Las cenizas de Ashbrook 37
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—Empezó por el chico —dijo Pike—. Por Ethan. Eso lo sabes ya, ¿no? Que empezó por Ethan.

—Cuéntemelo.

—El padre de Ethan es Gordon Vance. Presidente del patronato.

Un hombre honrado, Gordon, de los que firman lo que les pongo delante sin leerlo porque confían en mí, que Dios lo ayude.

—Pike hablaba despacio—. Ethan andaba en casa de su padre revolviendo para un trabajo del instituto, una feria de historia, y encontró papeles del fondo.

Copias que Gordon se llevaba a casa. Y el crío era listo, y vio lo mismo que viste tú, que las cuentas no cuadraban, y en vez de callarse se lo llevó a su compañera de la feria. A la niña Koski.

—Sarah.

—Sarah. —Pike bebió—. Ethan no quería hacer daño a nadie, entiéndelo.

Era un crío jugando a detectives con una chica que le gustaba.

Pero se asustó de lo que habían encontrado, y como es lo que se enseña a hacer, vino a contárselo a un adulto de confianza.

Vino a verme a mí. A la oficina. Me enseñó lo que tenía y me preguntó qué debía hacer.

Rebeca sintió el frío otra vez, el mismo del sótano de los archivos.

—Igual que Tom.

—Igual que Tom, doce años antes. Sí. —Pike la miró—.

Es que siempre vienen a mí, Rebeca. Ese es el problema de ser el hombre de confianza de un pueblo.

Que cuando alguien encuentra algo, viene a ti antes que a nadie, porque eres el bueno.

Vienen a que les digas que no pasa nada.

Y yo se lo digo. Y con Ethan me equivoqué, porque a Ethan intenté decírselo, como a Tom, hablar con él, hacerle ver lo que se venía abajo si tiraba de la manta.

Pero Ethan no era Tom. Ethan tenía dieciocho años y estaba enamorado y era valiente, y me dijo que no, que él lo iba a contar.

Que su padre tenía que saberlo. —Pike dejó la taza—.

Y entonces hice una cosa que no tenía pensada. Salió sola.

El sótano estaba en silencio.

—Ethan no se drogaba —dijo Pike—. Que quede claro, porque su padre lleva desde marzo diciéndolo y nadie le cree.

Gordon tiene razón. El crío no había tomado una pastilla en su vida.

—Bebió—. Pero eso, en este pueblo, da igual.

Aquí, si aparece un chaval muerto con fentanilo en la sangre, el pueblo entierra una sobredosis y no pregunta, aunque el chaval fuera un santo, porque preguntar es mirar, y ya sabes lo que pasa en Ashbrook con mirar.

Yo conté con eso. Conté con que nadie iba a querer que fuera otra cosa.

Y acerté. Lo cité en el camino del molino de noche, con la excusa de unos papeles.

Vino. Confiaba en mí. Todos confían en mí, esa es la herramienta que tengo, la única.

—Lo dijo sin orgullo, como quien describe un martillo—.

Le llevé café. Al café le eché lo que hacía falta para que pareciera lo que el pueblo quería que pareciera.

Y me senté con él en su coche mientras se dormía, para que no estuviera solo, porque yo a ese crío lo quería.

Y cuando dejó de respirar eché el asiento hacia atrás, lo puse cómodo, y me fui andando a mi casa.

Rebeca tenía las dos manos apretadas debajo de la mesa.

—El asiento —dijo.

—¿Qué asiento?

—Echó el asiento hacia atrás. Para sus piernas, no para las de Ethan. Ethan medía menos que usted. —A Rebeca le salía la voz plana, de informe—. Llevo desde julio buscando a un hombre alto que se sentó en el coche de Ethan. Era usted.

Pike la miró con una especie de tristeza admirativa.

—Qué buena eres —dijo—. Qué desperdicio que no puedas usar nada de esto.

Y era verdad, y los dos lo sabían, y por eso siguió hablando.