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Salió del sótano al mediodía, a una calle Main con sol, con gente, con el Cumberland Farms y la ferretería y dos críos en bici, con Ashbrook entero funcionando encima de todo lo que acababa de oír, y le pareció mentira que el pueblo siguiera allí, tan normal, sabiendo ella lo que sabía.
Condujo hasta el molino. No entró. Aparcó fuera, en el camino donde había aparcado Ethan la última noche, y se quedó en el coche, y lo pensó.
Lo pensó como analista, que era lo único que le quedaba cuando lo de hermana no se aguantaba de pie.
Tenía dos casos. Ese era el problema. No tenía uno: tenía dos, y no cabían en la misma carpeta.
El primero era el de los asesinatos. Ethan, Sarah, Tom.
Ese caso lo tenía entero en la cabeza, con su método y su móvil y su confesión, y no valía nada.
Nada. La confesión de Pike se la había hecho a una civil de vacaciones, en un sótano, sin derechos, sin grabación, sin un marco legal que la sostuviera: ante un juez, no había existido.
Las fotos que probaban el patrón las había robado ella del sistema en 2015.
La tierra que conectaba el molino con las escenas la había sacado Nelson, sin orden, sin cadena de custodia, para dársela a una investigadora apartada del caso.
Todo el edificio que probaba que Pike era un asesino estaba construido sobre pruebas envenenadas, y una prueba envenenada no solo no vale: contamina todo lo que toca.
Si Rebeca llevaba eso a un fiscal, un abogado defensor de medio pelo lo tiraba en una tarde, y Pike salía a la calle, y salía además blindado, porque no se juzga dos veces a un hombre por lo mismo.
Y había algo peor que perder el caso.
El árbol envenenado lo había plantado Nelson.
Un agente de veinticuatro años que había sacado material de una escena de homicidio para ayudarla.
Si Rebeca tiraba de ese hilo, el primero en caer no era Pike.
Era Nelson. Su placa, su carrera, a lo mejor una imputación.
La única persona decente que había conocido en aquel pueblo, el nieto de la mujer que no firmó, hundido por haberla ayudado a ella.
El segundo caso era otro, y era pequeño, y era feo, y era el único que existía de verdad.
Malversación. Quince años de declaraciones públicas, las que el fondo presentaba cada año ante la fiscalía y que podía descargar cualquiera, y que mostraban un fondo desangrado por el hombre que lo administraba.
Un móvil económico. Una cifra. Ni una sola prueba robada, ni una puerta forzada, ni Nelson, ni el molino, ni la tierra, ni las fotos.
Un caso limpio, aburrido, de oficina, que cualquier fiscal aceptaría y cualquier jurado entendería, y que mandaría a Walter Pike a la cárcel entre cinco y ocho años por robar el dinero de las becas.
Cinco a ocho años. Por el dinero.
Nada por Ethan. Nada por Sarah. Nada por Tom. Nada por los once.
Rebeca miró el molino por el parabrisas, las cuatro paredes de ladrillo, la chimenea, y entendió, sentada en el sitio donde habían muerto su hermano y el chico de los Vance, que tenía que elegir.
Que no había una versión de aquello en la que ganara todo.
Que las dos cosas que quería —que Pike pagara por los asesinatos, y que Pike pagara sin arrastrar a Nelson— no cabían juntas, y que además ninguna de las dos incluía a Tom, porque lo de Tom no era un delito en ninguna parte, en ningún código, ante ningún juez del mundo.
Lo de Tom no lo iba a pagar nadie nunca.
Eso ya lo sabía. Eso lo había sabido, en el fondo, desde los veintidós años.
Podía intentar los asesinatos y perderlo todo: perder a Pike, perder a Nelson, perderse a sí misma.
O podía coger el caso pequeño, el limpio, el de la malversación, y meter a Pike en la cárcel por lo único que se le podía probar, y dejar enterrado para siempre todo lo demás. El incendio. Los once. Las puertas encadenadas. Sarah en el campo. Ethan en el coche. Tom en el molino.
Enterrarlo. Como lo había enterrado el pueblo. Con las mismas manos y por las mismas razones.
Arrancó el coche cuando empezaba a caer la tarde, y no había decidido nada, y sabía que era mentira que no había decidido nada, porque cuando una opción es imposible y la otra solo es vergonzosa, ya está decidido, y lo único que queda es el tiempo que uno tarda en admitir de qué lado es.