38
—Cuénteme lo de Sarah.
Pike tardó en contestar. Fue la única vez en toda la mañana que pareció necesitar el café para algo que no fuera las manos.
—Con Sarah no hubo manera —dijo—. Eso es lo que quiero que entiendas, porque es lo que no me deja dormir, y mira que duermo bien.
Con Ethan lo intenté. Con tu hermano lo intenté, y con tu hermano casi funcionó, ya llegaremos.
A los dos les hablé. Les puse delante lo que se venía abajo.
Con Sarah también lo intenté. Vino a la oficina, como todos, con su carpeta, muy seria, muy educada, y me enseñó lo que tenía.
—¿Qué tenía?
—Nada. —Pike casi se rió, y fue horrible—.
Esa es la cosa, Rebeca. No tenía nada que yo pudiera quitarle.
No me enseñó pruebas. Las pruebas daban igual, están en la web, las tiene cualquiera, las tienes tú.
Me enseñó lo que había escrito. Una carta, una denuncia, con mi nombre en ella, con los números, todo.
Ni siquiera sabía todavía a quién había que mandársela, me lo preguntó, fíjate, me preguntó a mí si yo sabía qué oficina llevaba esas cosas, con una inocencia que me partió.
Pero eso daba igual. Lo iba a averiguar.
Tenía la denuncia escrita, tenía mi nombre, y tenía toda la vida por delante para encontrar el sobre.
Y me dijo, con esa educación tremenda que tenía la cría: señor Pike, he encontrado esto, y creo que es usted, y se lo enseño antes de mandarlo porque mi bisabuelo escribía las cosas antes de hacerlas y a mí me parece lo correcto.
Rebeca cerró los ojos un segundo.
Mi bisabuelo escribía las cosas antes de hacerlas. Toivo. La cría había salido a Toivo hasta en eso, hasta en la cortesía suicida de avisar antes de denunciar, de darle al hombre la oportunidad de explicarse, como su bisabuelo había avisado por escrito del polvo antes de que el polvo lo matara.
—Y no pude hacer nada —dijo Pike—. ¿Lo entiendes?
Con Ethan pude, con tu hermano pude, porque eran cosas que estaban en su cabeza, miedos, dudas, cosas que yo podía trabajar hablando.
Lo de Sarah ya estaba fuera de su cabeza.
Estaba escrito. Con mi nombre. Le faltaba una cosa de nada, saber a qué oficina mandarlo, y eso lo iba a averiguar en cuanto llegara a su casa y se pusiera con el ordenador, esa misma tarde a lo mejor.
Ella no tenía dudas que yo pudiera usar, no tenía miedo, no me pedía permiso.
Me estaba avisando. Por educación. La niña más buena de este pueblo vino a decirme, por buena, que me iba a denunciar en cuanto encontrara el sobre.
—Pike miró la taza—. Y me lo dijo un domingo por la mañana. Y no podía dejar que llegara a su casa.
El sótano estaba tan callado que se oía el fluorescente.
—La cité en el campo —dijo—. Con lo de siempre, unos papeles, hablarlo tranquilos.
Confió, como confían todos. Y esta vez no me molesté en que pareciera otra cosa, porque no había otra cosa que pudiera parecer, una cría no se muere sola en un campo de béisbol.
Sabía que esta vez se sabría que era un asesinato.
Lo asumí. Preferí un asesinato sin resolver a una denuncia con mi nombre, porque un asesinato en Ashbrook, Rebeca, tú lo has visto, el pueblo también sabe no mirarlo.
Enterraron a la niña, dijeron qué horror, vino el FBI, o sea tú, y el pueblo esperó a que se pasara, como se pasa todo. Y casi se pasa.
—Casi.
—Me falló una cosa. Una sola. —Pike la miró, y ahora sí había en su cara algo parecido al miedo, muy viejo, muy cansado—.
No conté con que la niña muerta tuviera detrás a otra que había hecho la misma pregunta doce años antes y no se había muerto del todo.
No conté contigo, Rebeca. Con que Doyle fuera a traerte.
—Negó despacio con la cabeza—. Ese Emmett.
Doce años callado, y cuando por fin hace algo, hace lo único que podía hundirme.