Capítulo 1
Unas semanas antes
Mierda. Lo he vuelto a hacer. Parece que no voy a cambiar nunca. Cuanto más intento contenerme, más fuerte es la explosión. Miro la pared que hay junto a la puerta. La mancha de café chorrea lentamente hacia el rodapié, dejando un rastro oscuro sobre el gotelé.
Cierro la puerta de mi cuarto de un portazo y me tiro boca arriba sobre la cama, intentando que el temblor de mis manos desaparezca.
Mi padre sigue gritándome desde el pasillo, pero no pienso darle el gusto de seguir respondiéndole.
Me conozco el guion de memoria: primero me pide dinero; si no se lo doy, hay bronca; luego me pide perdón a modo de chantaje emocional…
Después, vuelta a empezar como si nada. Pero ya está, se acabó, me voy a largar de aquí.
Lo tenía ya casi decidido, pero lo de hoy ha sido la confirmación que necesitaba.
Saco el móvil, marco el número de mi tía y contesta al segundo tono. Sabe que si le llamo en vez de enviarle un wasap es porque ha pasado algo importante.
—Mónica, ¿qué pasa?
—Me voy de aquí, tía —digo sin saludar. Mi voz suena todavía demasiado aguda por la adrenalina de la discusión—. No puedo más. Se acabó.
—Cariño, respira. ¿Habéis discutido otra vez?
—Si yo estaba aquí tan tranquila, haciendo el trabajo de fin de máster —digo, mirando la mancha de café—. Entonces ha venido a pedirme dinero con sus mentiras de mierda. Y al final hemos acabado a grito pelado y yo al límite, como siempre.
—No puedes seguir así. Un día vas a acabar ingresada con un ataque de ansiedad. No me digas que ya está otra vez con deudas por el juego…
—¿Cuándo no es por el juego? —suelto con rabia—. Se ha quedado con todo lo que tenía guardado de mi curro de camarera. ¡Con todo!
—Siempre la misma historia…
—Me ha querido colar el rollo de que era para el alquiler atrasado, pero sé perfectamente a dónde va ese dinero: a los capullos de la casa de apuestas del barrio.
—No me digas que han vuelto a ir a buscarle al piso...
—No hace falta que vengan. Me basta con los comentarios, las miraditas y las amenazas que me sueltan cuando paso por delante de la puerta. No soy tonta, coño.
—Por favor, ten cuidado con esa gente.
—¡Es lo que le he dicho a él! Es un puto mentiroso. Se ha puesto como un loco gritando que si vivo bajo su techo tengo que contribuir a los gastos.
—No tiene vergüenza —murmura ella.
—Me ha desquiciado tanto que al final he estallado, para variar. Le he lanzado a la cara los últimos trescientos euros que me quedaban y, después, como no me he quedado a gusto, he estampado la taza de café que me regalaste contra la pared.
Oigo el suspiro de mi tía al otro lado. Ella ya conoce cómo va la historia mejor que nadie. Ya se portaba así con mi madre cuando vivía.
—Escúchame: llora y grita todo lo que quieras, pero sal de esa casa de una vez. Siempre te pasa lo mismo. Cuando vuelves a casa con tu padre acabas así. No es bueno para ti, ni para tu cabeza.
—¿Y qué quieres que haga? No tengo donde caerme muerta. Me he gastado hasta el último céntimo de lo que ahorré de camarera en la matrícula del máster y ahora mismo estoy a cero. Es que no tengo ni para la fianza de un alquiler, así de claro.
—Lo sé, pero hay más opciones. Ahora que el máster es a distancia no tienes por qué seguir ahí aguantando eso. Ya te he dicho un montón de veces que te vengas a la isla conmigo.
—Ya, si tienes razón. —Hago una pausa y me paso la mano por la cara, agotada de estar enfadada—.
Lo he pospuesto porque aquí es más fácil encontrar prácticas y compaginarlas con el curro, pero ya no puedo más.
Por eso te llamo. Si me quedo un día más aquí, voy a terminar haciendo algo de lo que me arrepienta.
Puede que la próxima vez sí que le abra la cabeza de verdad.
—Pues ya está. Te vienes y haces las prácticas en algún periódico online en el que puedas teletrabajar o lo que sea.
—El caso es que ya había visto una vacante para hacer las prácticas del máster en el periódico de la isla y me han dicho que, si quiero el puesto, es mío. Solo tengo que confirmar que me uno.
—¿En la redacción de aquí? —La voz de mi tía suena dudosa—. Ay, Mónica... ¿Estás segura? Ese periódico tiene una rotación de gente increíble. Valentina, la directora, tiene una fama de tirana que no veas... Búscate algo en otro sitio más tranquilo, que bastante has tenido con tu padre.
—A ver, que son solo tres meses. Si tengo que aguantar a una jefa exigente, pues la aguanto —le digo con un nudo en la garganta, no esperaba tener problemas de jefes antes de empezar—.
Yo quiero trabajar en campo y no estar únicamente detrás de una pantalla.
Además, el puesto es para la sección de sucesos, que me viene perfecto para las prácticas de investigación.
Las hago y luego me busco un curro de verdad donde sea. Pero tengo que salir de esta casa ya.
Se hace un silencio corto. Puedo imaginarme a mi tía en su cocina de la isla, rodeada de sus plantas y con Kiwi, su gato negro, al lado.
—Bueno, pues ya está, te vienes conmigo —dice al fin—. Tu habitación está como la dejaste en verano y yo ya sabes que estoy encantada de tenerte aquí. Estaremos igual de bien que cuando te vienes en vacaciones. Eres mi sobrina favorita y ya te echaba de menos.
—¡Lo dices como si tuvieras más sobrinas! —Suelto una risotada, la primera en días—. Pues me planto esta misma noche allí, no voy a esperar más a salir de esta casa. No sé qué haría sin ti.
Mi tía siempre es mi refugio. Esta vez no pienso volver nunca más a casa con mi padre.
Termino la llamada y bajo las maletas vacías de encima del armario para irme hoy mismo.
Durante tres meses voy a trabajar en el periódico local El Faro de Isla Ballena.
No suena ni tan mal. A pesar de lo que diga mi tía de la jefa del periódico, ahora mismo me agarraría a un clavo ardiendo con tal de no volver a ver la cara de mi padre.