Las cenizas del internado (Isla Ballena 3)
© inepub.com
Prólogo
No, no, no. Esto no me puede estar pasando.
Me quedo mirando el cuerpo en el suelo y siento que se me va a salir el corazón por la boca. No se mueve. No respira. ¡Que no respira!
Juro que yo no he hecho nada. Si solo estábamos hablando... Bueno, gritando. ¿Pero por qué coño no respira?
Me arrodillo a su lado e intento apretarle el pecho, imitando lo que hacen en The Pitt . ¿Por qué no dedicaría mi tiempo libre a aprender primeros auxilios de verdad en vez de pegarme maratones de series de médicos? Soy idiota y no sé lo que estoy haciendo.
Tengo que llamar a alguien. Pienso en mi tía, pero la descarto enseguida. Me conoce bien, se va a pensar que me ha dado otro ataque de ira y que la he liado. No necesito un sermón, necesito ayuda. Ayuda urgente. ¡Ya!
Isaac. Voy a llamar a Isaac. El móvil se me resbala, tengo las manos empapadas en sudor. Lo recojo del suelo, me las seco rápido en el vaquero y busco su número. ¿Por qué no lo tendré en favoritos?
Llamo. Mierda, sale apagado. Estará en el bar sin cobertura. Lo intento de nuevo. Nada.
Cuando estoy a punto de rendirme y llamar a mi tía, me salta una llamada de Isaac en la pantalla. Menos mal.
—¿Isaac? ¿Me oyes? ¡Isaac! —grito desesperada.
Al otro lado hay un estruendo insoportable. Música a tope y gente berreando.
—Espera, espera, que salgo del bar —dice él, con voz de haberse bebido un par de cervezas.
Oigo cómo se cierra una puerta y el ruido de la música se apaga.
—Ya está. ¿Dónde estás, Mónica? Estamos en El Puerto, ¿te apuntas o qué?
—¡Que no! ¡Que no es eso! ¡Escúchame, coño!
—A ver, calma. Madre mía cómo estás... ¿Pero qué te pasa?
—Tienes que venir a la redacción ahora. Que no respira. ¡No respira!
Se hace un silencio sepulcral.
—A ver. Pero ¿qué me estás contando? —Su voz ha cambiado de golpe. Ya no parece achispado—. ¿Quién no respira?
—¿Quién va a ser? La loca. Valentina.
—Joder, no me lo puedo creer... ¿Has llamado ya a emergencias?
—No, es que pensaba que podía resolverlo yo sola y me he puesto nerviosa.
—¿Pero qué coño ha pasado? Mónica… ¿Le has hecho tú algo?
—¡No! ¿Qué dices? ¡Te juro que yo no he hecho nada! —le grito al teléfono, aunque sé que parezco culpable—. Me ha puesto de los nervios, le he dicho cuatro cosas y le ha pegado un parraque o algo. ¡Yo qué sé! Se ha desplomado de la silla sin más.
Me ahorro decirle que al final de la discusión le he pegado un empujón y que está en el suelo por mi culpa. No se ha caído de ninguna silla, pero juro que no he hecho nada. Es como si le hubiera dado un infarto o algo, no ha sido cosa mía.
—¡Llama ya a emergencias, joder! Y no toques nada. ¿Me oyes? Espero que sea solo un susto. Estoy allí en menos de cinco minutos.
No me queda otra. Tengo que llamar al 112 y que sea lo que Dios quiera.