Las cenizas del internado (Isla Ballena 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Adiós, papá. Adiós a tus deudas y a tus mentiras.

El olor a gasoil del ferri me revuelve el estómago.

Miro por la ventana llena de gotas de lluvia, está empezando a anochecer y la ciudad ya es solo una silueta con lucecitas temblorosas que se desvanecen en el horizonte bajo el cielo entre negro oscuro y azulado. Cuanto más lejos, mejor.

Casi lo pierdo, pero he llegado al último ferri del día cargada con una maleta, una mochila y una bandolera.

Él para variar ha bajado directo al bar tras nuestra bronca.

Ha sido probablemente la única forma de no tener que despedirme de mi padre.

Puede parecer cruel largarse así, sin decir nada después de lo de esta tarde, pero es lo mejor para los dos. Especialmente para mí.

Le he dejado una nota en son de paz en la encimera de la cocina, si es que eso existe entre nosotros.

Solo le he puesto que necesito alejarme por el bien de todos.

Una forma educada de decir que, si me quedo un día más, uno de los dos acaba en el hospital.

También he llamado al bar para avisar de que lo dejo y que tendrán que buscar camarera para el fin de semana.

Isla Ballena aparece ante mí surgiendo del mar con el faro encendido, cortando la oscuridad con un tajo de luz blanca. Es precioso, no puedo negarlo.

En cuanto bajo la rampa del muelle, ahí veo a mi tía.

Está apoyada en su viejo Seat Ibiza rojo, con esa sonrisa que siempre me hace sentir que tengo cinco años y que todo va a salir bien.

No nos saludamos con formalidades, me estampa un beso en cada mejilla y me abraza apretando fuerte como si fuera un muñeco.

—¡Ay! ¡Qué flaca estás! —dice, pegándome un repaso de arriba a abajo—. Parece que tu padre no te da de comer… Pero bueno, no pasa nada, en tres meses de aire puro y de comida rica preparada por tu tía te pondrás de nuevo como una chicarrona fuerte como yo.

No puedo evitar fijarme en su pelo. Mi tía es de esas personas que no saben estarse quietas. A sus cuarenta años, tiene más energía que yo y parece diez años más joven.

—A ver… Ya estamos con que si me falta carne… Pues mira, yo prefiero soltarte un piropo. Te queda genial ese naranja —le digo, señalando su melena eléctrica.

—¡A ti ni se te ocurra teñirte! —dice ella mientras me ayuda a meter la maleta en el maletero—. Tu castaño natural es precioso. Ya me gustaría a mí tenerlo así de liso y sano. De tanto cambiarme el color y pasarme las planchas, mi pelo parece el de una Barbie vieja.

Nos subimos al coche y, mientras conduce hacia su casa, me pregunto si todo seguirá como la última vez.

El chalet es como un experimento artístico para ella.

En verano pintó un mural de colorines en toda una pared del salón.

La anterior vez había restaurado los muebles de su dormitorio y los había pintado de azul turquesa y rosa chicle.

Supongo que necesita toda esa explosión de color para compensar lo gris que es su trabajo de funcionaria en el ayuntamiento.

​ —He montado un invernadero pequeño en el jardín.

Mañana con la luz del día ya verás qué bonito está.

Además no compro ni una planta, todo son esquejes que voy recopilando cuando salgo a pasear.

Me dio por ahí hace unos meses —se ríe, abriendo la puerta principal—.

Ya sabes que, si no estoy creando algo, me aburro.

¡Vamos, pasa! He preparado una tortilla de patatas como a ti te gustan.

El olor a cebolla pochada me recibe y siento que estoy en casa. Es un contraste tan brutal con el olor a tabaco rancio de la casa de mi padre que por un momento me dan ganas de llorar. Pero me aguanto, nadie llora por una tortilla de patatas.

Cenamos en la cocina con Kiwi vigilando mis movimientos desde lo alto de la nevera retro color menta. No me fío ni un pelo de ese gato, me odia, pero me da igual.

