primer libro, La casa abandonada bajo el faro . Quizá te suena, es muy bueno.
Isaac se levanta y me da dos besos.
—Bueno, dudo que te suene porque todavía ni siquiera he montado la presentación del libro. ¡Qué desastre! A ver si para después de verano organizo algo… Por cierto, bienvenida al circo —me dice con una sonrisa.
—Qué ilusión tener un compañero veterano que además es escritor para que me guíe durante las prácticas. ¡Gracias de antemano!
—Uy, veterano dice... Sin insultos, por favor, que yo todavía soy muy joven —me contesta en tono de broma.
—Me refiero a que parece que tienes mucha experiencia —digo avergonzada tratando de justificarme.
Es que parece de la edad de mi tía y de Luna. Cuarenta y algo para mí es veterano, ¿no? Igual he metido la pata.
Valentina se aleja para volver a su despacho y se nota que el ambiente de la sala se relaja un poco.
—Me imaginaba que la redacción del periódico sería más ruidosa, con llamadas a todas horas y muchísimo jaleo —le susurro a Isaac.
—Hoy en día funcionamos casi todo por e-mail y WhatsApp —me responde y baja el tono—. Además, a Valentina le gusta el silencio «para poder pensar». Ya la irás conociendo...
La jefa cierra la puerta de su despacho. Al instante Isaac me hace una seña para ir al office a por un café para poder charlar más tranquilos.