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Rebeca había ido dejando la pregunta para el final, y Pike lo sabía, y al final la hizo.
—Mi hermano.
—Tu hermano. —Pike apoyó las dos manos en la mesa—.
Ya te lo habrá contado Emmett, por encima.
Que Tom vino a verme, que hablé con él, que doce días después se mató.
Todo verdad. Pero Emmett no estaba en la habitación, Rebeca.
Emmett te ha contado el qué. Yo soy el único que te puede contar el cómo, si lo quieres.
Y creo que llevas doce años queriéndolo.
Rebeca no dijo nada. Era verdad, y no le iba a dar la satisfacción de decírselo, y él no la necesitaba.
—Yo a tu hermano no lo toqué —dijo Pike—.
Quiero que eso te quede, no por mí, que a mí ya me da igual, sino por ti, porque te vas a pasar la vida con esto y es mejor que lo tengas exacto.
No le puse una mano encima. No lo llevé al molino.
No le di la escopeta. Hablé con él. Una tarde, en mi oficina, la de arriba, no este sótano. Le di un café. Y le expliqué las cosas.
—Las mismas que a Sarah.
—No. —Pike negó, despacio—. A Sarah no me dio tiempo.
A Tom sí. A Tom le expliqué lo que le expliqué porque Tom todavía dudaba, y donde hay duda hay trabajo.
Le expliqué de dónde salía el dinero de tu madre.
Le expliqué que tu beca, la de Georgetown, la que te sacó de aquí, salía del fondo.
Que tú estabas fuera, estudiando, empezando una vida lejos de este agujero, gracias a un dinero que venía de once muertos.
Y que si él lo contaba, eso se acababa. Tu madre, señalada.
Tú, la hermana del que hundió el pueblo, de vuelta a Ashbrook.
Le expliqué que hay verdades que solo hacen daño, y que quererte a ti, quererla a ella, era tragarse esa verdad y dejar que todos siguieran comiendo.
El fluorescente zumbaba.
—Y tu hermano me escuchó —dijo Pike, y ahora hablaba muy bajo—. Con una cara que no se me ha olvidado en doce años. Y me dijo una cosa, la última que le oí, cuando se levantó para irse. Me dijo: tiene usted razón, señor Pike. Eso es lo peor. Y se fue.
Rebeca tenía la mandíbula tan apretada que le dolía.
— Tiene usted razón. —Pike lo repitió como quien toca una herida a propósito—.
No se mató porque yo lo engañara, Rebeca.
Ojalá. Ojalá pudiera darte eso, un hermano engañado por un hombre malo.
Se mató porque yo tenía razón, y él lo vio, y no pudo vivir teniendo razón conmigo.
No pudo con un mundo en el que la única manera de proteger a su madre y a su hermana era callar lo que le habían hecho a once personas.
Yo no lo empujé. Le enseñé el suelo, y el suelo no se aguantaba de pie.
Se fue al molino él solo, con lo del abuelo, doce días después, cuando por fin entendió que yo no le había mentido en nada.
—Cállese.
—Me estás preguntando tú a mí, Rebeca.
—Cállese un momento.
Y Pike se calló, amable hasta en eso, y le dio a Rebeca el momento, y Rebeca se lo pasó mirando la taza de café que no había tocado, con su hermano de diecinueve años levantándose de una silla doce años atrás y diciéndole tiene usted razón al hombre que lo estaba matando sin tocarlo.
Dejó de pensar como una analista, y como una agente, y como cualquier cosa que no fuera una hermana en un sótano, oyéndolo por fin, doce años tarde.