¡Qué calma se respira siempre aquí! Es el único momento de paz que he tenido después de la discusión con mi padre, pero mi tía rompe el silencio mientras pincho un trozo de tortilla:

—Entonces, ¿mañana irás a la redacción para confirmar que empiezas las prácticas? —pregunta mientras me sirve una cerveza.

—Sí, es tarde para llamarles ahora, así que prefiero presentarme allí directamente y ver si puedo comenzar mañana mismo.

—¿Nerviosa?

—A ver, me mola entrar en la sección de sucesos, es justo lo que quería, pero... Ya sabes, me da miedo cagarla con la gente y con la jefa.

—Ay, que no, que lo harás genial. Solo intenta no saltarle a la yugular a nadie la primera semana.

Me lo dice de broma para romper un poco la tensión de la bronca de esta tarde. Me quedo callada y le doy un trago a la cerveza. Ese es el problema: mi tía me conoce y sabe que tengo un fusible que a veces salta sin avisar.

—Tranquila, si con la que he tenido hoy con papá no me queda energía para montarle otro pollo a nadie. Ya he descargado ira para mucho tiempo.

—Bueno, que no te lo decía en serio. Con lo maja que eres seguro que haces amigos en la oficina en dos días.

Después de tomar el flan que ha preparado mi tía de postre, me acerco a la estantería donde siempre hay una foto de ella con mi madre.

Se quitó la vida poco después de nacer yo.

Mi padre guardó esa historia en un cajón, supongo que por pena.

Se convirtió en un tabú en casa y es por lo que nunca me he atrevido a preguntar.

No sé, creo que no he querido hacerle preguntas a mi tía tampoco porque sabía que le dolería hablar de ella.

Pero igual ahora que estoy aquí de nuevo es momento de abrir ese cajón y conocer cómo era realmente mi madre.

—Tía —digo sujetando la fotografía—, mamá tenía veintitrés años cuando murió, ¿verdad?

Se queda rígida un segundo antes de asentir.

—Sí. Veintitrés recién cumplidos. Ya sabes que cuando estés preparada yo te contaré todo lo que quieras saber.

—Es que tenía la misma edad que tengo yo ahora. Supongo que eso ha provocado que últimamente me cuestione muchas cosas... Pero bueno, que estoy cansada y hemos tenido suficiente palique por hoy.

Dejo la foto en su sitio y me dispongo a recoger la cocina. Ahora que estoy de nuevo aquí siento una curiosidad, que siempre he reprimido, por saber cómo era mi madre y si se parecía a mí.

Y sobre todo, por entender por qué se quitó la vida.

—Es tarde —dice mi tía, levantándose rápido para recoger los platos—. Deja eso, ya recojo yo, que tú tienes que descansar. Mañana te espera tu nueva jefa, Valentina, a ver si con suerte tiene mejor carácter del que dicen.

Me voy a mi habitación, la misma de todos los veranos, y me tumbo en la cama. Kiwi viene corriendo y se coloca entre mis piernas. En cuanto me muevo para cambiar de postura, me bufa. Este gato está trastornado.

El silencio de la isla me envuelve, pero me cuesta dormir imaginando cómo será la jornada de mañana en la redacción.

Estoy cambiando de vida de golpe y la incertidumbre me mata: ¿será mi jefa tan mala como dicen?

¿Habrá compañeros majos o serán unos trepas?

¿Daré la talla en las prácticas y podré sacarme el máster de periodismo de investigación?

¡Buff! Cuantas más preguntas me hago más me agobio. Fluye, Mónica, fluye con la vida.

Cuando estoy a punto de quedarme dormida, me desvela la vibración de mi móvil. La pantalla ilumina toda la habitación. Es un número desconocido, será spam . Joder, vaya horas para molestar. Rechazo la llamada, apago el móvil y a dormir.